Y así parecía ser. Cuatro bases formaban los peldaños de la escalera del ADN: adenina, citosina, guanina y timina. Cada una de ellas era una letra del alfabeto genético. En realidad se hacía referencia a ellas sólo con sus iniciales: A, C, G y T. Esas letras combinadas formaban las palabras de tres letras del lenguaje genético.
—Bueno —dijo Pierre—. Veámoslo así: el alfabeto genético dispone de cuatro letras, y todas sus palabras son de tres letras. Por lo tanto, ¿cuántas palabras posibles hay en el lenguaje genético?
—Cuatro elevado al cubo —contestó Shari—. Es decir, sesenta y cuatro.
—De acuerdo. ¿Y qué hacen realmente esas sesenta y cuatro palabras?
—Especifican los aminoácidos utilizados en la síntesis de proteínas. La palabra AAA especifica la lisina, AAC la asparagina, y así sucesivamente.
—¿Cuántos aminoácidos diferentes se utilizan para crear proteínas?
—Veinte.
—Pero hemos dicho que hay sesenta y cuatro palabras en el vocabulario genético.
—Bueno, tres de esas palabras son signos de puntuación.
—Pero aun teniendo en cuenta esas tres, todavía quedan sesenta y una palabras para expresar sólo veinte conceptos. —Pierre fue al otro lado de la habitación y señaló un diagrama titulado El código genético.
Shari se puso a su lado.
—El lenguaje genético tiene sinónimos, como el inglés. —Señaló el primer recuadro del diagrama—. La alanina, por ejemplo, está especificada por GCA, GCC, GCG y GCT.
—Bien, pero ¿por qué existen esos sinónimos? ¿Por qué no usar sólo veinte palabras, una para cada aminoácido?
Shari se encogió de hombros.
—Probablemente se trate de un mecanismo de seguridad, para reducir la probabilidad de errores de transcripción que puedan alterar el mensaje.
Pierre hizo un gesto hacia el diagrama.
—Pero algunos aminoácidos pueden especificarse hasta de seis formas diferentes, y otros sólo de una. Si los sinónimos protegen contra los errores de transcripción, asignarías algunos para cada palabra. Si diseñases un código de sesenta y cuatro palabras simplemente por redundancia, asignarías tres palabras a cada uno de los veinte aminoácidos, y usarías las cuatro restantes como signos de puntuación.
—Supongo. Pero el sistema de códigos del ADN no fue diseñado: evolucionó.
—De acuerdo, de acuerdo, pero la naturaleza tiende a hallar la solución óptima a base de la prueba y el error. Como la misma doble hélice: ¿recuerdas cómo supieron Crick y Watson que habían encontrado la respuesta a cuál era la estructura del ADN? No es que su versión fuera la única posible, sino que se trataba de la más hermosa. ¿Por qué algunos aspectos del ADN han de ser tan elegantes y otros, incluso el propio código genético, tan chapuceros? Apuesto a que Dios, la naturaleza, o lo que sea que haya creado el ADN no es en absoluto chapucero.
—¿Y qué quiere decir eso?
—Que, tal vez, elegir uno u otro sinónimo al especificar un aminoácido dé información adicional.
Las delicadas cejas de Shari se elevaron de golpe.
—Como “si es un embrión, inserta este aminoácido, pero si se trata de un ser ya nacido, no lo insertes”. —Aplaudió. El misterio de cómo se diferencian las células a lo largo del desarrollo de un feto no había sido resuelto todavía.
—No puede ser algo tan directo, o los genetistas lo sabrían desde hace mucho. Pero la elección de sinónimos en un tramo largo de ADN, ya sea en sus partes activas o en los intrones, puede ser importante.
—O puede que no —dijo Shari, un poco resentida por el rechazo de su idea.
Pierre sonrió.
—O puede que no. Pero averigüémoslo, sea lo que sea.
