Cuando Claudio anunció su intención a Elia, ésta no opuso el menor reparo.
– Ya había leído en tu cara lo que sucede desde hace un tiempo. Me salvaste la vida cuando Tiberio nos perseguía y no seré yo quien se interponga en tu camino. Espero que tu futura esposa no se interesé sólo por tu fortuna.
– Nunca habla de dinero.
– Mejor. Te deseo que seas feliz. Prométeme que vendrás nos a menudo, a mí y al niño.
Te lo prometo. Tú serás siempre mi amiga.
Le quedaba una última obligación que cumplir, la más desagradable de todas: informar a su madre. Quiso pasar por ese mal trago lo antes posible. Antonia lo escuchó con una actitud altiva y glacial, tal como él la había conocido siempre.
– Si te he entendido bien -resumió-, te has encaprichado de una chiquilla que podría ser tu nieta. ¡Ella quiere casarse con tu dinero y tú te imaginas que te quiere por ti mismo, aunque estés contrahecho! Mi pobre Claudio, no me sorprende viniendo de ti. Creo que tienes muchas posibilidades de arrebatarle a Barbato la corona de rey de los cornudos. ¡No vengas a quejarte cuando llegue el momento!
– La estás injuriando, madre -protestó él, indignado-. Es una muchacha muy púdica.
– ¡Eso es lo que te ha hecho creer, pobre memo!
Superado el trance, Claudio corrió a realizar su petición. Barbato manejaba con tanta soltura las fórmulas exigidas por el protocolo como si llevase toda la vida casando a su hija. Lépida, menos ceremoniosa, se abrazó al cuello de su primo, envolviéndolo en una nube de perfume.
– Hacía tiempo que me había percatado de vuestro secreto. ¡Qué feliz soy! Desde que volviste a esta casa, Mesalina no tiene halagos más que para ti. ¡Esta niña te adora! Pero ¿estás seguro de que el emperador concederá su autorización?
– Cayo se alegra de esta unión. Oficiará de testigo.
Loca de alegría, Lépida estrechó tres veces a su futuro yerno contra sí y después mandó llamar a la muchacha. Mesalina nunca había estado más bonita que entonces, con aquella túnica demasiado corta que llevaba ceñida, a la manera de los niños, con un cordón de cuero. Se humedeció los apetitosos labios con la punta de la lengua mientras oía a su madre anunciar que se iba a casar con el tío.
– Estoy muy orgullosa de que me hayas elegido. Haré todo lo posible por que seas feliz -prometió.
– Ya lo soy.
– Sin embargo, tío, debo decirte la verdad. Has de saber que tengo grandes defectos.
– Tú no tienes más defectos que un diamante, cariño.
– Sí, los tengo.
– ¿Cuáles?
– Me gustan las joyas hermosas y los vestidos bonitos.
– Te proporcionaré todo cuanto desees. Joyas y vestidos.
– ¿Esclavos?
– Todos los que quieras.
– Me gustan las villas en el campo.
– Poseo unas cuantas por todas partes. Elegirás las que prefieras.
– También me gusta ir de compras.
– Mi administrador te entregará todos los meses cien mil sestercios para tus gastos.
La chiquilla se puso a saltar de contento.
– ¡Mesalina! -intervino la madre-. ¡Tu tío pensará que te casas con él por su riqueza!
– ¡Oh, no! ¡Lo querría igual aunque fuera pobre!
Se arrojó a sus brazos con un ademán tan cariñoso que a él le costó mantener la compostura.
– ¿Cuándo nos casamos, tío?
– La ceremonia no puede celebrarse antes de un mes.
– ¡Pero eso es mucho tiempo, un mes!
– ¡Pues sí, para mí será mucho más largo que para ti!
Lépida ordenó a la joven novia que los dejara solos.
– Encuentro muy cruel que se os haga esperar tanto. Puesto que el emperador ha decidido uniros, quizá podríamos…
Claudio le tomó la mano, aquejado de tartamudez a causa de su entusiasmo.
– No… no me atrevía a pedírtelo. ¡Qué buena eres!
– Es algo contrario a las buenas costumbres. Si alguien se enterase…
– Seremos discretos.
– Mi reputación…
– ¡Te lo suplico! No habrás de lamentarlo.
