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Y tres habían recibido el otro cromosoma, el que, en el cuerpo de Molly, tenía la mutación.

Pero, increíblemente, los desplazamientos habían sido corregidos en cada uno de los óvulos…

Un mes después, Pierre y Molly fueron al Aeropuerto Internacional de San Francisco. Pierre estaba a punto de conocer a su suegra y su cuñada. Amanda iba a ser bautizada el día siguiente; aunque los Bond no eran católicos, la madre de Molly había insistido en estar presente para ello, al menos.

—¡Allí están! —dijo Molly señalando a través de un mar de personas ocupadas con sus maletas y carritos.

Pierre buscó entre la multitud. Había visto fotos de Barbara y Jessica Bond antes, pero ninguna de las caras le llamaba la atención. Dos mujeres estaban agitando los brazos al fondo, con una amplia sonrisa. Se abrieron paso a través de la pequeña puerta de salida donde se apiñaba la multitud. Molly corrió a abrazar a madre, y después de un momento de torpeza entre hermanas, también a Jessica.

—Mamá, Jess —dijo—. Éste es Pierre.

Hubo otro momento de vacilación; entonces la señora Bond se adelantó para estrecharle entre sus brazos.

—Me alegro de conocerte por fin —dijo, con un mínimo matiz de reproche. No le había gustado nada que Molly se casase sin siquiera invitarla.

—Es un placer para mí.

—Eh —dijo Jessica, con un tono de ligera provocación en su voz, intentando aliviar la tensión que pudiese haber causado el comentario de su madre—. Nos habías dicho que era francocanadiense, pero no que tuviese un acento tan seductor.

Molly soltó una risita, algo que Pierre no le había oído nunca. Ella y su hermana eran de nuevo adolescentes.

—Búscate tu propio inmigrante —dijo Molly, volviéndose hacia él—. Cariño, ésta es Jessica.

Jessica extendió su mano, el dorso hacia arriba.

Enchantée.

Pierre adoptó el papel que se le pedía, inclinándose y besando la mano de su cuñada.

C'est moi, qui est enchanté, mademoiselle. —Jessica rió. Desde luego, era un bombón. Molly le había dicho que había trabajado como modelo, y ahora podía ver por qué. Era una versión más alta y llamativa de su hermana. Llevaba un maquillaje expertamente aplicado: línea de ojos negra, un poco de color en las mejillas, y lápiz de labios rosa. Molly estaba junto a él, y Pierre se sintió preocupado, relajándose después al comprender que estaba pensando en francés.

—Me temo que hemos aparcado un poco lejos —dijo. Las maletas de las mujeres no eran muy grandes. Incluso unos meses atrás, Pierre hubiese cogido una con cada mano y empezado a andar. Pero su condición empeoraba un poco cada día, y era probable que se le cayesen. Aunque su pie había estado agitándose un poco, esperaba haber hecho un trabajo creíble haciéndolo pasar por un golpeteo propio de una inquieta personalidad tipo A.

Al lado, un hombre de gran tamaño estaba haciendo un numerito de machote desechando el carrito que había encontrado su compañera y acarreando él solo una enorme Samsonite. Pierre se apresuró a quedarse con el carro y puso los equipajes en él. Al menos, podría empujarlo por ellas. De hecho, era mejor tenerlo como una especie de discreto andador mientras recorrían el largo trecho hasta el coche.

—¿Qué tal el vuelo? —preguntó.

—Un vuelo —dijo Jessica. Pierre sonrió, sintiendo un espíritu afín. ¿Qué más podía decirse de pasar hora encerrado en una lata?

—¿Dónde está Amanda? —El tono de Barbara dejó muy claro que estaba en su papel de nueva abuela, ansiosa de ver a su primera nieta.

—Una vecina está cuidando de ella. Pensamos que todo esto —dijo Molly poniendo los ojos en blanco y señalando el ajetreo— sería demasiado para ella.

