– Roy, Ishbel y sus amigas estaban muy unidas, ¿verdad? -preguntó ella.
– Sí.
– ¿Por qué se iría sin decirles una palabra a ninguna de las dos?
El joven se encogió de hombros.
– ¿Se lo ha preguntado a ellas?
– Te lo pregunto a ti.
– No sé la respuesta.
– Bien, a ver, entonces, esto: ¿por qué rompisteis?
– Me imagino que nos fuimos distanciando.
– Pero tuvo que haber un motivo -añadió Les Young dando un paso hacia Brinkley-. Vamos a ver, ¿te dejó ella o fue al revés?
– Fue más bien de mutuo acuerdo.
– ¿Y por eso seguisteis siendo amigos? -aventuró Siobhan-. ¿Qué es lo primero que pensaste al enterarte de que se había marchado?
El joven se rebulló en la silla, haciéndola crujir.
– Sus padres vinieron a casa a preguntarme si la había visto. Pero la verdad…
– ¿Qué?
– Yo pensé que era culpa suya. Porque nunca superaron lo del suicidio de Tracy; siempre estaban hablando de ella y de cosas del pasado.
– Mientras que Ishbel… ¿quieres decir que lo había superado?
– Yo creo que sí.
– ¿Y por qué se teñía el pelo y se peinaba como Tracy?
– Escuchen, yo no digo que sean mala gente… -alegó apretando las manos.
– ¿Quién? ¿John y Alice?
Él asintió con la cabeza.
– Lo que sucedió es que Ishbel comenzó a pensar… que querían que volviera Tracy. Quiero decir que preferían a Tracy más que a ella.
– ¿Y por eso empezó a imitar a Tracy?
El joven volvió a asentir con la cabeza.
– Es que es difícil de sobrellevar, ¿no? A lo mejor se marchó por eso… -añadió bajando la vista desconsolado.
Siobhan miró a Les Young, quien frunció los labios reflexionando. El silencio duró casi un minuto hasta que lo rompió Siobhan.
– ¿Sabes dónde está Ishbel, Roy?
– No.
– ¿Mataste a Donny Cruikshank?
– Una parte de mí lo habría deseado.
– ¿Quién crees que lo mató? ¿Has pensado en el padre de Ishbel?
Brinkley alzó la cabeza.
– Pensado… sí; de pasada.
Siobhan asintió con la cabeza.
Les Young hizo una pregunta:
– Roy, ¿viste a Cruikshank después de salir de la cárcel?
– Lo vi.
– ¿Hablasteis?
El joven negó con la cabeza.
– Lo vi un par de veces con otro tipo.
– ¿Quién?
– Sería un amigo suyo.
– ¿Tú no le conocías?
– No.
– Entonces, no sería del pueblo.
– A lo mejor sí… Yo no conozco a todo el mundo en Banehall. Como usted ha dicho, siempre estoy enfrascado en un libro.
– ¿Podrías describirlo?
– Una vez visto no se olvida -respondió Brinkley esbozando una especie de sonrisa.
– ¿Por qué?
– Es que tenía un tatuaje que le cubría todo el cuello. Una tela de araña -dijo el joven señalando con la mano su garganta.
Para que no pudiera oírles Roy Brinkley se sentó en el coche de Siobhan.
– Un tatuaje en forma de tela de araña -comentó ella.
– No es la primera vez que surge ese detalle -dijo Les Young-. Lo mencionó uno de los clientes de The Bane, y el camarero confesó que en una ocasión había servido a ese individuo y que tenía mala catadura.
– ¿Sabemos el nombre?
Young negó con la cabeza.
– Aún no, pero lo averiguaremos.
– ¿Sería alguien a quien conoció en la cárcel?
Young, en vez de contestar, le preguntó:
– ¿Qué era lo del Albatros?
– No me diga que también lo conoce.
– Cuando yo era adolescente y vivía en Livingston, si no iba uno a Lothian Road para eso, se probaba suerte en el Albatros.
– ¿Ya tenía fama entonces?
– De mal sonido, de cerveza aguada y de pista de baile pegajosa.
– ¿Y la gente seguía yendo?
