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– ¿Qué vídeo? -preguntó ella mirando a Siobhan.

– Uno en que apareces bailando junto a una chimenea -contestó Siobhan poniendo sobre la mesa la foto polaroid.

Kate la arrebató sin querer mirarla.

– Eso fue una vez -replicó sin mirarle a la cara-. Una de las chicas me contó que podía ganarme un dinero con facilidad y acepté, diciéndole que yo sólo bailaría…

– Efectivamente -dijo Siobhan-. Hemos visto el vídeo y sabemos que es cierto. Se te ve poniendo música y bailando.

– Sí, y luego no me pagaron. Alberta quiso darme parte de su dinero, pero yo no acepté porque se lo había ganado ella -explicó dando otro sorbo al vaso.

Siobhan la secundó y dejaron las dos la bebida en la mesa al mismo tiempo.

– ¿Conocías al hombre que manejaba la cámara? -preguntó Siobhan.

– No le había visto nunca hasta que llegamos a esa casa.

– ¿Dónde estaba la casa?

Kate se encogió de hombros.

– Fuera de Edimburgo. Alberta me llevó en coche y yo no me fijé. ¿Quién más ha visto esa película? -preguntó mirando a Siobhan.

– Sólo yo -mintió Siobhan.

La joven miró a Rebus, quien negó con la cabeza para tranquilizarla.

– Estoy investigando un homicidio -prosiguió Siobhan.

– Ya lo sé. El de ese inmigrante de Knoxland.

– En realidad, es un caso que lleva el inspector Rebus. El que yo investigo tuvo lugar en un pueblo llamado Banehall. ¿No sabes el nombre del hombre de la cámara? -espetó de repente.

Kate reflexionó un instante.

– Quizá Mark -dijo finalmente.

Siobhan asintió despacio con la cabeza.

– ¿Y el apellido?

– Tenía un gran tatuaje en el cuello…

– Una tela de araña -añadió Siobhan-. Después vino otro hombre y Mark le pasó la cámara -dijo Siobhan mostrando otra foto con la imagen borrosa de Donny Cruikshank-. ¿Recuerdas su aspecto?

– Si le digo la verdad, casi todo el tiempo estuve con los ojos cerrados abstraída en la música… Es mi forma de trabajar. Sólo pienso en la música.

Siobhan asintió otra vez con la cabeza para que viera que lo entendía.

– Es el hombre que asesinaron, Kate. ¿No puedes decirme algo de él?

La bailarina negó con la cabeza.

– Me dio la impresión de que ellos dos se lo pasaban bien. Como colegiales, ¿me entiende? Miraban como enfebrecidos.

– ¿Enfebrecidos?

– Casi como temblando de estar en un cuarto con tres mujeres desnudas. Me dio la impresión de que era para ellos algo nuevo y excitante…

– ¿No sentiste miedo en algún momento?

Ella negó con la cabeza. Rebus advirtió que rememoraba la escena con cierto disgusto, y terció en el diálogo con un carraspeo:

– Dices que fue otra bailarina quien te llevó a la casa donde filmaron el vídeo.

– Sí.

– ¿Estaba Stuart Bullen al corriente?

– No creo.

– Pero no puedes asegurarlo.

Kate se encogió de hombros.

– Stuart se porta bien con las chicas. Sabe que hay muchos clubs que buscan bailarinas y que si no nos gusta podemos marcharnos.

– Alberta debía de conocer al hombre del tatuaje -dijo Siobhan.

– Supongo -contestó Kate encogiéndose de hombros.

– ¿Sabes de qué le conocía?

– A lo mejor de ir al club. Era el modo de conocer hombres de Alberta -explicó agitando el hielo del vaso.

– ¿Quieres otra? -preguntó Rebus.

Ella miró el reloj y negó con la cabeza.

– Barney no tardará en venir -dijo.

– ¿Barney Grant? -preguntó Siobhan.

Kate asintió con la cabeza.

– Va a hablar con las chicas porque sabe que si estamos un día o dos sin trabajar nos vamos.

– ¿Quieres decir que va a mantener abierto el club? -preguntó Rebus.

– Hasta que vuelva Stuart. -Hizo una pausa-. ¿Va a volver?

Rebus, sin contestar, apuró la cerveza.

– Bueno, te dejamos -dijo Siobhan-. Gracias por hablar con nosotros -añadió levantándose.

