– ¿Va a decirme que no llevan un registro?
– Ah, claro que hay registros, pero sólo de inmigrantes inscritos en los que figuran también ilegales e incluso refugiados.
– Se trata de que si es ilegal, seguramente intentará encontrar a paisanos suyos que puedan ayudarla, y de ésos sí que habrá registro.
– Sí, ya entiendo, pero de todos modos…
– ¿Tiene mejores cosas de qué ocuparse?
Storey dio un sorbo y se limpió la espuma del labio superior con el reverso de la mano.
– Ni siquiera estoy seguro de que existan esos datos de un modo que le puedan servir.
– Cualquier cosa me vendría bien.
– ¿Cree que esa mujer está implicada en el asesinato?
– Creo que se oculta por miedo.
– ¿Porque sabe algo?
– No lo sabré hasta que hable con ella.
El oficial de Inmigración calló un instante, dando vueltas a la taza sobre la superficie de la mesa, trazando círculos lechosos. Rebus miró a la calle a través del cristal. Pasaba gente por Princes Street, quizá camino de sus compras, y comenzaba a formarse cola en el mostrador y la gente buscaba sitio en alguna mesa. Entre él y Storey había una silla vacía que esperaba que no solicitase nadie, pues la gente suele ofenderse por una negativa.
– Puedo autorizar una búsqueda previa en la base de datos -dijo finalmente Storey.
– Estupendo.
– Pero no le prometo nada.
Rebus asintió con la cabeza.
– ¿Ha probado entre los estudiantes? -preguntó Storey.
– ¿Los estudiantes?
– Estudiantes extranjeros. En Edimburgo hay muchos de Senegal.
– Es una idea -apuntó Rebus.
– Me alegro de que le sirva.
– Continuaron los dos en silencio hasta terminar el café y a continuación Rebus dijo que le acompañaba a la furgoneta. Le preguntó cuándo había aparecido Stuart Bullen por primera vez en la diana de Inmigración.
– Creo que ya se lo dije.
– Mi memoria no es lo que fue -alegó Rebus.
– Fue una delación anónima. Así es como suelen empezar estos casos; los que llaman prefieren quedar en el anonimato hasta que conseguimos resultados. Después, piden dinero.
– ¿Qué les dijeron?
– Que Stuart Bullen se dedicaba al tráfico de inmigrantes.
– ¿Y montaron esa operación sobre la base de una simple llamada telefónica?
– Es un confidente que ha resultado veraz anteriormente a propósito de un cargamento de sin papeles en un camión que llegó a Dover.
– Yo pensaba que en la actualidad en los puertos de entrada disponían de toda la tecnología moderna.
Storey asintió con la cabeza.
– Así es. Tenemos sensores que detectan el calor de un cuerpo y perros electrónicos para olfatear.
– ¿Y con eso, en cualquier caso, habrían cogido a esos ilegales?
– Tal vez sí, tal vez no. ¿Qué insinúa en concreto, inspector? -preguntó Storey mirando a Rebus.
– Nada. ¿Qué cree que estoy insinuando?
– Nada -dijo Storey a su vez, desmintiéndolo con la mirada.
Aquella tarde Rebus se sentó junto a la ventana con el teléfono en la mano, diciéndose que aún podía llamar a Caro. Había estado revisando su colección de discos, sacando álbumes que no había puesto hacía años: Montrose, Blue Oyster Cult, Rush, Alex Harvey… No más de un par de canciones de cada uno hasta que llegó a Goafs Head Soup de los Rolling Stones, un guiso de sonidos, una olla revuelta con la mitad de los ingredientes para mejorar el sabor. En cualquier caso, era mejor -más melancólico- de lo que recordaba. Ian Stewart tocaba en un par de canciones. Pobre Stu, que se había criado cerca de ellos en Fife y había sido miembro de pleno derecho del grupo hasta que el promotor decidió que no daba la imagen, a partir de lo cual sólo le utilizaron para algunas grabaciones y giras.
Stu estaba pegado a ellos aunque el rostro no encajara.
Le daba lástima.
