– Me lo robaron hace meses.
– ¿Lo denunció?
– No merecía la pena.
– ¿Y va a ratificarse en ese cuento de que las pruebas son un montaje que se hizo en su coche? Espero que tenga un buen abogado, señor Bullen.
– A lo mejor contrato a Mo Dirwan, que parece muy bueno. Me han dicho que son ustedes buenos amigos -añadió Bullen mirando a Rebus.
– Es gracioso que diga eso -terció Shug Davidson acercándose a la mesa-, porque precisamente a su amigo Hill se le ha visto por Knoxland. Tenemos fotos de él en la manifestación el mismo día en que el señor Dirwan estuvo a punto de ser agredido.
– ¿Se pasan el día tomando a escondidas fotos de la gente? -dijo Bullen mirando a su alrededor-. A los que hacen eso se les llama pervertidos.
– Ya que lo dices -añadió Rebus-, tenemos que interrogarte en relación con otro caso.
– Hay que ver qué famoso soy -replicó Bullen abriendo los brazos.
– Por eso permanecerá aquí un buen rato, señor Bullen -dijo Storey-. Así que póngase cómodo.
Al cabo de cuarenta minutos hicieron un descanso. Los mariscadores estaban detenidos en St. Leonard, única comisaría que disponía de suficientes celdas. Storey fue a un teléfono para comprobar el avance de los interrogatorios, mientras Rebus y Davidson salieron a tomar un té, seguidos al rato por Siobhan y Young.
– ¿Podemos hacer el interrogatorio? -preguntó Siobhan.
– Nosotros vamos a reanudarlo ahora mismo -respondió Davidson.
– Pero en este momento él no hace nada -alegó Les Young.
Davidson lanzó un suspiro, y Rebus comprendió que era porque le complicaban la vida.
– ¿Cuánto tiempo necesitan? -preguntó.
– El que nos conceda.
– De acuerdo, adelante.
Young se dio la vuelta para marcharse, pero Rebus le tocó en el codo.
– ¿Te importa que os acompañe? Es por simple curiosidad.
Siobhan miró a Young para prevenirle, pero él asintió a Rebus con la cabeza. Siobhan giró sobre sus talones y echó a andar hacia el cuarto de interrogatorios para que no vieran su gesto de contrariedad.
Bullen estaba con las manos apoyadas en la nuca, y al ver el té que llevaba Rebus preguntó dónde estaba el suyo.
– En la tetera -replicó Rebus.
Siobhan y Young se presentaban.
– ¿Cambio de turno? -gruñó Bullen apartando las manos de la cabeza.
– Qué bueno es este té -comentó Rebus, y por la mirada con que le obsequió Siobhan comprendió que ella no apreciaba en absoluto su intervención.
– Vamos a interrogarle a propósito de una película pornográfica casera -dijo Les Young.
– De lo sublime a lo ridículo -comentó Bullen con una carcajada.
– La encontramos en el domicilio de una persona asesinada -añadió Siobhan con incisiva frialdad-. Y puede que usted conozca a algún partícipe.
– ¿Ah, sí? -replicó Bullen francamente extrañado.
– Yo reconocí a uno como mínimo -dijo Siobhan cruzando los brazos-. El día que fui a su local con el inspector Rebus estaba bailando en el mástil.
– Primera noticia -respondió Bullen encogiéndose de hombros-. Las chicas van y vienen… Son libres de hacer lo que quieran; yo no soy su abuelita. ¿Han encontrado ya a esa chica que buscaban? -añadió inclinándose sobre la mesa hacia Siobhan.
– No -contestó Siobhan.
– Pero han matado al que violó a su hermana, ¿verdad? -Como Siobhan no respondió, él volvió a encogerse de hombros-. Lo he leído en el periódico, igual que todo el mundo.
– Fue en casa de él donde encontramos la película -añadió Les Young.
– Bueno, sigo sin saber en qué puedo ayudarles yo -dijo Bullen volviéndose hacia Rebus para que se lo aclarara.
– ¿Conocía a Donny Cruikshank? -preguntó Siobhan.
Bullen la miró de nuevo.
– No conocía ni su nombre hasta que leí lo del asesinato.
– ¿No acudía a su club, por casualidad?
– Por supuesto que es posible. Yo no estoy allí permanentemente. Pregunten a Barney.
– ¿Al camarero? -dijo Siobhan.
Bullen asintió con la cabeza.
– O pueden preguntar a Inmigración, que por lo visto vigila mucho -añadió con una sonrisa irónica-. Espero que hayan filmado mi lado bueno.
– ¿Acaso lo tiene? -replicó Siobhan.
La sonrisa de Bullen se desvaneció; miró el reloj, un grueso modelo de oro.
– ¿Hemos acabado? -dijo.
– Ni mucho menos -terció Les Young.
En ese momento se abrió la puerta y entró Felix Storey, seguido de Shug Davidson.
– ¡El equipo al completo! -exclamó Bullen-. Si viniera tanta gente al club, podría retirarme a Gran Canaria.
– Ha pasado el tiempo -dijo Storey a Young-. Tenemos que seguir interrogándole.
Les Young miró a Siobhan, que sacó unas polaroid del bolsillo y las extendió en la mesa.
– A ésta la conoce -afirmó señalando en la foto-. ¿Y a estas otras?
– No soy muy buen fisonomista. Recuerdo mucho mejor los cuerpos -respondió Bullen mirándola de arriba abajo.
– Es una de sus bailarinas.
– Pues sí -repuso Bullen al fin-. ¿Y qué?
– Me gustaría hablar con ella.
– Precisamente esta noche tiene turno -replicó él consultando de nuevo el reloj-Suponiendo que Barney pueda abrir.
Storey negó con la cabeza.
– No, hasta que hayamos registrado el local -dijo.
– En ese caso -añadió Bullen con un suspiro mirando a Siobhan- no sé qué decir.
– Tendrá su dirección o su número de teléfono…
– Las chicas quieren discreción… A lo mejor tengo su número de móvil. Pídalo educadamente y puede que él lo encuentre cuando revuelva el local -añadió mientras señalaba con la cabeza a Storey.
– No es necesario -terció Rebus, que se había acercado a la mesa para mirar las fotos y había cogido la de la bailarina-. Yo la conozco y sé dónde vive.
Siobhan lo miró sorprendida.
– Se llama Kate, ¿verdad que sí? -prosiguió Rebus mirando a Bullen.
– Pues sí, Kate -farfulló Bullen-. Y hay que ver cómo le gusta bailar -agregó casi soñador.
– Le interrogaste muy bien -dijo Rebus, que ocupaba el asiento del pasajero con Siobhan al volante.
Les Young les había dejado porque tenía que volver a Banehall. Rebus examinaba de nuevo las fotografías.
– ¿Ah, sí? -inquirió ella finalmente.
– Con los tipos como Bullen hay que ir al grano porque si no, no sueltan prenda.
– No nos dijo gran cosa.
– Al joven Leslie le habría dicho menos.
– Tal vez.
– ¡Por Dios, Shiv, acepta un cumplido por una vez en tu vida!
– Estoy buscando una motivación por tu parte.
– No la hay.
– Sería la primera vez…
Iban camino de Pollock Halls. Al salir del interrogatorio, Rebus le había explicado cómo había localizado a Kate.
– Tenía que haberla reconocido, por la cantidad de discos que tenía en su cuarto -dijo él meneando la cabeza.
– Vaya detective -comentó ella en broma-. Tal vez te habrías percatado si la hubieras encontrado en tanga.
Iban por Dalkeith Road, a un tiro de piedra de St. Leonard, con sus calabozos repletos de mariscadores. De momento no habían sacado nada en limpio de los interrogatorios, o algún dato que Felix Storey estuviese dispuesto a compartir. Siobhan puso el intermitente izquierdo para doblar en Holyrood Park Road y el derecho para girar hacia Pollock. Andy Edmunds seguía en la barrera y se agachó ante la ventanilla abierta.
– ¿De vuelta tan pronto? -preguntó.
– Tengo que hacerle algunas preguntas más a Kate -contestó Rebus.
– Llega tarde; acabo de verla irse en la bici.
– ¿Cuánto tiempo hace?
– Unos cinco minutos.
– Va camino del club -dijo Rebus volviéndose hacia Siobhan.