—Me hubiese encantado estar allí contigo —dijo Barbara. Pierre se permitió un ligero suspiro, que se perdió en el ruido de la terminal. Su suegra no iba a perdonar fácilmente que Molly se hubiese distanciado tanto de ella. Barbara y Jessica sólo iban a pasar cuatro días allí, pero supo que iba a parecer mucho más.

Salieron por unas puertas de cristal corredizas al sol de la tarde. Apenas estuvieron en el exterior, Jessica pescó un paquete de Virginia Slims de su bolso y encendió uno. Pierre maniobró ligeramente para que no le llegase el humo. De repente parecía mucho menos atractiva.

Molly abrió su boca como para reprocharle que fumase, pero al final no dijo nada. Su madre reconoció la expresión y se encogió de hombros.

—No hay manera. Le he dicho mil veces que lo deje.

Jessica dio una profunda, desafiante calada. Siguieron andando hacia el aparcamiento.

—¿Habéis estado antes en California? —preguntó Pierre, metiéndose en su papel.

—Estuve en Disney World de pequeña.

—Disneylandia —corrigió Molly, sonando a hermana mayor—. Disney World está en Florida.

—Bueno, lo que sea. Seguro que aún se acuerdan de ti vomitando en las tazas locas —contestó Jessica. Miró a Pierre con los ojos muy abiertos, como si todavía estuviese afectada por ello—. No entiendo cómo puede marearse nadie en las tazas locas.

Pierre encontró su coche.

—Ya estamos —dijo, señalando con la cabeza mientras empujaba el carrito.

, pensó. Va a hacerse muy largo.

Pierre se las arregló para llevar el equipaje escaleras arriba. Molly le miró con compasión. Aquellos escalones les habían preocupado al comprar la casa, y verle luchar con los bultos le dio una clara idea de lo que se avecinaba. La puerta trasera se abría al nivel del suelo. Los dos sabían que terminaría convirtiéndose en su entrada principal. Una vez dentro, la madre y la hermana de Molly se dejaron caer, exhaustas, en las sillas del salón.

—Bonita casa —dijo Jessica, mirando a su alrededor.

Molly sonrió. Era una bonita casa. El gusto en muebles de Pierre era abismal (Molly se estremecía al recordar aquel horrible sofá verde y naranja que había tenido), pero ella tenía buen ojo para aquellas cosas; incluso había impartido un curso sobre la psicología de la estética. Toda la habitación estaba amueblada en madera clara natural y toques de malaquita verde.

—Voy a por Amanda. Pierre, sirve algo de beber a Mamá y Jess.

Pierre asintió y se puso a ello. Molly salió al crepúsculo, disfrutando de la momentánea soledad. Había sido mucho más fácil reconstruir su relación con su madre y su hermana mediante cartas y conferencias telefónicas. Pero ahora que estaban allí, tenía que enfrentarse de nuevo a sus pensamientos: la desaprobación de su madre por la forma en que Molly había dejado Minnesota, su incertidumbre ante su rápido romance y matrimonio con un extranjero, sus mil pequeñas críticas a su forma de vestir y los dos kilos de más que no se había quitado tras el embarazo.

Y Jessica, con su irritante superficialidad… por no hablar de su descarado coqueteo con Pierre.

Había sido un error que viniese, no tenía duda. Intentaría mantenerlas fuera de su zona, no oír sus pensamientos, recordar que, como Amanda, eran de su misma carne y sangre.

Llegó a la puerta del bungalow rosa de al lado y tocó el timbre.

—Hola, Molly —dijo la señora Bailey al abrir la puerta—. ¿Vienes a llevarte a tu ángel?

Molly sonrió. La señora Bailey era una viuda de unos sesenta y cinco años que parecía tener una infinita afición a cuidar de Amanda. Su vista era bastante pobre, pero le encantaba acunar al bebé y cantarle de forma desafinada pero entusiasta. Pasó al vestíbulo, y la señora Bailey fue a por Amanda, que estaba dormida. Se la entregó a su madre, y Amanda accedió al traslado con un parpadeo de sus grandes ojos marrones.

—Muchas gracias, señora Bailey.