– Se ha largado a la calle -dijo el hombre.
Rebus asintió con la cabeza y fue hacia la puerta cojeando. Afuera reconoció inmediatamente dónde estaba: en West Port. Había salido a la luz por una librería de viejo a cien metros de The Nook. Vio que el móvil que conservaba en la mano ya tenía cobertura. Miró a su derecha hacia los semáforos de Lady Lawson Street, y luego hacia Grassmarket y vio lo que esperaba: Stuart Bullen en medio de la calle conducido por Felix Storey, que le retorcía un brazo en la espalda, hacia donde él estaba. Llevaba la ropa desgarrada y sucia. Rebus miró la suya, que no estaba mucho mejor; se subió la pernera y advirtió con alivio que sólo tenía rozaduras sin sangre. Apareció Shug Davidson corriendo por Lady Lawson Street, sofocado por el esfuerzo, mientras él doblaba la cintura y apoyaba las manos en las rodillas. Ansiaba fumar un cigarrillo, pero no tenía resuello ni para eso. Se irguió del todo y se encontró cara a cara con Bullen.
– No creas; te estaba dando alcance -dijo al joven.
Le llevaron a The Nook. Había corrido la noticia y no quedaban clientes. Siobhan interrogaba a las bailarinas sentadas en fila en la barra, a quienes Barney Grant servía refrescos.
Del reservado especial salió un cliente solitario, sorprendido del súbito silencio: ni música ni voces. Se hizo cargo de la situación y se dirigió de inmediato a la salida ajustándose el nudo de la corbata. Rebus, que entraba cojeando, chocó hombro con hombro con él.
– Perdone -dijo el hombre.
– Perdone usted, concejal -dijo Rebus mirando cómo se retiraba.
A continuación se acercó a Siobhan y dirigió un saludo con la cabeza a Les Young.
– ¿Qué hacéis aquí?
– Tenemos que hacer unas cuántas preguntas a Stuart Bullen -contestó Young.
– ¿Sobre qué? -preguntó Rebus sin dejar de mirar a Siobhan.
– Algo en relación con el asesinato de Donald Cruikshank.
Rebus miró a Young.
– Pues por extraño que te resulte, vais a tener que aguardar turno, porque hemos llegado antes.
– ¿Hemos?
Rebus señaló a Felix Storey, que finalmente, aunque a regañadientes, había soltado a Bullen, que ya iba esposado.
– Ese hombre es de Inmigración y tenía sometido a vigilancia a Bullen hace semanas por tráfico de personas, esclavismo y qué sé yo.
– Tenemos que interrogarle -replicó Les Young.
– Pues plantea la solicitud -dijo Rebus estirando el brazo hacia Storey y Shug Davidson.
Les Young miró muy serio a Rebus, pero se dirigió hacia ellos. Siobhan le miraba también furiosa.
– ¿Qué sucede? -preguntó él con cara de inocente.
– ¿No es conmigo con quien estás de mala leche? Pues no la tomes con Les.
– Les ya es mayorcito para arreglárselas por sí mismo.
– Sí, claro; lo que pasa es que él juega limpio, no como otros.
– Siobhan, eso son palabras muy duras.
– De vez en cuando te conviene oírlas.
Rebus se encogió de hombros.
– Bueno, ¿qué relación hay entre Bullen y Cruikshank? -preguntó.
– En casa de la víctima encontramos pornografía casera en la que aparecía una de las bailarinas de este local.
– ¿Y eso es todo?
– Tenemos que hablar con él.
– Me apuesto lo que sea a que a algunos de los que intervienen en el caso va a extrañarles y se preguntarán a qué tanta investigación porque hayan matado a un violador. -Hizo una pausa-. ¿No crees?
– Tú lo sabes mejor que yo.
Rebus se volvió hacia donde estaban Young y Davidson hablando.
– Oye, ¿no tratarás de impresionar al joven Les?
Siobhan puso la mano en el hombro de Rebus para llamar de nuevo su atención.
– Es un caso de homicidio, John. Tú harías lo mismo que hago yo -dijo.
Rebus esbozó una sonrisa imperceptible.
