El segundo resultado dio en el blanco: era un artículo de 1993 aparecido en el New Republic. La frase resaltada empezaba: “La conducta del mayor enemigo de Demjanjuk en este país, la Oficina de Investigaciones Especiales, que puso en marcha las redes de la injusticia contra él…”
Pierre leyó, fascinado. La OIE era de hecho parte del Departamento de Justicia: una división fundada en 1979, consagrada a descubrir a los criminales de guerra nazis y sus colaboradores en los Estados Unidos.
El caso contra el tal Demjanjuk, un obrero del automóvil jubilado de Cleveland, un hombre sencillo que sólo había asistido cuatro años al colegio, había empezado como el primer gran éxito de la OIE. Se acusaba a Demjanjuk de ser Iván el Terrible, un guardia en el campo de la muerte de Treblinka. Había sido extraditado a Israel, donde se le declaró culpable en 1988, tras el segundo de los dos juicios por crímenes de guerra celebrados allí. Como en el primero, el de Adolf Eichmann, Demjanjuk fue sentenciado a muerte.
Pero la reputación de la OIE quedó en entredicho cuando, en la apelación, el Tribunal Supremo de Israel revocó la condena de John Demjanjuk. En una revisión de lo ocurrido, el juez federal Thomas Wiseman señaló que la OIE no había cubierto “los mínimos requerimientos de la conducta profesional” en su actuación contra Demjanjuk, considerándole culpable de antemano e ignorando todas las pruebas de lo contrario.
Pierre siguió leyendo. La OIE había sabido que el hombre a quien buscaba se llamaba en realidad Marchenko, no Demjanjuk. Sí, John Demjanjuk había dado incorrectamente Marchenko como nombre de soltera de su madre al pedir la condición de refugiado, pero posteriormente dijo que no recordaba cuál era y por eso había dado un nombre habitual ucraniano.
Encontró más artículos sobre el asunto Demjanjuk en Time, Maclean's, The Economist, National Review, People y otras revistas. En parte encontraba interesante la historia de la vida de Demjanjuk por el matrimonio de sus propios padres, Elisabeth y Alain Tardivel. Demjanjuk se había casado con una mujer llamada Vera en un campo de refugiados el 1 de septiembre de 1947. No tenía nada de raro… salvo por el hecho de que cuando Vera y Demjanjuk se conocieron, ella ya estaba casada con otro expatriado, Eugene Sakowski. Sakowski se fue a Bélgica por tres semanas, y en su ausencia Demjanjuk le arrebató a Vera; cuando volvió, Vera se divorció de él y se casó con John.
Pierre dejó escapar su aliento en un largo suspiro. Parecía haber triángulos por todas partes. Se preguntó qué habría sido de su propia vida de haberse divorciado su madre de Alain Tardivel para poder casarse con Henry Spade.
Una frase en la pantalla atrajo su atención: era la descripción de Demjanjuk. La base de datos sólo contenía textos, no fotografías, pero empezó a formarse una imagen en la mente de Pierre: un ucraniano calvo, fornido, de cuello grueso, labios finos, ojos almendrados y orejas protuberantes.
Mierda…
No podía ser.
No podía ser.
A fin de cuentas, había ganado un premio Nobel.
Sí… y el jodido Kurt Waldheim había acabado como secretario general de la ONU.
Calvo, orejas salientes. Ucraniano.
Demjanjuk había sido identificado por aquellos rasgos. Pero Demjanjuk no había sido Iván el Terrible.
Lo que significaba que otro lo había sido.
Alguien a quien los artículos llamaban Iván Marchenko. Alguien que podía seguir vivo.
Burian Klimus era ucraniano, y él mismo había dicho que era calvo desde su juventud. Tenía las orejas grandes (lo que no era raro en un hombre de su edad), aunque a Pierre nunca le habían parecido protuberantes. Pero podía haberlas corregido con una pequeña operación años atrás.
