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– ¿Es cierto eso del ADN en los papeles de fumar?

– Yo qué sé, Andy. Pero me sirvió para infundir temor de Dios a ese mequetrefe, y eso es lo que cuenta.

* * *

El material pornográfico había pasado a la dirección general en Livingston. Allí, en el salón de proyecciones, había otras tres agentes, y Siobhan advirtió que era una situación inquietante para el elemento masculino representado por una docena de policías. El único televisor disponible era un aparato de dieciocho pulgadas, en torno al cual se apiñaban todos. Los hombres apenas abrían la boca y mordían el bolígrafo con un mínimo de comentarios chistosos. Les Young no hacía prácticamente otra cosa que caminar de arriba abajo con los brazos cruzados, mirándose los zapatos, como si quisiera mantenerse al margen de aquello.

Algunas películas eran comerciales, compradas en Estados Unidos o en Europa. Había una alemana y otra japonesa con colegialas de uniforme no mayores de quince o dieciséis años.

– Pornografía infantil -comentó uno de los presentes, pidiendo que congelaran la imagen para hacer una foto de una cara.

Uno de los DVD estaba muy mal filmado y montado. Se veía un cuarto de estar del extrarradio con una pareja en un sofá de cuero verde y otra en una alfombra de mucho pelo. Otra mujer de piel oscura estaba en cuclillas junto a la estufa eléctrica masturbándose, mirando a la cámara. La cámara peinaba el cuarto, pero en un momento determinado la mano del que la manejaba entraba en cuadro y tocaba un seno a una de las mujeres. La banda sonora, que hasta aquel momento no era más que una sucesión de balbuceos, gruñidos y resuellos, recogió su pregunta:

«¿Estás a gusto, tío?»

– Parece acento local -comentó un policía.

– Lo han filmado con una cámara digital y montado en un ordenador -añadió otro-. Hoy día cualquiera puede hacer sus propias películas porno.

– Menos mal que no todos piensan así -dijo una voz de mujer.

– Un momento -terció Siobhan-. Páselo hacia atrás, por favor.

El que manejaba el mando a distancia lo hizo y fue congelando paulatinamente la imagen del encuadre.

– ¿Quiere tomar apuntes, Siobhan? -dijo una voz de hombre, seguida de unos resoplidos.

– Basta, Rod -intervino Les Young llamándole la atención.

Cerca de Siobhan un policía se inclinó hacia el que tenía al lado.

– Justo lo que acaba de decir la tía de la alfombra -musitó.

La respuesta fue otro resoplido, pero Siobhan estaba absorta en la imagen de la pantalla.

– Congele ese encuadre -dijo-. ¿Qué es lo que tiene el de la cámara en el dorso de la mano?

– ¿No será una marca de nacimiento? -preguntó uno ladeando la cabeza para observarlo mejor.

– Es un tatuaje -comentó una de las mujeres.

Siobhan asintió con la cabeza, se levantó de la silla y se acercó a la pantalla.

– Yo creo que es una araña -dijo mirando a Les Young.

– Una araña tatuada -repitió él en voz baja.

– ¿Y no tendrá quizá la tela en el cuello?

– Lo que significa que el amigo de la víctima hace películas pornográficas.

– Hay que averiguar quién es.

Les Young barrió el cuarto con la mirada.

– ¿Quién se encarga de averiguar los nombres de las amistades de Cruikshank? -inquirió.

– El agente Maxton, señor.

– ¿Dónde está?

– Creo que dijo que volvía a Barlinnie.

Es decir, que había ido a indagar entre los presos amigos de Donny Cruikshank.

– Llámele y explíquele lo del tatuaje -ordenó Young.

El agente se acercó a una mesa y cogió un teléfono. Siobhan se había apartado del televisor y sacó el móvil junto a la cortina de la ventana.

– Por favor, ¿puedo hablar con Roy Brinkley?

Vio que Young la miraba y asentía con la cabeza, dando su aprobación.

– ¿Roy? Soy la sargento Clarke. Escucha… ese amigo de Donny Cruikshank, el de la tela de araña… ¿no viste si tenía otros tatuajes? -Escuchó y sonrió-. ¿En el dorso de la mano? Muy bien, gracias. Vuelve a tus libros.