– No se trata de mí. Sólo me preocupa vuestra felicidad. ¡Ah, si no fuera por esas malditas cuestiones de decoro!
– ¡No me dejes esperando un mes entero!
– Es cruel, lo reconozco, pero no sé si…
– Me gustaría complacerte en algo, querida prima. Nunca te he hecho regalos. Seguramente hay algo que te agradaría tener.
– ¡No hablemos de mí! Yo pienso sólo en vosotros dos. No quiero nada para mí.
– Dime, te lo ruego, qué te agradaría. Te lo pregunto por pura curiosidad.
– Bueno, por si de verdad te interesa, he visto en casa de Rutilio una magnífica túnica de lame dorado.
– ¡Ya es tuya!
– Pero ¡qué locura! Si vale una fortuna…
– Es tuya. Mi administrador pasará a pagarla hoy mismo.
– ¡Qué generosidad! Pensándolo bien, no me siento con valor para haceros esperar todo un mes.
– ¡Ay, gracias, prima! ¿Cuándo?
.-Ven mañana a la hora de la clase. Será, en cierta manera, vuestra noche de bodas. ¡No olvides que la pequeña está intacta! -añadió, amenazándolo con el índice-. ¡No vayas a asustarla, sobre todo!
– No temas. Sabré comportarme.
Claudio no logró conciliar el sueño esa noche. Recorrió de un lado a otro su palacio, contando los minutos. Cuando por fin se presentó en casa de Lépida, ésta lo abrazó de manera efusiva, orgullosa de tener por yerno al tío del emperador.
– Todo está listo. Por favor, no olvides que no sabe nada de la vida. ¡Sé delicado!
– Lo seré -aseveró, enfermo de impaciencia.
Lépida lo guió a una habitación provista de una gran cama. Bajo la colcha, Mesalina esperaba.
– Estaréis bien anchos para practicar el griego. ¡Buena clase!
Claudio se desnudó a toda prisa y, con mano temblorosa, destapó a la joven. Estaba desnuda. Olvidando sus buenos propósitos, el la acometió como un ciervo en celo. Notó que la desgarraba y al instante culminó su gozo. Luego se apartó, avergonzado por su brutalidad.
– ¡Perdóname, cariño! ¡Es que tenía demasiadas ganas!
– ¡Me has hecho mucho daño, tío!
– Te prometo que en adelante seré más cuidadoso.
– Mira, estoy sangrando.
– Porque es la primera vez. Con el tiempo, verás que es muy agradable.
– ¡Me duele! ¡Me escuece!
– Lo siento mucho. Es que eres demasiado hermosa. No he podido controlarme y he ido demasiado deprisa. Hay que hacerlo con más lentitud. El amor es una ciencia, y yo te la enseñaré. Tienes todavía todo por aprender.
– Mamá me había prohibido eso, pero no soy una ignorante Enternecido, Claudio depositó un beso sobre la carnosa boca de la muchacha.
– En ese sentido, la ignorancia no constituye un defecto, bonita. Ya verás, el amor resulta más fácil que el griego.
– ¡No soy ignorante! -insistió ella con aire ofendido.
– Por supuesto. Habrás hablado de este tema con tus amigas. Lo que quería decir es que hay mucha distancia de la teoría a la práctica.
– Sé hacer cosas.
Claudio creyó adivinar a qué se refería. Antes de llegar a la edad nubil, todas las niñas se acariciaban. A la pobrecilla le avergonzaba confesarlo.
– ¿Qué cosas, bonita? Dime una.
– Por ejemplo, sé hacer gritar.
– ¿Hacer gritar? ¿Y eso en qué consiste?
– ¿Quieres que te lo enseñe?
– Oh, yo de todas maneras no grito nunca -advirtió él, divertido ante aquella muestra de infantilidad.
– ¿Seguro? Recuéstate en esa almohada, para estar más cómodo.
Él obedeció, expectante por saber qué se proponía. Una vez que se hubo arrellanado, ella se arrodilló entre sus piernas.
– ¡Oh, qué grande! -la oyó exclamar con su voz pueril. Orgulloso de ser el afortunado que le desvelaba el mundo de la masculinidad, sintió que la mano de la pequeña curiosa se posaba sobre su miembro. Como la serpiente al son de la flauta, ésta se irguió lentamente.