– Me gustaría tomar una taza de té con tres terrones de azúcar.
Por la falta de tres muelas tenía las mejillas hundidas, lo que resaltaba aún más su cráneo de piel atezada. Tenía pelo plateado corto, ojos azul claro y un cuello escuálido. No pasaría de un metro setenta y tres y pesaría unos sesenta y cuatro kilos. Pero se hacía el duro.
– A su debido tiempo -respondió Davidson sin alterarse.
– Y quiero un abogado y llamar por teléfono.
– También a su tiempo. De momento… -replicó Davidson abriendo un sobre marrón y sacando una fotografía de gran formato en blanco y negro-. Éste es usted, ¿verdad?
Sólo se veía la mitad de una cara, que ocultaba casi totalmente la capucha de la chaqueta. Estaba tomada el día de la manifestación en Knoxland, el día en que Howie Slowther había intentado tirar una piedra a Mo Dirwan.
– No creo.
– ¿Y éste?
Era otra foto donde se le veía bien la cara, tomada meses atrás en Knoxland.
– ¿Y qué quiere insinuar?
– Quiero insinuar que hace tiempo que deseo imputarle algo -replicó Davidson sonriendo y volviéndose hacia Felix Storey.
– Señor Hill -comenzó a decir Storey cruzando las piernas una sobre otra-, soy oficial de Inmigración y vamos a examinar los papeles de todos esos trabajadores para comprobar quiénes son ilegales.
– No sé de qué habla. Yo daba un paseo por la costa y eso no es ilegal, ¿no es cierto?
– No, pero a un jurado le extrañaría esa coincidencia de los nombres de esa lista que había en su coche con los de los detenidos.
– ¿Qué lista? -exclamó Hill, mirando ahora a Storey-. Si hay alguna lista es que la habrán puesto en el coche.
– Claro, y no tendrá sus huellas dactilares.
– Ni le reconocerán los trabajadores en una rueda de identificación -añadió Davidson rematando el acoso.
– ¿Acaso va contra la ley?
– Mire -dijo Storey como haciendo una confidencia-, creo que la esclavitud fue abolida hace siglos.
– ¿Y por eso un negro como usted lleva traje? -espetó el irlandés.
Storey esgrimió una sonrisa irónica como satisfecho de que hubiera llegado tan rápido a la injuria.
– He oído decir que a los irlandeses les llaman los negros de Europa, ¿significa quizá que somos hermanos a pesar de la piel?
– Significa que le den por culo.
Storey echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Davidson cerró el expediente, dejando las dos fotos fuera frente a Peter Hill, y tamborileó sobre el archivador como para llamar su atención sobre el volumen de información acumulada.
– ¿Y desde cuándo te dedicas al tráfico de esclavos? -terció Rebus.
– No diré nada sin una taza de té -respondió el irlandés reclinándose en la silla y cruzando los brazos-. Y quiero que me la traiga mi abogado.
– Ah, ¿tienes abogado? Será seguramente porque lo necesitas.
Hill miró a Rebus, pero su pregunta iba dirigida a los dos policías sentados delante de él.
– ¿Cuánto tiempo piensan tenerme aquí?
– Depende -contestó Davidson-. Esto le vincula con grupos paramilitares -añadió sin dejar de dar palmaditas sobre el archivador- y en virtud de las leyes antiterroristas podemos retenerle más de lo que se figura.
– ¿Ahora resulta que soy terrorista? -inquirió Hill con desdén.
– Siempre lo ha sido, Peter. Lo único que cambia es el modo de financiación. El mes pasado traficaba con droga y ahora con seres humanos…
Llamaron a la puerta y un agente uniformado asomó la cabeza.
– ¿Ya han contestado? -preguntó Davidson.
El agente asintió con la cabeza.
– Pues quédese aquí vigilando al sospechoso -añadió poniéndose en pie.
Dijo en voz alta que el interrogatorio se interrumpía, consultando el reloj para especificar la hora.
Desconectaron las grabadoras y Davidson ofreció su silla al agente, quien le entregó un papel. Afuera en el pasillo, tras cerrar la puerta, desdobló el papel, lo leyó y se lo tendió a Storey, que sonrió satisfecho.