Cortó la comunicación.

– Tiene una araña tatuada en el dorso de la mano.

– Buen trabajo, Siobhan.

Hubo algunas miradas resentidas de las que Siobhan no hizo caso.

– De poco nos sirve hasta que no sepamos quién es.

Young asintió.

El del mando a distancia seguía pasando la película.

– A lo mejor hay suerte -dijo-. Si el de la cámara interviene, como parece, tal vez se la pase a otro.

Se sentaron de nuevo a mirar. A Siobhan le inquietaba algo, pero no sabía qué. En ese preciso momento la cámara basculó desde el sofá hacia la mujer en cuclillas, que ya no estaba agachada: se había puesto en pie. Sonaba más música de fondo de una cinta en el mismo cuarto de la escena, y la mujer se puso a bailar al compás del ritmo, absorta en la melodía y totalmente ausente de la escena que se desarrollaba ante ella.

– Yo he visto a esa mujer -dijo Siobhan con voz queda, y con el rabillo del ojo vio a uno que ponía los ojos en blanco, incrédulo.

Sí, claro: ella, la preferida del Capitán Calzoncillos, haciéndose la lista.

«Te aguantas», tuvo ganas de soltarles, pero se volvió hacia Young, que también mostraba enorme extrañeza y le dijo:

– La vi bailar una vez.

– ¿Dónde?

Siobhan miró a los demás y luego a él.

– En un local llamado The Nook.

– ¿El club de striptease? -preguntó un policía, provocando carcajadas entre los demás, que esgrimieron dedos acusadores hacia él-. Fue en una despedida de soltero -añadió a guisa de disculpa.

– ¿Aprobó la prueba de baile? -preguntó otro a Siobhan suscitando nuevas risotadas.

– Parecen críos -espetó Les Young-. Formalidad, o largo de aquí -dijo señalando la puerta-. ¿Cuándo fue eso? -preguntó a Siobhan.

– Hace unos días. Fue en relación con Ishbel Jardine -dijo ella centrando ahora la atención de todos-. Porque teníamos sospechas de que hubiera acabado en ese local.

– ¿Y?

– Ni rastro de ella -respondió Siobhan negando con la cabeza, y añadió señalando el televisor-: pero ésa sí que estoy segura de que estaba allí haciendo precisamente ese mismo baile.

En la pantalla, uno de los hombres, desnudo salvo por los calcetines, se aproximaba a la bailarina y ponía las manos sobre sus hombros como para obligarla a arrodillarse, pero ella lo rechazaba y continuaba bailando con los ojos cerrados. El hombre miró a la cámara y se encogió de hombros. La cámara enfocó hacia abajo borrosamente y al alzarse de nuevo encuadró a otro individuo de cráneo rapado y unas cicatrices más visibles que en la vida reaclass="underline" Donny Cruikshank.

Estaba vestido y sonriente, con una lata de cerveza en la mano.

«Dame la cámara», dijo estirando la mano.

«¿Sabes usarla?»

«Aparta, Mark. Si tú puedes, yo también.»

– Muy bien, Donny-dijo uno de los policías anotando el nombre de «Mark».

Siguió un diálogo, y finalmente la cámara cambió de manos y Donny Cruikshank enfocó a su amigo. La mano destinada a taparse la cara subió con demasiada lentitud y, sin que se lo pidieran, el encargado del mando a distancia retrocedió y congeló la imagen. La cámara digital enfocaba una enorme cabeza rapada reluciente de sudor con tachuelas en las orejas y en la nariz, un anillo en una de las cejas negras y una boca contrariada en la que faltaba un diente.

Y, naturalmente, la tela de araña cubriéndole el cuello.

Capítulo 24

Desde Pollock Halls no tardó mucho en coche hasta Gayfield Square. Sólo había otro cuerpo en el DIC: el de Phyllida Hawes, que se ruborizó al verle entrar.

– ¿Ha delatado a algún otro buen colega últimamente, agente Hawes?