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Después de dar la mano a Maureen, Rebus le deletreó el nombre.

– Pero a lo mejor hay algún error en alguna letra -le previno.

– Kawame Mana. Aquí está -dijo la mujer señalando la pantalla, que mostraba la misma información que la de la funcionaría de matrículas-. Tiene una habitación en Fergusson Hall y estudia psicología.

– ¿Fecha de nacimiento? -preguntó Rebus, que acababa de abrir la libreta.

Maureen dio unos golpecitos en la pantalla y Rebus leyó que Kawame tenía veinte años y era estudiante de segundo curso.

– La llaman Kate -añadió Maureen- y su habitación es la doscientos diez.

Rebus se volvió hacia Andy Edmunds, quien ya asentía con la cabeza.

– Le acompaño -dijo.

* * *

El largo pasillo color crema estaba más tranquilo de lo que Rebus pensaba.

– ¿No hay nadie que tenga hip-hop a todo volumen? -preguntó.

Edmunds lanzó un bufido.

– John, hoy día usan auriculares para aislarse del mundo.

– Así que, ¿aunque llamemos no nos oirá?

– Ahora lo veremos -dijo el vigilante.

Se detuvo ante el 210, una puerta adornada con pegatinas de flores y caras sonrientes, y el nombre de Kate sobre unas estrellitas plateadas. Rebus cerró el puño y llamó tres veces con fuerza. Se entreabrió la puerta de enfrente, asomaron dos ojos y volvió a cerrarse de golpe. Edmunds olfateaba exageradamente.

– Hierba cien por cien -dijo.

Rebus torció el gesto.

Como no contestaron al segundo intento, llamó a la otra puerta con más fuerza aún, y cuando abrieron ya tenía el carnet en la mano. Estiró el brazo y le arrancó los auriculares. El estudiante no tendría veinte años, vestía unos pantalones de combate gastados y una camiseta que le venía pequeña. El aire entraba por la ventana recién abierta.

– ¿De qué se trata? -dijo el muchacho vocalizando con torpeza.

– De ti, por lo que se huele -replicó Rebus asomándose a la ventana.

De una mata que había justo debajo salía un hilo de humo.

– Espero que no te quedara mucho.

– ¿Mucho, de qué? -replicó el estudiante con un acento de buena familia, de los Home Counties.

– Como lo llames, costo, maría, mierda, hierba… -contestó Rebus sonriente-. Pero pierde cuidado que no voy a bajar a recoger la toba para analizar la saliva del papel, comprobar el ADN y volver aquí a detenerte.

– ¿No se ha enterado de que la hierba ya no es ilegal?

Rebus negó con la cabeza.

– Han reducido la categoría de delito, que no es lo mismo. De todos modos, tienes derecho a llamar por teléfono a tus padres; esa ley está vigente.

Miró el cuarto: una cama pequeña con un plumón arrugado al lado, en el suelo; estanterías con libros, un portátil en la mesa y carteles de teatro.

– ¿Te gusta el teatro?

– He actuado en algunos montajes de estudiantes.

Rebus asintió con la cabeza.

– ¿Conoces a Kate?

– Sí -contestó el joven, desenchufando el aparato conectado a los auriculares. Rebus pensó que Siobhan sabría qué era; él únicamente veía que era muy pequeño para compactos.

– ¿Sabes dónde puede estar?

– ¿Qué ha hecho?

– No ha hecho nada. Sólo quiero hablar con ella.

– No suele parar mucho en su habitación. A lo mejor la encuentra en la biblioteca.

– John…

Edmunds sostenía la puerta abierta para que pudiera ver el pasillo. Una joven de piel oscura, de pelo rizado sujeto atrás con una cinta, abría la puerta mirando curiosa por encima del hombro lo que sucedía en la habitación frente a la suya.

– ¿Kate? -dijo Rebus.

– Sí. ¿Qué quiere? -replicó ella con una entonación poco inglesa.

– Soy policía, Kate -añadió Rebus.

Salió al pasillo, mientras Edmunds cerraba a su espalda la puerta del joven.

– ¿Podemos hablar?

– Dios mío, ¿es por mis padres? -inquirió ella abriendo aún más sus grandes ojos-. ¿Les ha sucedido algo?