Después fue Rebus quien leyó la nota con la descripción del BMW rojo, la matrícula y el nombre del propietario en mayúsculas: Stuart Bullen.
Storey arrebató la nota a Rebus, besó el papel y dio unos pasos de baile.
Contagiado por su alegría, Davidson, sonriente, le dio unas palmadas en la espalda.
– Pocas veces la vigilancia da tan buen resultado -comentó mirando a Rebus, como recabando su asentimiento.
Pero el éxito no era producto de la vigilancia, pensó él, sino de otra misteriosa delación.
Una delación y la intuición de Storey respecto al propietario del BMW. Si es que era realmente intuición.
Capítulo 25
Cuando llegaron a The Nook se encontraron con otros dos policías: Siobhan y Les Young. Era la hora en que se vaciaban las oficinas y algunos hombres con traje cruzaban la puerta entre los dos gorilas. Rebus preguntó a Siobhan qué hacía allí y en ese momento vio que uno de los porteros hablaba por el pequeño micrófono de los auriculares tapándolo con la mano y con la cabeza vuelta, pero él comprendió que los había visto.
– ¡Está comunicando a Bullen nuestra presencia! -exclamó.
Todos se apresuraron a irrumpir en el local por entre medias del grupo que entraba empujando a los porteros. La música sonaba fuerte, había más clientela que en la primera visita y más bailarinas. Siobhan se rezagó para mirarlas bien mientras Rebus encabezaba la marcha hacia el despacho de Bullen. La puerta del pasillo estaba cerrada y, al mirar a un lado y a otro, vio al camarero de la barra y recordó su nombre: Barney Grant.
– ¡Barney, venga aquí! -gritó.
Barney dejó el vaso que estaba sirviendo, salió de la barra y marcó los números. Rebus dio una embestida a la puerta e inmediatamente sintió que el suelo le faltaba bajo los pies; en el corto pasillo que conducía al despacho habían abierto una trampilla, por la que cayó aterrizando de mala manera sobre unos escalones que se perdían en la oscuridad.
– ¿Qué demonios es esto? -exclamó Storey.
– Una especie de túnel -dijo el camarero.
– ¿Adónde conduce?
El hombre hizo un gesto que daba a entender que no lo sabía. Rebus recobró torpemente el equilibrio al final de los escalones. Se había hecho una buena rozadura, aparte de torcerse el tobillo izquierdo. Alzó la vista y dijo a quienes miraban:
– Salid fuera a ver si averiguáis a dónde conduce.
– Vete a saber -farfulló Davidson.
Rebus escrutó en la oscuridad qué dirección seguía el túnel.
– Creo que va hacia Grassmarket -dijo, cerrando los ojos para que su visión se adaptara a la oscuridad.
Echó a andar palpando las paredes. Al cabo de un rato abrió los ojos parpadeando y distinguió un suelo de tierra húmeda y un techo abovedado, excavado probablemente hacía siglos. La Ciudad Vieja era un laberinto casi inexplorado de túneles y catacumbas que habían servido de refugio a la población contra los invasores y de lugar de citas secretas, conjuras y contrabando. Y en época más reciente la gente los había usado para criar desde champiñones hasta cannabis. Algunos habían sido habilitados para atracción turística, pero en su mayoría eran como aquél, estrechos y malolientes.
El túnel hacía un recodo a la izquierda. Rebus sacó el móvil, pero no había cobertura y no podía indicárselo a los de fuera. Oyó ruido más adelante, aunque no veía nada.
– ¿Stuart? -exclamó, y el túnel hizo eco-. ¡No haga el tonto, Stuart!
Siguió avanzando y vio luz a lo lejos: una figura que desaparecía y de nuevo la oscuridad. Bullen acababa de cerrar otra puerta en la pared. Rebus la palpó con las manos para situar bien el marco y tocó precisamente un pomo. Lo hizo girar tirando de él, pero la puerta abría hacia adentro. Empujó y notó que había algo pesado detrás. Gritó pidiendo ayuda y empujó más con el hombro al tiempo que oía un ruido al otro lado, como si alguien intentara apartar una caja, tras lo cual la puerta se abrió dos o tres palmos y él se escurrió por el resquicio a gatas. Al ponerse en pie vio que la barricada eran unas cajas de libros y que un viejo le miraba.