OCTAVO DÍA: LUNES
Capítulo 22
Lunes por la mañana: biblioteca de Banehall; tazas de café de sobre y Donuts azucarados de una panadería. Les Young llegó vestido de traje con camisa blanca y corbata azul marino. Olía levemente al betún de los zapatos. Su equipo estaba sentado a las mesas y, en ellas, unos rascándose las caras cansadas, otros saboreando el café amargo como si fuera elixir. Había carteles en las paredes anunciando autores infantiles: Michael Morpurgo, Francesca Simon, Eoin Colfer, y otro cartel con un protagonista de cómic llamado Capitán Calzoncillos, que por algún motivo se había convertido en el apodo de Young, según había captado Siobhan en una conversación. Y no pensaba que le hiciera mucha gracia.
Ella, había sustituido los pantalones por una falda con leotardos, atavío extraño a sus costumbres. La falda le llegaba hasta las rodillas, pero ella se la estiraba continuamente como si por arte de magia fuera a alargarla unos centímetros. No sabía si tenía piernas bonitas o feas, pero no le gustaba que se las mirasen ni que la juzgasen en función de las mismas. Además, sabía que antes de que acabara el día las mallas estarían arrugadas, en previsión de lo cual llevaba un repuesto en el bolso.
Aquel fin de semana no había hecho la colada. El sábado fue a Dundee y pasó el día con Liz Hetherington contándose historias del trabajo en un bar especializado en vinos, luego fue a un restaurante, al cine y a un par de clubs. Había dormido en el sofá de Liz y volvió a Edimburgo por la tarde, todavía con algo de resaca.
Ahora iba por la tercera taza de café.
Uno de los motivos por los que había estado en Dundee era escapar de Edimburgo y evitar la posibilidad de tropezarse con Rebus. No estaba tan borracha el viernes, y no se arrepentía de su actitud ni de la discusión. Eran discusiones de bar y nada más. Pero, a pesar de todo, dudaba que Rebus lo hubiese olvidado y le constaba por quién tomaría partido. También era consciente de que Whitemire estaba a menos de tres kilómetros de allí y de que Caro Quinn probablemente montaría guardia de nuevo ante el centro de detención en su esfuerzo por ser la conciencia del lugar.
El domingo por la tarde había paseado por el centro, caminando por Cockburn Street y pasando por el callejón Fleshmarket. En High Street vio a un grupo de turistas haciendo corrillo alrededor de su guía, a quien reconoció por la voz y la melena: Judith Lennox.
– … en la época de Knox, las reglas eran más severas, evidentemente. Existían castigos por desplumar un pollo en sábado y estaban prohibidos los bailes, el teatro y el juego. El adulterio se penaba con la muerte y se castigaban también otros delitos con la muerte o con el casco, un casco con candado que clavaba una barra de metal en la boca de los mentirosos y los blasfemos… Al final del recorrido podrán disfrutar de un trago en The Warlock, una posada antigua dedicada al fin horripilante del mayor Weir.
Siobhan pensó si Lennox cobraría por el anuncio.
– … en conclusión -decía Les Young leyendo las notas sobre la autopsia-, se trata de un trauma provocado por un instrumento contundente. Un par de golpes enérgicos que han causado fractura del cráneo con hemorragia cerebral y muerte prácticamente instantánea y, según el patólogo, los impactos circulares demuestran que son obra de algo semejante a un martillo como el que puede adquirirse en cualquier tienda de bricolaje, de un diámetro de dos coma nueve centímetros.
– ¿Con qué fuerza de golpe, señor? -preguntó uno.
Young le dirigió una sonrisa irónica.
– Las notas son un tanto escuetas, pero leyendo entre líneas creo que puede decirse sin temor a equivocarse que se trata de un agresor masculino… y muy probablemente no zurdo. La forma de las marcas del impacto da a entender que la víctima sufrió la agresión por detrás. -Young se acercó a una mampara que hacía las veces de tablero de anuncios con fotos del escenario del crimen sujetas con chinchetas-. Más tarde recibiremos primeros planos de la autopsia, pero la parte posterior del cráneo -añadió señalando una foto hecha en el dormitorio de la cabeza ensangrentada de Cruikshank- fue la más dañada… Lo cual resulta difícil si el agresor está frente a la víctima.