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Tore P-V. Hansson permanecía junto a su torno, fabricando piezas para máquinas, pequeños cilindros, pistones y otros componentes que exigían gran precisión. Era la persona perfecta para aquella delicada tarea y era muy consciente de su valía, sin sentirse por ello superior o llegar a ser arrogante. Se había convertido en blanco fácil de las burlas de sus compañeros simplemente por la forma en que llegaba cojeando nerviosamente y se plantaba frente a su torno, evitando cualquier contacto con el resto. Solo estaba interesado en el trabajo y no hacía ninguna pausa para descansar. Tore P-V. Hansson era condenadamente leal.

Una mañana lluviosa y embarrada de marzo de 1944 Tore se plantó renqueante frente a su torno; como de costumbre había llegado a la fábrica entre los primeros. El ambiente era húmedo y frío y temblaba un poco, probablemente pensando que sería agradable comenzar a trabajar para entrar en calor. Tan pronto como todas las máquinas entraban en funcionamiento, la temperatura empezaba a subir en la fábrica, y para cuando la sirena sonaba anunciando el final de la jornada, después de que todos los herreros, torneros y soldadores hubieran trabajado a un ritmo casi frenético, una densa nube de humo parecía sobrevolar sus cabezas y el calor en el interior casi podía ser descrito como tropical.

Así pues, aquella mañana Hansson llegó cojeando hasta su torno, y se disponía a comenzar por donde había terminado el día anterior cuando se dio cuenta de que todas sus herramientas estaban desordenadas. Nada estaba en su lugar en el banco de trabajo. Los calibradores y los cortafríos estaban diseminados sin ningún orden ni criterio. Él nunca habría dejado así sus herramientas el día anterior; era prácticamente una cuestión de honor. Se encogió de hombros y comenzó a trabajar, aunque sin duda un tanto irritado. Aquel era su torno, y si alguien tenía que hacer horas extras podía hacerlas en otra parte.

Encontrar sus herramientas desordenadas no era algo por lo que hubiera que preocuparse tanto; podría haberle pasado a cualquiera en una fábrica tan grande como Zeverin. Sin embargo, aquella no fue la única vez que ocurrió. De haberlo sido, tal vez las cosas hubieran seguido como estaban.

Cuando Tore P-V. Hansson llegaba al taller a finales de aquel invierno de 1944 y a diario encontraba sus herramientas en un confuso batiburrillo en su banco de trabajo, desbaratando el ingenioso sistema de organización en que las había dispuesto para su uso, empezó a sentirse realmente molesto. De haber sido un tipo diferente de persona, menos escrupulosa, el incidente no le hubiera importado. Pero él era como era, un hombre al que le había caído encima todo un andamiaje, y una persona así podía llegar a ser o alguien muy descuidado o muy meticuloso. Tore P-V. Hansson se había convertido en lo segundo. Y aquello selló su destino.

El patrón se había repetido durante varias semanas seguidas y Tore consideró oportuno preguntarle al encargado si se estaba llevando a cabo algún tipo de trabajo nocturno y, en tal caso, por qué tenía que realizarse en su torno. Le resultaba muy complicado reorganizar todas las herramientas por la mañana. El encargado se limitó a reírse ante el fuerte tartamudeo de Hansson, sacudió la cabeza, le dio una palmada en la espalda y le dijo que no debía preocuparse tanto por detalles y pequeñeces. Tore era uno de los trabajadores mejor considerados en la compañía. Eran muy escasos los torneros con sus aptitudes, por lo que no querían perder a un hombre de su talento. Pero, al mismo tiempo, no debería obsesionarse tanto con los pequeños detalles: Hansson tenía que centrarse más en el trabajo de conjunto y no dejarse cegar por nimiedades. No se estaba realizando ningún trabajo nocturno, y si sus herramientas estaban desordenadas por la mañana lo más probable era que sus compañeros quisieran gastarle alguna broma.

