Así que permaneció allí sentado, tratando de mantenerse despierto, escondido detrás de una columna en el centro del techo de la fábrica. Probablemente pensaba en su esposa, que lo estaría esperando en casa con la cena lista y empezaría a preocuparse porque no llegaba exactamente a las 17.55 como de costumbre. Pero su mujer iba a tener que esperar. Aquello era más importante.
Y realmente lo era. Tore P-V. Hansson había cabeceado un par de veces a lo largo de la tarde cuando, de pronto, lo desvelaron unos ruidos procedentes de abajo y que resonaron en toda la fábrica: puertas que se abrían y cerraban en los vestuarios, tintineo de manojos de llaves y pisadas de zapatos de suela gruesa. Hansson el espía dio un respingo y se despertó por completo, como un cazador al acecho, escuchando en tensión cada sonido y movimiento provenientes de la densa oscuridad.
Podía oír voces, graves y amortiguadas, así como las pisadas de un número considerable de gente. Aquello duró un par de minutos hasta que de pronto un ruido sibilante, como de algo arrastrándose, se impuso sobre todo lo demás. Al principio Tore Hansson no lograba identificar el sonido. Parecía proceder de todas partes y de ninguna en concreto. Se retorció cuanto pudo tratando de ver algo, pero no logró vislumbrar nada. Aquel sonido llenaba toda la fábrica hasta que, de repente, cesó y se encendieron varias lámparas.
Hansson, guiñando los ojos deslumbrado, disfrutaba ahora de una visión completa del taller: todo el interior de la planta había sido cubierto con unas enormes cortinas negras. Estas habían sido desenrolladas desde unos nichos ocultos en el techo, y Tore recordó entonces que alguien le había comentado una vez que la fábrica Zeverin podría seguir en funcionamiento aunque toda Suecia se quedara a oscuras. Se trataba de una medida de seguridad muy moderna, considerada como un avance tecnológico muy sofisticado.
En el mismo momento en que se encendieron las luces empezó a entrar gente en el interior de la fábrica, y Tore P-V. Hansson no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Tuvo que pellizcarse para convencerse de que estaba despierto. Entraron al menos unos cincuenta hombres jóvenes en el taller, un taller completamente a oscuras visto desde fuera, donde se pusieron a trabajar de inmediato, como si se tratara de un turno nocturno clandestino y altamente secreto.
Escudriñó a los hombres que se movían abajo para ver si reconocía a alguno de ellos, pero no logró identificar a ninguno. No tenía ni la más remota idea de quiénes podían ser aquellas personas que trabajaban en plena noche en unas instalaciones cubiertas. Como era lógico, escrutó su propio torno con especial interés. Vio cómo un fornido hombre de unos treinta años ajustaba la máquina para montar en ella unos pequeños cilindros con protuberancias, cuyas medidas controlaba después de haberles fresado una brida en uno de sus extremos. Parecía como si todos estuvieran fabricando el mismo tipo de piezas, de aproximadamente un decímetro de largo y una pulgada de diámetro.
Por razones obvias, Tore P-V. Hansson había sido eximido del servicio militar. Ni siquiera fue requerido para realizar tareas administrativas, situación de la que nunca tuvo queja alguna. Pero si hubiera hecho el servicio militar y estuviera familiarizado con el manejo de armas de fuego, no habría tenido que especular tanto sobre lo que realmente estaban fabricando aquellos obreros en los tornos. Por esa razón le llevó bastante tiempo averiguar de qué se trataba, y no llegó a comprenderlo hasta que apareció una especie de técnico controlador que se situó en el centro del taller y empezó a examinar las piezas, introduciendo cada cilindro en un fusil ametrallador y haciendo una serie de movimientos enérgicos con el arma, para después retirar el cilindro y colocar la pieza que hubiera pasado el control en cajas protegidas con virutas de madera.
Estaban fabricando cerrojos para ametralladoras, y fue ese descubrimiento el que llevó a Tore P-V. Hansson a firmar su propio certificado de defunción… o a poner el primer clavo en su ataúd, para usar términos de película de espías.