– Siento no haber podido ayudarles más.

– Si recuerdas algo de esos dos hombres…

Kate asintió con la cabeza.

– Se lo comunicaré. -Se calló un momento-. Esa película en que aparezco…

– ¿Qué?

– ¿Cuántos ejemplares cree que habrá?

– No podría decírtelo. ¿Tu amiga Alberta sigue bailando en The Nook?

Kate negó con la cabeza.

– Se marchó poco después.

– ¿Después de filmar el vídeo?

– Sí.

– ¿Cuánto tiempo hace de eso?

– Dos o tres semanas.

Dieron de nuevo gracias a la bailarina y salieron del bar. En la calle se miraron uno a otro y fue Siobhan la primera en hablar.

– Debió de ser al poco de salir de la cárcel Donny Cruikshank.

– No es de extrañar que estuviera febril. ¿Vas a intentar localizar a Alberta?

Siobhan suspiró.

– No lo sé… Ha sido una larga jornada.

– ¿Te apetece una copa en otro sitio?

Ella negó con la cabeza.

– ¿Tienes cita con Les Young?

– ¿Por qué? ¿La tienes tú con Caro Quinn?

– Era una simple pregunta -replicó Rebus mientras sacaba los cigarrillos.

– ¿Te llevo a algún sitio? -añadió Siobhan.

– Creo que iré a pie… pero gracias.

– Bien, entonces… -dijo ella indecisa.

Le vio encender el pitillo, y como no decía nada más, dio media vuelta y se dirigió al coche.

Él la vio marcharse y se concentró en el tabaco un instante, luego cruzó la calle hacia un hotel delante del cual se detuvo a acabar el cigarrillo, pero apenas lo había hecho cuando vio a Barney Grant que venía desde el club con las manos en los bolsillos silbando sin asomo alguno de estar preocupado por su empleo ni por el jefe. Entró en el bar y Rebus instintivamente consultó el reloj y anotó la hora.

Permaneció allí delante del hotel. A través de las ventanas observó el restaurante. Era blanco y esterilizado, la clase de local donde cada plato está en proporción inversa a la cantidad de comida. Sólo había algunas mesas ocupadas y más camareros que comensales. Un camarero le dirigió una mirada como para ahuyentarle, pero Rebus le hizo un guiño. Finalmente, cuando ya comenzaba a aburrirse y se disponía a marcharse, aparcó un coche delante del bar y el conductor efectuó unos acelerones. El pasajero hablaba por un móvil. Se abrió la puerta del bar y salió Barney Grant guardándose el móvil en el bolsillo en el momento en que el pasajero cerraba el suyo. Grant subió al asiento de atrás y el coche volvió a arrancar con la portezuela a medio cerrar; Rebus vio cómo subía la cuesta y continuó caminando.

Cinco minutos después llegaba a The Nook, justo cuando el coche volvía a arrancar. Miró la puerta cerrada y luego al otro lado de la calle, hacia la tienda vacía: se había acabado la vigilancia, porque no había furgoneta. Probó la puerta del club, pero estaba bien cerrada. En cualquier caso, Barney Grant había entrado por algún motivo mientras le esperaban con el coche. Rebus no había reconocido al conductor, aunque sí conocía la cara del pasajero: la del que había gritado de dolor cuando él le retorció el brazo obligándole a caer de rodillas, escena captada por las cámaras para la posteridad en los tabloides: Howie Slowther, el chico de Knoxland, el racista del tatuaje paramilitar.

Amigo del camarero. O del dueño.

NOVENO DÍA: MARTES

Capítulo 26

Al amanecer efectuó una redada en Knoxland el mismo equipo que había detenido en la playa de Cramond a los recolectores de berberechos. Esta vez en Stevenson House, el bloque sin pintadas. ¿Por qué? Por respeto o por temor. Rebus pensó que debía de haberlo sospechado desde el principio. Stevenson House era distinta y recibía trato distinto. Los equipos del puerta a puerta encontraron allí muchas viviendas donde no respondieron a las llamadas; casi toda una planta. ¿Habían vuelto otro día? No. ¿Por qué? Por excesivo despliegue de las tropas o tal vez porque los agentes no habían insistido demasiado, ya que para ellos la víctima era una simple cifra en las estadísticas.