Cuando se dirigía hacia la playa vio que entre los mariscadores había mujeres, algunas sollozando y todas chinas, como los dos de las motos de cuatro ruedas. Un hombre de Storey que hablaba su idioma, haciendo bocina con las manos, daba instrucciones que no parecían apaciguar a las mujeres, cuyos lamentos arreciaron.
– ¿Qué dicen? -le preguntó Rebus.
– Que no quieren que los envíen a su país.
Rebus miró a su alrededor.
– Peor que aquí no debe de ser, ¿no cree?
El agente de Inmigración torció el gesto.
– Figúrese, son sacos de cuarenta kilos, y si acaso les pagan tres libras por saco, y sin posibilidad de reclamaciones laborales.
– Lo imagino.
– Es puro esclavismo. Utilizan a seres humanos como mercancía que se compra y se vende. En el nordeste limpiando pescado, y en otros lugares, recogiendo fruta y verdura. Las mafias disponen de un buen contingente para cualquier demanda.
El agente continuó vociferando nuevas instrucciones a los trabajadores, quienes, exhaustos en su mayoría, parecían contentos de parar. Llegaron unos agentes de la operación de flanqueo con unos cuantos fugitivos.
– ¡Una llamada! ¡Tengo que hacer una llamada! -gritó uno de los conductores de los quads.
– En la comisaría, si nos parece bien -replicó un agente.
Storey se detuvo frente al conductor.
– ¿A quién quieres llamar? ¿Tienes móvil?
El hombre trató de mover las manos esposadas hacia el bolsillo del pantalón. Storey le sacó el teléfono y se lo puso delante de las narices.
– Dime el número y yo lo marco.
El hombre le miró y negó con la cabeza despacio sonriendo, dándole a entender que no era tan tonto.
– Si quieres quedarte en este país más vale que colabores -insistió Storey.
– Yo soy legal y tengo permiso de trabajo.
– Me alegro. Lo comprobaremos para ver si es falso o está caducado.
La sonrisa se desvaneció como un castillo de arena tumbado por la marea.
– Pero podemos entendernos -dijo Storey-. En cuanto estés dispuesto a hablar me lo dices.
Indicó con la cabeza que lo llevaran con los demás, que ya subían por las dunas. En aquel momento vio a Rebus a su lado.
– Lo más jodido -comentó- es que si tiene los papeles en regla no está obligado a decirnos nada, porque recoger berberechos no es ilegal.
– ¿Y esos otros? -preguntó Rebus señalando a los rezagados, más viejos, que caminaban encorvados.
– Si son ilegales irán a un centro de detención hasta que podamos deportarlos a su país -contestó Storey irguiéndose y metiendo las manos en los bolsillos de su chaquetón de pelo de camello-. Pero no faltarán quienes les sustituyan.
Rebus vio que el jefe de Inmigración oteaba el inmenso oleaje gris.
– ¿Canute y la marea? -comentó a guisa de metáfora.
Storey sacó un enorme pañuelo blanco, se sonó ruidosamente y comenzó a ascender la duna dejando que Rebus acabara el pitillo.
Cuando llegó al aparcamiento no estaban ya las furgonetas, aunque había un nuevo personaje esposado, y un agente uniformado ponía a Storey al corriente de lo ocurrido.
– Venía por la carretera y dio media vuelta al ver el coche patrulla, pero le alcanzamos.
– ¡Ya le he dicho que no fue por ustedes! -vociferó el hombre con acento irlandés.
Avanzaba desafiante, la barbilla de su mentón cuadrado con barba de varios días. Habían llevado al aparcamiento su coche, un viejo BMW de la serie 7, rojo, descolorido y con las portezuelas oxidadas. Era un coche que Rebus había visto en alguna parte. Se acercó, dio una vuelta en torno a él y vio en el asiento del pasajero un cuaderno abierto con una lista de nombres que le parecieron chinos. Storey cruzó una mirada con Rebus y asintió con la cabeza. Él ya lo sabía.
– A ver, su nombre -preguntó al conductor.