Tore P-V. Hansson permaneció sentado durante horas en las alturas de la fábrica Zeverin, espiando con ojos enrojecidos cómo los obreros torneaban cerrojos para ametralladora, que después eran examinados y aprobados para ser introducidos en cajas protegidas con virutas. Ya era bien entrada la noche cuando concluyó el eficiente turno de trabajo clandestino y el taller empezó a vaciarse de trabajadores que se marchaban murmurando entre sí. Se apagaron las luces y, al ser recogidas, las cortinas produjeron un ruido susurrante que inundó toda la fábrica.
El tullido y tartamudo espía debió de sentirse henchido de un sentimiento triunfal. Él tenía razón: había podido comprobar que efectivamente se trabajaba por la noche en la fábrica, y que el desorden de sus herramientas se debía a causas muy diferentes a una simple broma de mal gusto. Describir aquí las implicaciones de su descubrimiento exigiría demasiado espacio. El texto original que Leo Morgan había escrito llenaba unas cincuenta páginas, en las que había incluido largas disertaciones sobre el período histórico, la situación de la industria, el Tercer Reich y demás. En otras palabras: había tratado de imitar a Edvard Hogarth.
Tore P-V. Hansson se sentía tan satisfecho como confuso por todo lo presenciado aquella noche encaramado en la viga. No tenía ni idea de a quién debería dirigirse, tanto si eran asuntos secretos de carácter nacional como si detrás de aquella actividad se escondían intereses criminales. Se trataba de algo clandestino que quería mantenerse oculto a toda costa… hasta ahí llegaba. Sin embargo, lo más importante para él en ese momento era transmitir la información, en primer lugar a su esposa. Ella estaría convencida de que esa noche se había ido de juerga con Berka o con cualquier otro, y por eso, cuando finalmente llegó y se desplomó en la cama, lo recibió con alegóricos golpes de rodillo. Al principio no se tragó nada y le dijo que inventara una excusa mejor, pero cuando sus dudas se disiparon comprendió que Tore había descubierto algo realmente espantoso. El mundo estaba viviendo tiempos terribles. Europa, África y Asia ardían por los cuatro costados, y la gente era capaz de cualquier cosa. La mujer tenía muy buenas razones para que Tore callara, dejara el asunto de lado y se olvidara de lo que había visto. Había otros hombres que podían combatir en lugar de él. Tore estaba lisiado y no podía luchar… aunque ella sabía que él no haría caso de sus palabras. Tore era demasiado escrupuloso para olvidar una noche como aquella. Ni siquiera el anuncio de que Tore iba a ser padre le hizo cambiar de opinión. Al contrario, aquello lo empeoró todo. Ahora que Tore P-V. Hansson sería padre, no podía comportarse como un cobarde.
Así que poco después de aquella noche en la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A., Tore Hansson se puso en contacto con un periódico importante. Edvard Hogarth escribió que un día de la primavera de 1944 había recibido una llamada muy extraña en la redacción. Un joven tartamudeante y muy alterado le había explicado lo que había visto una noche en la fábrica en la que trabajaba de día. Y Hogarth añadió: «Si no hubiera tartamudeado, le habría tomado por un loco más…».
Pero Edvard Hogarth no tenía un pelo de tonto, y le pidió al joven trabajador que se presentara en la redacción del periódico al día siguiente. El encuentro nunca tuvo lugar. El 4 de mayo de 1944 el tornero tartamudo y cojo Tore P-V. Hansson desapareció sin dejar rastro. Dejó tras sí una esposa que vivía en la calle Brännkyrka, y que en noviembre de ese mismo año dio luz a un niño llamado Verner. El embarazo había sido una pesadilla, plagado de interrogatorios policiales que no condujeron a nada. Aquello convirtió a la señora Hansson en una mujer adusta y frustrada, que cuando nació su hijo decidió olvidar por completo a su marido desaparecido. Nunca lograría que se hiciera justicia.