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– Lo que sucede con los rompecabezas -añadió Rebus- es que dependen del número de piezas que tengan.

– Es cierto, John.

– ¿Cuántas piezas tenemos de éste?

– A decir verdad, la mitad están en el suelo y algunas quizá debajo del sofá y de la alfombra. Bueno, ¿te fumas esa porquería de una vez? Necesito un café solo ya.

– Qué pena da ver a alguien tan adicto -dijo Rebus, dando la última profunda calada al cigarrillo.

Cinco minutos después estaban sentados ante sendos cafés y Davidson masticaba trocitos pegajosos de pastel de cereza.

– Por cierto -comentó entre dos bocados, dando unas palmaditas en el bolsillo de su chaqueta-, tengo algo para ti. La grabación de la llamada de socorro -añadió sacando un casete.

– Gracias.

– Se la hice escuchar a Gareth Baird.

– ¿Y era la amiga de Yurgii?

– No estaba seguro. Tal como dijo, no es precisamente Dolby Pro Logic.

– Gracias, de todos modos -dijo Rebus guardándosela.

Capítulo 14

La escuchó en el coche camino de casa, manipulando bajos y agudos, pero sin apenas mejorar la calidad. Era una voz angustiada de mujer interrumpida por la serenidad profesional de la telefonista.

«Se muere…, se muere…¡Dios mío!»

«¿Puede darme una dirección, señora?»

«Knoxland… En medio de los bloques… Los altos… En el suelo…»

«¿Quiere una ambulancia?»

«Muerto… muerto…» Gritos de dolor y sollozos.

«Hemos avisado a la policía. ¿Puede esperar hasta que llegue, por favor? ¿Señora? Escuche, señora…»

«¿Qué? ¿Qué?»

«¿Me da su nombre, por favor?»

«Le han matado… Él dijo… Oh, Dios mío…»

«La ambulancia está en camino. ¿No puede precisar la dirección? Señora…Señora, ¿sigue al habla?»

No. La comunicación había concluido. Rebus se preguntó si habría usado la misma cabina que Stef cuando llamó al Scotsman. Y le intrigaba qué tema sería para tanto insistir en contárselo personalmente al periodista. Stef Yurgii, con su instinto de periodista, hablando con los inmigrantes de Knoxland… y decidido a que nadie le robara el artículo. Volvió a pasar la cinta.

«Le han matado… Él dijo…»

Dijo, ¿el qué? ¿Le previno a ella de lo que iba a suceder? ¿Le dijo que su vida corría peligro?

¿Por un artículo?

Rebus puso el intermitente y paró junto al bordillo. Volvió a escuchar la cinta de un tirón a todo volumen. El zumbido de fondo perduró en sus oídos después de apagar el casete. Era como si por efecto de la altitud sus oídos fuesen a destaponarse.

Era un crimen racista, por odio. Feo y simple; un asesino resentido y retorcido que descargaba su rencor con aquel acto.

¿Qué, si no?

Niños sin padre, guardianes con lavado de cerebro que sospechaban de unos juguetes, neumáticos ardiendo sobre una caseta…

«¿Qué es lo que está sucediendo en este país, por el amor de Dios?», pensó. Pero el mundo seguía su curso sin preocuparse: caravanas de coches de regreso a casa y peatones que no levantan la vista del suelo ante sus pies; ojos que no ven, corazón que no siente. Un mundo feliz esperando la inauguración del nuevo parlamento, un país con una población envejecida, perdiendo sus talentos por los cuatro puntos cardinales y hostil al turismo y a los inmigrantes.

– Por el amor de Dios -musitó apretando las manos sobre el volante.

Vio que unos metros más adelante había un pub. A lo mejor le multaban pero se arriesgaría.

Pero no… Si hubiera querido beber habría ido camino del Oxford y ahora iba camino de casa como los demás trabajadores. Se daría un baño caliente y reposado y se tomaría un par de chupitos de whisky. Tenía unos cuantos cedes por escuchar, comprados el último fin de semana: Jackie Leven, Lou Reed, los Bluesbreakers de John Mayall, y además los que le había prestado Siobhan: Show Patrol y Grant-Lee Phillips, que ya hacía una semana había prometido devolvérselos.

Podía tal vez llamarla para ver si estaba libre. No saldrían a tomar una copa; cenarían algo con una cerveza en su casa o en la de ella, escucharían música y charlarían. Las cosas habían estado un tanto extrañas desde aquella ocasión en que la había abrazado y besado en la boca. No habían hablado de ello porque él sabía que ella quería olvidarlo. Pero eso no significaba que no pudieran reunirse para compartir la cena. ¿No?

Claro, que a lo mejor ella tenía otros planes. No le faltaban amigos, al fin y al cabo. ¿Y él qué tenía? Con tantos años en aquella ciudad, haciendo aquel trabajo, ¿a él qué le esperaba en casa?

Fantasmas. Noches en vela ante la ventana mirando su propio reflejo.

Pensó en Caro Quinn, rodeada de ojos… Sus propios fantasmas. Le interesaba en cierto modo porque representaba un reto: él con sus prejuicios y ella con los suyos. Se preguntaba hasta qué punto tendrían algo en común. Le había dejado el número de teléfono, pero dudaba mucho que le llamara. Si optaba por beber, bebería solo, y se convertiría en lo que su padre llamaba «reyes de la cebada», esos hombres hoscos amargados que, sentados en la barra frente al botellero con las medidas, beben el whisky más barato sin hablar con nadie porque han renegado de la sociedad y no saben ya conversar ni reír. Los reyes de un solo súbdito.

Finalmente, sacó la cinta. Se la devolvería a Shug. No iba a revelar ningún secreto inesperado. A él lo único que le decía era que había una mujer que quería a Stef Yurgii. Una mujer que tal vez supiera cómo había muerto. Una mujer que se escondía.

¿A qué preocuparse? Deja el trabajo en la comisaría, John. Debes considerarlo sólo eso: un trabajo. No se merecían más los cabrones que le habían destinado a un rinconcito de Gayfield Square. Sacudió la cabeza, se rascó la coronilla para aclarar ideas y dándole al intermitente se reintegró al río del tráfico.

Iría a casa y que le dieran por saco al mundo.

* * *

– ¿John Rebus?

Era un hombre negro; alto y musculoso. Al surgir de la oscuridad, lo primero que Rebus vio fue el blanco de los ojos.

Le esperaba en el fondo del portal, al lado de la puerta trasera que daba paso a la zona de césped llena de hierbajos, una zona de atracos. Rebus se puso en tensión a pesar de haber sido interpelado por su nombre.

– ¿Es el inspector John Rebus?

El hombre negro tenía el pelo muy corto y vestía un traje elegante, con camisa roja, sin corbata. Sus orejas eran pequeños triángulos casi sin lóbulos. Estaba a un paso de él y se miraron los dos sin pestañear unos veinte segundos.

Rebus llevaba una bolsa en la mano derecha con una botella de whisky de veinte libras y no estaba dispuesto a estampársela en la cabeza si no era estrictamente necesario. Sin saber por qué pensó en un chiste de Chic Murray: un hombre cae al suelo con una botella en el bolsillo, siente algo húmedo, se palpa y exclama: «¡Gracias a Dios que es sangre!».

– ¿Quién diablos es usted?

– Perdone si le he asustado.

– ¿Quién ha dicho eso?

– No irá a sacudirme con eso que lleva en la bolsa.

– No lo sé. ¿Quién es y qué quiere?

– ¿Le parece bien que le enseñe el carnet? -preguntó el hombre sin decidirse a llevarse la mano al bolsillo interior de la chaqueta.

– Hágalo.

Sacó una cartera y la abrió con un movimiento. Se llamaba Felix Storey y era oficial de Inmigración.

– ¿Felix? -preguntó Rebus enarcando una ceja.

– Significa feliz; es mi nombre.

– Y el de un gato de cómic.

– Sí, claro, también -añadió Storey guardándose la cartera-. ¿Lleva algo de beber en la bolsa?

– Puede ser.

– Veo que es de una tienda de licores autorizada.

– Muy observador.

– Por eso estoy aquí -dijo Storey sonriendo.