A decir verdad, Tore P-V. Hansson era consciente hacía tiempo de que sus compañeros, tal vez llevados por cierta envidia, se burlaban de él porque siempre iba a lo suyo, trabajaba duro y era condenadamente leal. Pero, por otra parte, tampoco había percibido miradas expectantes cuando, por las mañanas, constataba que todas sus herramientas estaban desordenadas. Cuando uno hace una broma a alguien se queda acechante a la espera de comprobar su reacción; de lo contrario, la cosa no tiene gracia. Pero Tore no observó la más mínima mirada jocosa cuando reorganizaba escrupulosamente sus herramientas en el banco de trabajo. Así que descartó por completo esa posibilidad.

No había muchos compañeros en los que pudiera confiar. De hecho, Berka era el único. Berka era el polo opuesto de Hansson: un pertinaz juerguista poco amante del orden. Pero, en cualquier caso, era un buen amigo, un colega que trataba a todos exactamente con el mismo franco escepticismo. Tore le preguntó a Berka si sabía que se estuviera realizando algún turno nocturno de torneros, pero Berka no pareció mostrar mucho interés. Él no había notado nada y ni siquiera había pensado en ello. Era bastante desorganizado en su trabajo, y su banco de herramientas no había sido ordenado ni limpiado desde hacía mucho tiempo. Podría haber un cadáver bajo el amasijo de herramientas que se apilaban en el banco de Berka y nadie lo hubiera notado. Además, por lo que a él respectaba podían hacer lo que les viniera en gana. A él solo le preocupaban sus asuntos y con eso le bastaba.

Debió de ser hacia finales de marzo de 1944 cuando Tore P-V. Hansson decidió averiguar de una vez por todas qué era lo que estaba sucediendo con la cuidadosa disposición de las herramientas de su banco de trabajo junto al torno. Se había obsesionado con el asunto y no se lo podía sacar de la cabeza. Era un maniático del orden y del control, un obseso de la limpieza, y además tartamudeaba y sufría espasmos en una pierna. Así que, tal vez, no resultara tan extraño lo que hizo.

Cuando sonó la sirena aquel infortunado día, Tore P-V. Hansson dejó sus herramientas como de costumbre y se dirigió al vestuario. Se sentó en un banco y empezó a cambiarse de ropa, tomándoselo con mucha calma. No quedaban muchos empleados en el vestuario cuando Hansson simuló marcharse a casa, aunque en realidad regresó al taller. Allí las luces ya estaban apagadas, porque la gente tenía prisa por salir y los autobuses rugían en el patio atestados de cansados trabajadores.

Tore P-V. Hansson permaneció agazapado durante un buen rato en un rincón junto al vestuario hasta que por fin se atrevió a dirigirse sigilosamente hacia el extremo de una de las naves. Allí había una escalera que conducía a una pasarela elevada, paralela a la viga transversal de la fábrica. Caminando por la pasarela se llegaba a un espacio entre dos columnas, donde quien quisiera podía sentarse horas enteras sin ser molestado.

En silencio y con mucho cuidado, renqueó por la pasarela hasta llegar a la primera columna, se encaramó a la viga y se sentó. Estaba muy oscuro dentro de la fábrica y había bastante humo donde él estaba, pero desde allí tenía una buena visibilidad de todas las naves y se sentía bastante satisfecho. Muy pronto el misterio estaría definitivamente resuelto.

De forma ineludible, con el tiempo las personas en la historia se van fragmentando y diluyendo cada vez más y más hasta que, salvo en contadas e ilustres excepciones, acaban convirtiéndose en un nombre y unos pocos datos en una lápida, e incluso eso debería considerarse casi un privilegio en nuestros días. Todos los descendientes de Hansson se habían mostrado muy reservados y probablemente no hubiera mucho más que saber acerca de aquel hombre. En cualquier caso, en aquella primavera Hansson tenía veintisiete años y estaba casado con una buena mujer, aunque tal vez algo ingenua, que a aquellas alturas ya había desarrollado cierto grado de severidad y determinación. Muchos años atrás un andamiaje se había desplomado sobre él, dejando las secuelas de una cojera, tartamudeo y varias manías compulsivas. No había otra manera de explicar por qué aquella infausta noche de marzo de 1944 se le ocurrió encaramarse a una viga de la fábrica Zeverin en el muelle de Sickla, solo para intentar descubrir por qué todas las mañanas sus herramientas aparecían completamente desordenadas.