– La bolsa que llevaba colgada al hombro resbaló hasta el suelo.

– No tiene nada que ver con tu familia -dijo Rebus.

– ¿Qué, entonces…? No comprendo.

Rebus metió la mano en el bolsillo, sacó la cinta en su estuche transparente y tamborileó con los dedos.

– ¿Tienes un casete?

* * *

Después de escuchar la cinta, la joven miró a Rebus a la cara.

– ¿Por qué me ha pedido que lo escuche? -dijo con voz temblorosa.

Rebus estaba apoyado en el armario con las manos a la espalda. Le había dicho a Edmunds que aguardara fuera, cosa que no le había gustado al vigilante. Pero él no quería que asistiera a la conversación, independientemente de lo que pensara, por una parte porque Edmunds ya no era policía y aquello era una investigación policíaca, y por otra -y sería la excusa que le daría a Edmunds-, porque allí no cabían los tres. Y él no quería soliviantar más aún a Kate. Rebus se inclinó hacia el casete, que estaba en la mesa de estudio, pulsó el botón de paro y a continuación el de rebobinado.

– ¿Quieres oírla otra vez?

– No sé qué es lo que quiere que haga yo.

– Creemos que la voz es de una mujer de Senegal.

– ¿De Senegal? -dijo Kate frunciendo los labios-. Puede ser… ¿Quién le dijo eso?

– Una persona del Departamento de Lingüística -contestó Rebus sacando la cinta-. ¿Hay muchos senegaleses en Edimburgo?

– Que yo sepa, yo soy la única -contestó la joven mirando el casete-. ¿Qué ha hecho esa mujer?

Rebus se dedicó a examinar los compactos de la joven. Tenía una estantería llena y varios montones en el alféizar de la ventana.

– Sí que te gusta la música, Kate.

– Me gusta bailar.

Rebus asintió con la cabeza.

– Ya lo veo. -En realidad lo que veía eran nombres de bandas e intérpretes totalmente desconocidos para él. Se irguió-. ¿No conoces a nadie más de Senegal?

– Sé que hay bastantes senegaleses en Glasgow… ¿Qué ha hecho esa mujer?

– Lo que has oído en la cinta: una llamada de socorro. Asesinaron a alguien que conocía y tenemos que hablar con ella.

– ¿Por qué creen que fue ella?

– Tú, que estudias psicología, ¿qué crees?

– Si ella lo hubiese matado, ¿por qué iba a llamar a la policía?

Rebus asintió con la cabeza.

– Eso pensamos, pero, de todos modos, podrá darnos información.

Rebus había tomado nota de todo, desde las alhajas de Kate hasta el bolso de bandolera que olía a nuevo. Miró por el cuarto buscando las fotos de los padres que se suponía pagaban los gastos de la joven.

– ¿Tienes familia en Senegal, Kate?

– Sí, en Dakar.

– Allí es la etapa final del rally, ¿verdad?

– Exacto.

– ¿Y estás en contacto con tu familia?

– No.

– Ah. Entonces, ¿te lo pagas tú todo?

Ella le miró furiosa.

– Lo siento, la curiosidad es parte de mi trabajo. ¿Te gusta Escocia?

– Es mucho más fría que Senegal.

– Lo supongo.

– No me refiero simplemente al clima.

Rebus asintió con la cabeza.

– Entonces, Kate, no puedes ayudarme…

– De verdad que lo siento.

– No te preocupes -dijo Rebus-, pero si conoces a alguna compatriota…

Dejó su tarjeta en la mesa.

– Se lo comunicaré -continuó ella, levantándose de la cama, dispuesta a despedirle.

– Bueno, gracias otra vez -insistió Rebus.

Le tendió la mano. Al estrechársela notó que la tenía fría y húmeda y, al cerrarse la puerta, pensó en aquel brillo en su mirada como de gran alivio.

Edmunds estaba sentado en el primer escalón cogiéndose las rodillas con los brazos. Rebus se disculpó y le dio sus explicaciones. El vigilante no dijo nada hasta que salieron del edificio y llegaron a la barrera donde estaba el coche, pero finalmente se volvió hacia Rebus.