Y Avi Meyer era un cazador de nazis.
Un cazador de nazis que había estado husmeando por el LLB…
Meyer había preguntado por varios genetistas, pero sin estar realmente interesado en todos ellos. Incluso se había referido a Donna Yamashita como Donna Yamasaki; no había forma de confundir el nombre de alguien a quien se estaba investigando de verdad.
Además, ni Yamashita ni Toby Sinclair eran lo bastante viejos para ser criminales de guerra.
Pero Burian Klimus lo era.
Pierre meneó la cabeza.
Dios.
Si tenía razón, si Meyer tenía razón…
…Molly llevaba en su seno al hijo de un monstruo.
CAPÍTULO 23
Pierre sabía dónde encontrar cualquier publicación de biología en el campus, pero no tenía idea de en qué biblioteca de la UCB habría cosas como Time y National Review. Buscaba fotos de Demjanjuk, tanto actuales como las viejas por las que se le confundió con Iván. Joan Dawson parecía saberlo casi todo sobre la universidad; sin duda sabría dónde encontrar esas revistas. Pierre dejó su laboratorio y se encaminó hacia la oficina principal del Centro.
Se detuvo en el umbral. Burian Klimus estaba allí, sacando su correo del casillero con su nombre. A su espalda, Pierre podía ver la unión de sus orejas con la cabeza. Había unos pequeños pliegues blancos. ¿Eran las cicatrices? ¿O todos los ancianos los tenían?
—Buenos días, señor —dijo, entrando en la oficina.
Klimus se giró y miró a Pierre. Ojos castaño oscuro, labios finos… ¿era el rostro del mal? ¿Podía ser el hombre que había matado a tantas personas?
—Tardivel —dijo a modo de saludo.
Pierre se encontró cara a cara con el hombre, y apartó un poco la mirada.
—¿No está Joan?
—No.
Pierre miró el reloj sobre la puerta y frunció el ceño. Entonces se le ocurrió una cosa.
—Por cierto, señor, hace un par de meses me encontré con alguien a quien puede que conozca… un tal señor Meyer.
—¿Jacob Meyer? Ese usurero mierdecilla… No es amigo mío.
Desde luego, aquello sonaba como un comentario antisemita, el tipo de frase que usaría un nazi sin pensar… a menos, claro, que Jacob Meyer fuese precisamente un usurero mierdecilla.
—Uh… no. Se llamaba Avi Meyer.
Klimus negó con la cabeza.
—Nunca he oído hablar de él.
Pierre parpadeó.
—Más o menos así de alto —dijo poniéndose la mano al la altura de la nuez—. Con cejas muy pobladas y cara de bulldog.
—No.
Pierre volvió a mirar el reloj.
—Hace tres horas que Joan debería estar aquí.
Klimus abrió un sobre con el dedo.
—¿No sabe si tenía algo que hacer en otro sitio?
El viejo se encogió de hombros.
—Es diabética, y vive sola.
Klimus estaba leyendo la carta que había sacado del sobre. No contestó.
—¿Tenemos su número de teléfono? —preguntó Pierre.
—Supongo que sí, en algún sitio. Pero no tengo ni idea de dónde.
Pierre miró a su alrededor en busca de una guía telefónica. Encontró una en el estante inferior de una estantería baja tras el escritorio de Joan y empezó a pasar hojas.
—No hay ninguna J. Dawson.
—Puede que esté todavía a nombre de su difunto marido —dijo Klimus.
—¿Que era?
Klimus hizo ondear la carta que estaba sosteniendo.
—Bud, creo.
—Tampoco hay ningún B. Dawson.
El viejo hizo un áspero ruido con la garganta.
—En realidad, Bud no es un nombre. Nadie se llama así.
—¿Es un diminutivo? ¿Para qué nombre?
—William, generalmente.
—Hay un W. P. Dawson en Delbert.