– Durante cierto tiempo fue lo único que había, y algunas noches acudían más mujeres que hombres, mujeres de cierta edad.
– O sea, ¿que era un burdel?
Él se encogió de hombros.
– No llegué a comprobarlo.
– Estaría demasiado ocupado jugando al bridge -dijo ella en broma.
Young no se dio por aludido.
– Lo que me extrañó es que usted supiera de su existencia -dijo.
– ¿Ha leído en los periódicos el caso de los esqueletos?
– No hace falta -dijo él sonriendo-. Se ha comentado bastante en la comisaría. No es frecuente que el doctor Curt meta la pata.
– No metió la pata -replicó ella haciendo una pausa-. De todos modos, yo también me equivoqué.
– ¿Cómo?
– Tapé el esqueleto infantil con mi chaqueta.
– ¿El de plástico?
– Estaba cubierto de tierra y cemento.
Él alzó una mano para dar por zanjado el tema.
– De todos modos, no acabo de ver la relación.
– No hay mucha -admitió ella-. Es que el gerente del pub fue dueño del Albatros.
– ¿Es una coincidencia?
– Supongo.
– ¿Pero va a hablar con él para ver si conocía a Ishbel?
– Probablemente.
Young suspiró.
– Así que nos queda el del tatuaje y poco más.
– Es más de lo que teníamos hace una hora.
– Pues sí -añadió él mirando al aparcamiento-. ¿No hay un café decente en Banehall?
– Podríamos ir por la M8 a Harthill.
– ¿Por qué? ¿Qué hay en Harthill?
– La cafetería de la autopista.
– He dicho un café decente, Siobhan.
– Es sólo una sugerencia -dijo Siobhan mirando también por el parabrisas.
– De acuerdo, usted conduce y yo invito -accedió Young finalmente.
– Vale -contestó ella dándole al contacto.
Capítulo 23
Rebus volvió a George Square. Ante el despacho de la doctora Maybury oyó voces dentro, pero llamó a la puerta.
– ¡Entre!
La abrió, asomó la cabeza y vio que rodeaban la mesa ocho alumnos con cara de sueño.
– ¿Podemos hablar un minuto? -preguntó sonriente a Maybury.
Ella dejó resbalar de la nariz sus gafas, que quedaron colgando de un cordón sobre su pecho, se levantó sin decir nada y, estrujándose entre las sillas y la pared, cerró la puerta y lanzó un hondo suspiro.
– Lamento tener que volver a molestarla -dijo Rebus.
– No, no es eso -replicó ella pellizcándose el puente de la nariz.
– ¿Son alumnos tontos?
– No sé por qué damos clases los lunes a primera hora -dijo ella estirando el cuello a derecha e izquierda-. Bueno, no es problema suyo. ¿Localizó a esa mujer senegalesa?
– Bueno, es la razón de mi visita…
– Dígame.
– Nuestra última hipótesis es que tal vez ella conozca a estudiantes de su país. -Rebus hizo una pausa-. En realidad, puede que incluso sea estudiante.
– Ya.
– Bueno, lo que no sé… es cómo averiguarlo con certeza. Ya sé que no es de su incumbencia, pero podría orientarme.
Maybury reflexionó un instante.
– Lo mejor será que vaya al departamento de matrículas.
– ¿Dónde?
– En la Universidad Vieja.
– ¿Enfrente de la librería Thin?
Ella sonrió.
– Inspector, ya veo que hace tiempo que no compra libros. Esa librería cerró; ahora es de Blackwell -dijo ella sonriendo.
– Pero la Universidad Vieja sigue allí, ¿no?
– Perdone por la impertinencia -repuso ella asintiendo con la cabeza.
– ¿Cree usted que me atenderán?
– Allí sólo van estudiantes a matricularse y usted les resultará algo exótico. Cruce Bristol Square, tome el pasadizo subterráneo y entre por West College Street.
– Sí, gracias, creo que sé el camino.
– Figúrese -dijo ella como volviendo a la realidad-, yo aquí de cháchara para retrasar lo inevitable porque aún me quedan cuarenta minutos… -añadió mirando el reloj.