A Molly le encantaba ir a San Francisco: adoraba sus restaurantes de marisco, sus barrios, sus colinas, sus tranvías, su arquitectura…
La calle donde se encontraba estaba desierta; no era raro, teniendo en cuenta lo temprano de la hora. Molly había ido a San Francisco para asistir a una asamblea unitaria; no era particularmente religiosa, y había encontrado insufrible la hipocresía de muchos clérigos a los que había conocido, pero disfrutaba de la perspectiva de la Iglesia Unitaria, y el conferenciante invitado de hoy, un experto en inteligencia artificial, sonaba fascinante.
Había aparcado a unas manzanas del salón comunal. La reunión no empezaba hasta las nueve, y se le ocurrió ir a McDonald para tomar un Huevo McMuffin antes… la comida rápida era el único vicio que intentaba abandonar periódicamente, pero sin ganas. Mientras caminaba a lo largo de una empinada acera hacia el restaurante, reparó en un viejo un poco más arriba, vestido con una gabardina negra. Estaba inclinado, hurgando con su bastón en algo que había junto a la base de un árbol.
Molly continuó andando, mientras disfrutaba del vivificante aire de la mañana. El cielo estaba despejado, una prístina bóveda azul por encima de los edificios estucados.
Ya sólo estaba a una docena de pasos del hombre de negro. Su gabardina era un caro modelo London Fog, y sus zapatos negros habían sido lustrados recientemente. Tenía por lo menos ochenta años, pero era alto para su edad. Llevaba una gorra azul marino que le ceñía las orejas. Aunque llevaba subido el cuello de la gabardina, podía verse que era un hombre de cuello grueso, con fofos pliegues colgantes. El viejo estaba demasiado absorto para notar que se acercaba. Molly oyó un suave sonido quejumbroso: miró hacia abajo y su boca quedó abierta por el horror. El hombre de negro estaba torturando a un gato con su bastón.
Era obvio que el gato había sido atropellado por un coche y estaba agonizando. Su pelaje moteado blanco, negro, anaranjado y crema, estaba cubierto de sangre por todo el lado izquierdo. Había pasado algo de tiempo desde el golpe (gran parte de la sangre se había secado en una costra marrón), pero aún goteaba un fluido rojo de un largo corte. Uno de los ojos se le había salido a medias del cráneo, cobrando un tono gris azulado.
—¡Eh! ¿Está loco? ¡Deje en paz al pobre animal!
El hombre debía de haberse encontrado con el gato por casualidad, y parecía que se había estado divirtiendo con sus patéticos lamentos cuando le pinchaba con el bastón. Se volvió hacia Molly. Ella se sintió asqueada al ver que su viejo pene, blanco y erecto como un hueso, salía por la cremallera bajada de los pantalones, y que su otra mano había estado asiéndolo.
—¡Blyat! —gritó el hombre con un fuerte acento, sus ojos estrechados como siniestras ranuras—. ¡Blyat!
—¡Largo de aquí! ¡Voy a llamar a la policía!
El hombre le gritó Blyat una vez más y se alejó renqueando. Molly pensó en perseguirle y retenerle hasta que llegase la policía, pero tocar a aquel tipo era lo último que quería hacer. Se inclinó para mirar al gato: estaba fatal; deseó conocer alguna forma de acabar rápidamente con su miseria, pero probablemente sólo conseguiría atormentar más a la pobre criatura.
—Ya está, ya está… —dijo en tono consolador—. Se ha ido, ya no te molestará. —El gato se movió ligeramente. Su respiración era trabajosa.
Molly echó una mirada en derredor: había un teléfono público al final de la manzana. Corrió hacia él y buscó el número de emergencia de la Sociedad Protectora de Animales.
—Hay un gato agonizando junto a la carretera. —Levantó la vista para comprobar la dirección—. En la acera de Portola Drive, a media manzana de la esquina con Swanson. Supongo que le atropelló un coche, quizá hace una hora o dos… No, yo esperaré con el animal, gracias. Muchas gracias… y, por favor, dense prisa.