El emperador se recuperó con la rapidez de la juventud. Unos días después, examinando los despachos de Alejandría, Calixto dijo:
– Mira, Augusto.
Era una grave denuncia contra Arvilio Flaco, el hombre al que Tiberio había regalado el lucrativo cargo de prefecto en Egipto. El emperador no lo había destituido porque junio Silano había sugerido no deshacerse demasiado deprisa de los hombres de Tiberio, darles alguna ambigua esperanza para mantenerlos tranquilos. «Todo el que sea apartado -había dicho- será un nuevo enemigo que pensará día y noche en perjudicarnos.»
Arvilio vivía días suntuosos en la ciudad que había sido de Cleopatra; los amaneceres y los crepúsculos de enero eran luminosos y templados como solo pueden serlo en Egipto. Pero desde hacía meses él ya sabía que en Roma muy pronto alguien pediría audiencia al joven emperador.
– Arvilio ha cometido malversaciones escandalosas, ha provocado desórdenes y los ha sofocado con una crueldad tan estúpida que ha acabado por convertirlos en rebelión -dijo deprisa Calixto-. Mira, tu fiel Herodes, de Judea -añadió, cogiendo otro escrito-, lo confirma todo.
Esperó la respuesta del emperador ardiendo de impaciencia; su habitual palidez se había acentuado.
El emperador se preguntó qué ocultaba Calixto de su desconocido pasado, qué odios, qué venganzas juradas en secreto. Luego recordó las devastaciones de Sais, los campesinos sin trabajo arrastrándose por las calles de Alejandría.
Calixto pronunció entonces una de sus breves frases largamente pensadas:
– En Capri oí decir que el gobierno de Egipto le fue regalado a Arvilio después de que condenaran a tu madre.
El emperador no reaccionó. Había aprendido a guardarse los pensamientos, y se guardó también aquel todo el día. Por la noche se dijo: «Todavía no he hecho uso de todos los poderes que el Senado me dio». Augusto había dictado para sí mismo -y utilizado con despiadada prudencia, aunque casi siempre en secreto- esa durísima ley que «por la seguridad del imperio» le permitía detener, juzgar, modificar las sentencias de otros, condenar a muerte. Tiberio había administrado esos poderes con creciente crueldad y
Roma los había padecido con odio. El joven emperador se dijo con cierto abatimiento: «Empuñar el arma de esa ley es adentrarse en un camino sin retorno». Pero al final se decidió: «Es necesario». Ordenó en secreto que Arvilio Flaco fuese conducido a Roma. Y esperó.
Arvilio Flaco llegó, destrozado por el larguísimo viaje realizado por mar y tierra como prisionero, al igual que Agripina y Nerón habían viajado a las islas donde los habían relegado. Los viejos recuerdos despertaron en los senadores, como un terremoto en el sueño. Al igual que en los tiempos de Tiberio, se vieron de una hora para otra convocados en supremo tribunal. Y mientras que los populares comentaban con odio: «¡Por fin!», la alarma dejó helados a los optimates: en aquel joven emperador de ojos verdes, cabello bien peinado y hermosa voz, además de la inocua fascinación de la juventud se movía algo más.
En cuanto al emperador, la noche antes del proceso volvió a tener insomnio: caer profundamente dormido, despertarse esperando que sea de día, descubrir irremediablemente que todavía es noche profunda. Comprendió que solo esperaba ver cara a cara a uno de los responsables de la muerte de su madre.
Arvilio entró en aquella Curia solemne, brillante de mármoles y repleta de senadores inmóviles, que intimidaba hasta hacer balbucir a los embajadores amigos y acobardaba a los otros. Al ver al emperador, vaciló. Este, por su parte, después de haber pasado la noche sin dormir, veía a un sexagenario medio calvo, de piel malsana y rugosa y mirada huidiza. «Desconfía de quien, cuando te habla, mira hacia un lado», había dicho su padre. Los senadores estaban sentados y guardaban un silencio tenso; era el primer proceso después de la muerte de Tiberio. No era una siniestra persecución política, sino un juicio por acusaciones de mala administración y violencia; y sin embargo, la sala se llenaba de horribles recuerdos.
Desde el comienzo del interrogatorio, el emperador vio que el despiadado Arvilio era vil, implorante y mentiroso. «Un hombre así -pensó con furor- tuvo en sus manos la vida de una mujer como aquella.» A buen seguro, de aquel proceso sabía bastante más que él.
Pensamientos de venganza cundían entre los populares; entre los optimates, en cambio, se extendía el miedo de que Arvilio hablara del pasado. Por eso, todos de consuno y con la máxima rapidez que permitían los procedimientos, lo declararon culpable. Algunos fueron a consultar con el emperador el alcance de la pena, y él impetuosamente declaró:
– No quiero muertos.
Los senadores, recordando la inhumana frialdad de Tiberio, se sorprendieron, pero, bien por compasión por el condenado o bien por secreta connivencia, obedecieron y condenaron a Arvilio a que le fueran confiscados sus bienes y a ser relegado a una isla de las Cícladas, en el Egeo, la siniestramente célebre Giaros.
– ¡Vaya! -dijo Calixto-. Tenemos la suerte de capturar a una serpiente y, en vez de aplastarle la cabeza, la dejamos en libertad al fondo del jardín.
Pero Arvilio, al oír la condena, se desesperó y lloró indecorosamente en público. Entonces, Marco Emilio Lépido -el hombre con el que Drusila, enamorada, había querido casarse, el nieto de aquel Marco Lépido en cuya casa julio César había cenado la noche antes de que lo mataran- rogó de improviso al emperador, recordando precisamente la dureza de la relegación, que enviara al condenado a un lugar menos aislado y salvaje.
«¿Por qué lo protege Lépido?», pensó el emperador con una momentánea desconfianza. Sin embargo, se acordó de cuando había visto partir para Giaros, a morir allí, al tribuno Cretico, fiel compañero de su padre en Siria, y ordenó que la remota Giaros fuese cambiada por la mucho más clemente isla de Andros. Los senadores ensalzaron su clemencia y le obedecieron.
«Cede fácilmente a la piedad», reflexionó alguien. Y para el senador junio Silano, para los Pisón, para Sertorio Macro, que -aterrorizados al ver emerger su embrionario complot- habían seguido el proceso como se mira un río en plena crecida, temiendo que rompa los diques, aquel resquicio de docilidad, aquel sentimental retorno a las decisiones racionales, muy distinto de la siniestra inexorabilidad de Tiberio, fue como haber descubierto una grieta en una pared.
En cuanto al emperador, se guardó sus pensamientos para sí. Le dijo a Calixto una sola palabra, plenamente consciente de lo que desencadenaría en aquel pálido griego:
– Vigílalos.
Después aparentó haberlo olvidado todo, pues Eutimio, el constructor de naves, y el arquitecto egipcio Imhotep le anunciaron que en una piscina de los jardines imperiales flotaban los modelos, a escala, de la Ma-ne-yet y la Me-se-ket, las dos misteriosas naves egipcias, y que si él daba su aprobación al día siguiente comenzarían a trabajar a orillas del lacus Nemorensis.
– Quiero verlas inmediatamente -contestó él, y bajó a su paso veloz de muchacho mientras los otros dos se apresuraban a seguirlo, el anciano Imhotep emocionado y ansioso, y Eutimio, bronceado por el mar de Miseno, con una sonrisa pícara, como si estuviera preparando una broma. Al fondo del camino, entre las plantas, el sol iluminaba algo que le respondía con reflejos de oro. Mientras el emperador se acercaba, el resplandor era por momentos cegador, pues Eutimio había estudiado bien la colocación y la hora.
Ante el estanque de las flores acuáticas que Augusto había traído de Egipto, Eutimio dijo con un gesto triunfal, como si señalara una ciudad conquistada:
– Augusto, mira: dos naves con casco de madera, sobre cuyo puente se alzan edificios de mármol y que flotan ligeras. Mira. -Con un dedo, movió el gran timón situado en la popa de la nave sin remos y sin velas; la proa se volvió lentamente hacia el emperador-. Me faltan los remeros -añadió, riendo-. Tengo que hacerlo yo. -Y con la palma de la mano, empujó la segunda nave hasta que la proa tocó la popa de la primera. Las dos embarcaciones se convirtieron en un solo edificio que flotaba y resplandecía.