– Era una broma, Siobhan -replicó dirigiéndose a la puerta abierta que conducía al despacho de Bullen-. La primera vez que vinimos aquí, ¿no advertiste esta trampilla?
– Pensé que era del sótano -contestó ella haciendo una pausa-. ¿Tú no la viste?
– Es que no me acordaba de ella -mintió él, restregándose la pierna izquierda.
– Debe de dolerle, amigo -dijo Barney Grant mirando la contusión-. Es igual que cuando te dan una toña. Yo, que he jugado al fútbol, sé lo que es.
– Podría haberme avisado de esa trampilla.
El camarero se encogió de hombros. Felix Storey empujó a Bullen pasillo adelante y Rebus le siguió con Siobhan a la zaga. Storey cerró de golpe la trampilla.
– Buen sitio para esconder a ilegales -comentó.
Bullen lanzó un bufido.
La puerta del despacho estaba abierta y Storey empujó la hoja con el pie. El cuarto estaba tal como Rebus lo recordaba: lleno de cosas. Storey arrugó la nariz.
– Nos va a llevar mucho tiempo meter todo eso en bolsas de pruebas.
– Por Dios bendito -exclamó Bullen a modo de protesta.
La caja fuerte estaba entreabierta y Storey la abrió del todo con la punta del zapato.
– Aja -dijo-. Creo que sí que nos harán falta bolsas de pruebas.
– ¡Es falso! -gritó Bullen-. ¡Lo han puesto ustedes, hijos de puta! -añadió tratando de zafarse de Storey.
Pero el de Inmigración era diez centímetros más alto y seguramente pesaba diez kilos más. Todos miraban apiñados en la puerta, entre ellos Davidson y Young y algunas bailarinas.
Rebus se volvió hacia Siobhan, que frunció los labios. Ella también lo había visto: dentro de la caja fuerte había un montón de pasaportes sujetos con una goma elástica, tarjetas de crédito en blanco, varios sellos de goma falsificados y máquinas de franqueo. Más una serie de documentos doblados, tal vez certificados de nacimiento o de matrimonio. Todo lo necesario para crear cientos de identidades falsas.
Llevaron a Stuart Bullen al cuarto de interrogatorios número 1 de Torphichen.
– Tenemos aquí a su compinche -dijo Felix Storey, que se había quitado la chaqueta y se soltaba los gemelos para remangarse la camisa.
– ¿Quién? -replicó Bullen, que ahora sin esposas se frotaba las muñecas.
– Creo que se llama Peter Hill.
– No lo conozco.
– Es un irlandés que habla pestes de usted.
Bullen miró a Storey a la cara.
– Ahora sí que veo que es un montaje.
– ¿Por qué? ¿Lo dice porque confía en que Peter no hable?
– Ya le he dicho que no le conozco.
– Tenemos fotos suyas entrando y saliendo de su club.
Bullen miró a Storey como tratando de calibrar si era cierto. Rebus tampoco lo sabía; era posible que los de la cámara de vigilancia hubiesen fotografiado a Hill, pero podía ser un farol de Storey, porque no había traído para el interrogatorio ningún archivador ni carpeta. Bullen miró a Rebus.
– ¿Seguro que quiere que él esté presente? -preguntó a Storey.
– ¿A qué se refiere?
– Se rumorea que está al servicio de Cafferty.
– ¿De quién?
– De Cafferty, el que domina Edimburgo.
– ¿Y eso qué relación tiene con usted, señor Bullen?
– Cafferty odia a mi familia. -Se calló para dar mayor efecto a sus palabras-. Y alguien ha puesto eso en la caja fuerte.
– Invéntese algo mejor -replicó Storey como si lo lamentara- y aclare su relación con Peter Hill.
– Ya se lo he dicho -replicó Bullen apretando los dientes-. No hay ninguna relación.
– ¿Y por eso conducía su coche?
Se hizo un silencio. Shug Davidson paseaba de arriba abajo con los brazos cruzados, Rebus seguía recostado en la pared y Bullen se miraba las uñas.
– Un BMW rojo de la serie siete -prosiguió Storey-, matriculado a su nombre.