– Antes enséñeme su carnet -replicó el hombre.
Vestía una chaqueta verde oliva, tal vez la misma que llevaba cuando Rebus le vio una semana atrás.
– ¿Qué coño mira? -le espetó escrutándole de arriba abajo.
Rebus sonrió, sacó el móvil e hizo una llamada.
– ¿Shug? Aquí Rebus. ¿Te acuerdas de la manifestación, y que tenías que averiguar el nombre de un irlandés? -Escuchó lo que decía Davidson sin quitar los ojos del hombre-. ¿Peter Hill? Bien -añadió asintiendo con la cabeza-, ¿sabes una cosa? Si no me equivoco creo que lo tengo delante de mí.
El hombre le miró furioso sin osar replicar.
Fue sugerencia de Rebus que llevaran a Peter Hill a la comisaría de Torphichen, donde les esperaba Shug Davidson en el cuarto de la investigación sobre el homicidio de Stef Yurgii. Rebus hizo las presentaciones y Davidson y Felix Storey se dieron la mano. Varios agentes miraban la escena. No era la primera vez que veían a un negro, pero sí en aquella zona de la ciudad.
Rebus se limitó a escuchar la explicación que daba Davidson sobre la relación entre Peter Hill y Knoxland.
– ¿Tiene pruebas de que traficaba con droga? -preguntó Storey después de escuchar.
– Pruebas determinantes no, pero detuvimos a cuatro compinches suyos.
– Lo que significa que no era un pez gordo o…
– Demasiado listo y pudo escapar -añadió Davidson asintiendo con la cabeza.
– ¿Y de su vinculación con los paramilitares?
– Tampoco hay pruebas, pero la droga tiene que venir de algún sitio y los servicios de inteligencia de Irlanda del Norte señalaron ese origen concreto. Los terroristas necesitan obtener dinero con cualquier medio.
– ¿Incluso traficando con inmigrantes ilegales?
Davidson se encogió de hombros.
– Todo es empezar -aventuró.
– El coche que conducía… -añadió Storey frotándose la barbilla.
– Es un BMW de la serie siete -dijo Rebus.
Storey asintió con la cabeza.
– Pero la matrícula no era irlandesa, ¿verdad? En Irlanda del Norte consta de tres letras y cuatro cifras.
– Está muy enterado -comentó Rebus mirándole.
– Trabajé un tiempo en Aduanas, y vigilando transbordadores de pasajeros se aprenden los números de las matrículas.
– No acabo de ver qué es lo que quiere plantear -dijo Davidson.
Storey se volvió hacia él.
– Pienso en su relación con el coche. Si no vino en él, lo compraría aquí o…
– O es de otra persona -añadió Davidson asintiendo con la cabeza.
– A menos que trabaje por su cuenta y no se trate de una operación de tanta envergadura.
– Se lo podemos preguntar -dijo Davidson.
Suscitó una sonrisa en Storey, que se volvió hacia Rebus como requiriendo su aprobación. Pero Rebus entornaba los ojos sin dejar de pensar en aquel coche.
Fueron al cuarto número 2 a interrogar al irlandés, que ni miró a los tres hombres que entraban a relevar al agente de uniforme que lo custodiaba. Storey y Davidson se sentaron frente a él a la mesa y Rebus se apoyó en la pared. Se oía un martillo neumático de unas obras en la calle, que serviría de ruido de fondo a la declaración y quedaría grabado en las cintas que Davidson desempaquetó. Las metió en la grabadora y comprobó la hora del aparato. Después hizo lo propio con dos cintas vírgenes de vídeo para la cámara situada encima de la puerta y enfocada hacia la mesa para poder desmentir con imágenes cualquier alegación de malos tratos de los sospechosos.
Los tres policías se identificaron para dejar constancia en la grabación y Davidson pidió al irlandés que diera su nombre completo, pero éste, sin abrir la boca, se dedicó a sacudirse hebras de los pantalones y después juntó las manos, las apoyó en el borde de la mesa y continuó mirando a la pared entre Davidson y Storey. Finalmente dijo: