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Ella asintió con la cabeza. Kate no podía saber que habían detenido a Stuart Bullen. Rebus dijo adiós con la mano a Edmunds mientras Siobhan daba la vuelta en redondo con el coche. En Dalkeith Road pasó el semáforo en rojo, lo cual levantó un concierto de bocinazos.

– Tengo que poner una sirena al coche -musitó-. ¿Crees que le daremos alcance?

– No, pero no importa porque se entretendrá mientras le explican la situación.

– ¿Hay allí gente de Storey?

– Ni idea -dijo Rebus.

Hasta que no dejaron atrás St. Leonard e iban camino de Cowgate y Grassmarket, Rebus no comprendió por qué Siobhan tomaba aquel itinerario: era el más rápido.

Aunque con riesgo de atascos. Se oyeron de nuevo bocinazos y varios faros les dirigieron destellos por diversas maniobras prohibidas y desconsideradas.

– ¿Cómo era ese túnel? -preguntó ella.

– Lúgubre.

– ¿Pero no había inmigrantes?

– No.

– Yo, si montara una vigilancia, sería precisamente para localizarlos.

Rebus no dijo que no.

– Pero ¿y si Bullen no tiene contacto con ellos? Al fin y al cabo, no es imprescindible teniendo al irlandés de intermediario.

– ¿Es el mismo irlandés que viste en Knoxland?

Rebus asintió con la cabeza y de inmediato comprendió a lo que se refería Siobhan.

– Es allí donde están, claro. Es el mejor sitio para concentrarlos.

– Yo creía que habían registrado de arriba abajo -añadió ella haciendo de abogado del diablo.

– Pero lo que buscábamos era un asesino, testigos… -De pronto guardó silencio.

– ¿Qué ocurre? -preguntó ella.

– Mo Dirwan recibió una paliza cuando husmeaba en Stevenson House -dijo sacando el móvil y marcando el número de Caro Quinn-. ¿Caro? Soy John. Quiero preguntarle una cosa: ¿dónde estaba exactamente de Knoxland cuando le amenazaron? -Tenía la vista clavada en Siobhan mientras escuchaba-. ¿Está segura? No, no, por nada… Más tarde hablamos. Adiós -añadió cortando la comunicación-. Andaba por Stevenson House -explicó a Siobhan.

– Vaya coincidencia.

Rebus miraba el móvil.

– Tengo que decírselo a Storey -comentó dando vueltas al aparato en su mano.

– ¿No le llamas? -preguntó ella.

– No sé si confiar en él -dijo Rebus-. Recibe muchas delaciones anónimas. Por eso supo lo de Bullen, lo del club y el asunto de los mariscadores…

– ¿Y?

Rebus se encogió de hombros.

– Y tuvo esa súbita intuición sobre el BMW. Precisamente lo que nos permitió relacionarlo con Bullen.

– ¿Por otro delator anónimo? -preguntó Siobhan.

– ¿Quién hará esas llamadas?

– Tiene que ser alguien cercano a Bullen.

– O puede ser simplemente uno que sabe muchas cosas sobre él. Pero si a Storey le dan esas perlas y no sospecha nada…

– ¿Quieres decir que no le intriga que le informen de cosas clave? Tal vez piense que a caballo regalado…

Rebus reflexionó un instante.

– ¿Caballo regalado o caballo de Troya?

– ¿Es ésa? -preguntó Siobhan de pronto señalando a una ciclista que venía en dirección opuesta.

La bici los rebasó y siguió cuesta abajo hacia Grassmarket.

– La verdad, no la he visto.

Siobhan se mordió el labio.

– Agárrate -dijo dando un frenazo y girando en redondo, esta vez con tráfico en ambas direcciones.

Rebus saludó y se encogió de hombros a guisa de disculpa mirando a uno que comenzó a gritarles por la ventanilla gesticulando con cara de pocos amigos, pero Siobhan continuó hacia Grassmarket con el airado conductor a la zaga, con los faros encendidos y dando bocinazos.

Rebus se volvió en el asiento y miró furioso al hombre, que no paraba de gritar esgrimiendo el puño.

– Se ha encoñado con nosotros -comentó Siobhan.

– Habla bien, por favor -dijo él asomándose por la ventanilla para gritar a pleno pulmón, aunque sabía que el hombre no podía oírle-: ¡Somos putos policías!

Siobhan soltó la carcajada al tiempo que daba un brusco golpe de volante.

– Ha parado -dijo.

La ciclista había bajado de la bicicleta y la encadenó a una farola. Estaban en medio de Grassmarket rodeados de bistrots y pubs para turistas. Siobhan detuvo el coche en raya amarilla y salió corriendo. Desde lejos Rebus reconoció a Kate. Vestía una chaqueta vaquera deshilachada, vaqueros recortados, botas negras altas y un pañuelo al cuello de seda rosa. Vio cómo se sorprendía al mostrarle Siobhan el carnet. Se quitó el cinturón de seguridad y cuando iba a abrir la portezuela un brazo se introdujo por la ventanilla y le agarró del cuello.

– ¿A qué juegas, amigo? -vociferó el estrangulador-. ¿Te crees el dueño de la autopista?

Rebus tenía la boca y la nariz obstruidas por la manga acolchada del impermeable de su agresor. Buscó a tientas la manivela y empujó la portezuela con todas sus fuerzas. Cayó de rodillas fuera del coche sobre el asfalto con un latigazo de dolor. El hombre seguía al otro lado de la portezuela sin la menor intención de soltarle, pues la portezuela hacía de escudo contra los golpes de Rebus.

– Te has creído que a mí puedes hacerme la higa impunemente, ¿eh?

– Sí que puede -oyó Rebus decir a Siobhan-. Es policía; igual que yo. Suéltele.

– Es… ¿qué?

– ¡Que le suelte!

Cesó la presión en el cuello y Rebus se puso en pie sintiendo vahídos y palpitaciones en las sienes. Siobhan retorcía hacia atrás el otro brazo del iracundo conductor y le obligaba a arrodillarse con la cabeza gacha. Rebus sacó el carnet y se lo puso al hombre justo delante de las narices.

– Inténtalo otra vez y te mato -dijo con voz entrecortada.

Siobhan soltó al hombre y dio un paso atrás. Ella también tenía el carnet en la mano cuando el hombre se incorporó.

– ¿Cómo iba yo a saberlo? -se lamentó el hombre.

Pero Siobhan ya se dirigía hacia Kate, que miraba la escena con ojos muy abiertos.

Rebus fingió apuntar la matrícula del coche del energúmeno mientras éste volvía al volante, y a continuación se acercó a Siobhan y Kate.

– Kate ha hecho un alto para tomar algo -dijo Siobhan- y le he preguntado si podemos acompañarla.

A Rebus no se le ocurría nada mejor.

– Pero tengo una cita dentro de media hora -les advirtió Kate.

– Con media hora tenemos de sobra -repuso Rebus.

Fueron al primer bar que encontraron y había mesa. La máquina de discos sonaba a todo volumen, pero Rebus hizo que el camarero lo bajara y pidió una jarra de cerveza para él y refrescos para Siobhan y la joven.

– Le decía a Kate que es muy buena bailarina -dijo Siobhan.

Rebus sintió un latigazo de dolor en el cuello al asentir con la cabeza.

– Lo advertí la primera vez que te vi en The Nook -prosiguió Siobhan, pronunciando en tono admirativo el nombre del club como si fuera una discoteca de moda.

«Es lista, no moraliza y así no pone nerviosa ni avergüenza a la testigo», pensó Rebus dando un trago de cerveza.

– Es lo que hago, bailar… -comentó la joven mirando sucesivamente a Rebus y a Siobhan-. De todas esas cosas que la gente dice de Stuart, de que trafica con inmigrantes, yo no sabía nada -añadió, haciendo una pausa como si fuera a decir algo más, pero optó por dar un sorbo a su bebida.

– ¿Te pagas tú la universidad? -preguntó Rebus, y ella asintió con la cabeza.

– Vi en el periódico un anuncio solicitando bailarinas -añadió ella sonriendo-. No soy tonta y comprendí enseguida la clase de local que era The Nook, pero las chicas son estupendas… y yo lo único que hago es bailar.

– Pero sin ropa -comentó Rebus casi sin pensar, para irritación de Siobhan, que le fulminó con la mirada.

El rostro de Kate se endureció.

– ¿Es que no me ha oído que, de lo otro, yo nada?

– Lo sabemos, Kate -se apresuró a decir Siobhan-. Hemos visto el vídeo.