—No parece muy justo.
Tiffany se encogió de hombros.
—Muchas compañías de seguros lo hacen así ahora.
—Pero usted está diciendo que no puede conseguir cualquier seguro médico debido a mi historial familiar.
—Cierto. La enfermedad de Huntington es simplemente demasiado costosa, y su nivel de riesgo, un cincuenta por ciento, es demasiado alto para considerar la idea de cubrirle. Pero si la prueba demuestra que no tiene el gen…
—Pero yo no quiero hacerme la prueba.
—Bueno, entonces se complica todavía más —suspiró ella, intentando explicarlo mejor—. El mes pasado, el Gobernador Wilson firmó un proyecto de ley del Senado. Entrará en vigor el primero de enero, dentro de diez semanas. La nueva ley dice que las aseguradoras médicas de California no podrán seguir usando pruebas genéticas para discriminar a quienes tienen el gen portador de una enfermedad pero no muestran síntomas de ella. En otras palabras, no podremos considerar la posibilidad de tener el gen de Huntington o el ALS o cualquier otra enfermedad tardía como condición preexistente en personas por lo demás sanas.
—Bueno, es que no es una condición preexistente.
—Con todos los respetos, señor Tardivel, eso es una cuestión de interpretación. La nueva ley es la primera en todo el país. En los demás estados, tener los genes es una condición preexistente, aunque no muestre los síntomas. Incluso los pocos estados que tienen leyes antidiscriminación genética, como Florida, Ohio, Iowa y un par más, hacen excepciones para las compañías de seguros, permitiéndoles recurrir a los actuarios y precedentes para decidir a quién aseguran y con qué primas.
Pierre frunció el ceño.
—Pero lo que está diciendo es que, como estamos en California, si espero hasta el uno de enero, no podrán rechazarme por mi historial familiar.
—Se equivoca: sí que podremos. Hay información válida de que es usted un solicitante de alto riesgo, y no estamos obligados a asegurarle en ese caso.
—Entonces, ¿qué diferencia hay?
—La diferencia es que la información genética tiene prioridad sobre el historial familiar. ¿Ve? Si tenemos información genética concreta, tiene prioridad sobre cualquier otra cosa que podamos inferir de los historiales médicos de sus padres o hermanos. Si se hace usted la prueba, de acuerdo con la nueva ley estatal tenemos que darle una póliza sin tener en cuenta sus resultados relacionados con la enfermedad de Huntington. Aunque la prueba demuestre que tiene el gen del Huntington, tendremos que aceptar su solicitud siempre que la presente antes de mostrar síntomas: no podremos rechazarle o gravarle basándonos en información genética.
—Espere, es una tontería: si no me hago la prueba, hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que acabe reclamándoles un montón de dinero a causa de mi Huntington, así que me rechazan por mi historial familiar. Pero si me hago la prueba, y aunque se demuestre que hay un cien por ciento de posibilidades de que vaya a tener la enfermedad y costarles mucho dinero, ¿tendrán que asegurarme?
—Así es, o al menos así será cuando la nueva ley entre en vigor.
—Pero yo no quiero hacerme la prueba.
—¿No? Pensaba que le gustaría saberlo.
—No. No me gustaría. Es muy raro que los casos de riesgo se hagan la prueba. No queremos saberlo con seguridad.
Tiffany se encogió de hombros.
—Bien, si usted quiere estar asegurado, sólo tiene esas opciones. Mire, podemos llenar ahora los formularios, pero ponerles fecha de uno de enero… bueno, dos de enero, el primer día laborable del año. Yo le llamaré ese día, y usted me dirá lo que quiere. Si ya se ha hecho la prueba, o ha decidido hacérsela, cursaré la solicitud. Si no, me limitaré a romperla.
Era obvio que Tiffany no quería arriesgarse a perder una venta, pero demonios, aquello ya les había llevado demasiado tiempo; Pierre no quería pasar por la misma charla otra vez.
—Me gustaría ver otros planes antes de tomar una decisión —dijo.
—Por supuesto. —Tiffany le mostró varias pólizas: los predecibles Planes Plata y Bronce, con beneficios más reducidos, un plan exclusivamente hospitalario, otro sólo de medicinas, y otros. Pero ella le recomendó el Plan Oro, y Pierre estuvo de acuerdo, diciéndose que el escote de Tiffany no había tenido nada que ver en su decisión.
—No lo lamentará —dijo ella—. No sólo está comprando un seguro médico: está comprando tranquilidad mental. —Sacó un formulario de su maletín—. Si puede rellenar esto… y no olvide ponerle fecha de dos de enero del año que viene. —Se abrió la chaqueta: en su bolsillo interior tenía una hilera de bolígrafos idénticos de punta retráctil. Sacó uno y se lo entregó a Pierre.
Él apretó el botón con el pulgar para sacar la punta, y llenó el formulario. Al terminar, le entregó el papel a Tiffany, pero empezó a guardarse distraídamente el bolígrafo en su bolsillo.
Ella le hizo un gesto.
—¿Mi bolígrafo?
Pierre sonrió con mansedumbre y se lo devolvió.
—Perdone.
—Bien, le llamaré a principio de año. Pero tenga cuidado hasta entonces: no queremos que le pase nada antes de estar asegurado.
—Aún no sé si me haré la prueba.
—Eso depende de usted.
A mí no me lo parece, pensó Pierre, pero decidió no alargar la cuestión.
CAPÍTULO 10
Pierre había buscado cuidadosamente un campo de especialización. Su primer impulso fue investigar directamente la enfermedad de Huntington, pero desde que se había descubierto el gen, muchos científicos estaban concentrándose en ello. Naturalmente, Pierre esperaba que encontrasen una cura… y lo bastante pronto para ayudarle, claro, si resultaba tener la enfermedad. Pero también conocía la necesidad de ser objetivo en la ciencia: no podía perder tiempo siguiendo tenues pistas que probablemente no le llevarían a nada… pistas que alguien sin Huntington no vacilaría en abandonar, pero a las que él, por desesperación, concedería demasiado tiempo.
Pierre decidió concentrarse en un campo poco estudiado por los demás genetistas. Tenia la esperanza de que ese campo le permitiera lograr un descubrimiento importante que valiese un premio Nobel. Centró su investigación en lo que se llama el “ADN basura” o intrones: el noventa por ciento del genoma humano que no actúa como código para la síntesis de proteínas.
Nadie sabía con certeza para qué servía todo ese ADN. Algunas partes parecían proceder de secuencias de virus que hubieran invadido el genoma en el pasado; otras eran como repeticiones de un incesante tartamudeo (irónicamente parecido en estructura al raro gen causante de la enfermedad de Huntington); otras eran restos desactivados procedentes de nuestro pasado evolutivo. La mayoría de los genetistas opinaban que el Proyecto Genoma Humano podría completarse antes si aquellas nueve décimas partes de basura fueran simplemente ignoradas. Pero Pierre albergaba la sospecha de que había algo significativo codificado y todavía sin descifrar en aquel enredo de nucleótidos.
Su nueva ayudante de investigación, una estudiante de postgrado de la UCB llamada Shari Cohen, no estaba de acuerdo con él.
Shari era pequeña, y siempre iba inmaculadamente vestida, como una muñeca de porcelana de piel pálida y brillante cabello negro… y con un gran anillo de compromiso de diamantes.
—¿Has tenido suerte en la biblioteca? —preguntó Pierre.
Ella sacudió la cabeza.
—No, y debo decir que me parece un tiro a ciegas, Pierre. —Hablaba con acento de Brooklyn—. Después de todo, el código genético es simple y bien comprendido.