Выбрать главу

—Sabes que me encanta, querida.

Molly meció a Amanda en sus brazos mientras la llevaba a casa. Subió los escalones y entró por la puerta delantera.

La llegada del bebé hizo que Barbara y Jessica se levantasen. Aunque Pierre también quería ver a su hija, comprendió que no podía competir con las tres mujeres. Se quedó en su silla, sonriendo.

—Oooh —dijo Jessica, inclinándose para mirar al bebé en los brazos de Molly—. ¡Qué encanto!

Su madre se acercó.

—¡Es una monada! —Movió un dedo frente a los ojos del bebé. Amanda estaba satisfecha con toda aquella atención.

Molly sintió los latidos de su corazón y la ira que crecía dentro de ella. Apartó el bebé y se lo llevó al otro lado de la sala.

—¿Qué pasa? —preguntó su hermana.

—Nada —dijo, demasiado cortante. Se dio la vuelta, forzando una sonrisa—. Nada —repitió más suavemente—. Amanda estaba durmiendo. No quiero agobiarla.

Fue a la escalera y empezó a subir. Vio que Pierre intentaba captar su mirada, pero continuó.

Menudo callo, había pensado Jessica.

¡Dios mío, qué niña tan fea! había pensado su madre.

Molly consiguió llegar al piso superior y el dormitorio antes de empezar a estremecerse de cólera. Se sentó al borde de la cama, meciendo a su hermosa hija en sus brazos.

Pasaron tres meses; estaban a mediados de diciembre.

Amanda, en una cuna al otro lado de la habitación, se despertó poco después de las 3 de la madrugada y empezó a llorar. El ruido despertó a sus padres. Molly se sentó en la silla junto a la ventana, y Pierre la miró en silencio bajo la luz de la luna, mientras daba el pecho a su hija. Era difícil imaginar algo más bonito.

Su muñeca izquierda empezó a moverse adelante y atrás. Molly volvió a acostar a Amanda, besó su frente, y regresó a la cama. Pierre no tardó en oír el sonido regular de la respiración de su esposa al dormirse de nuevo. Pero él estaba despierto por completo. Intentó calmar el movimiento de su muñeca sujetándola con su otra mano, que pronto empezó a sacudirse a su vez.

Recordó la reunión del grupo de apoyo de Huntington en San Francisco. Todas aquellas personas moviéndose, temblando, bailando. Todas como él. Toda esa pobre gente…

Hace un par de años vino un tipo del laboratorio a darnos una charla. Un grandullón viejo y calvo. No recuerdo su nombre, pero había ganado el Premio Nobel.

Burian Klimus había hablado a aquel grupo, y…

Mierda puta. Jodida mierda puta.

Avi Meyer no lo había demostrado aún (de hecho, quizá nunca lo demostrase, después de medio siglo), pero Klimus podía ser muy bien un nazi.

Lo que significaba que podía estar involucrado en el movimiento neonazi local…

Los neonazis eran los responsables del intento de apuñalar a Pierre y del asesinato de Bryan Proctor y, dado el parecido del arma, muy posiblemente del de Joan Dawson. Klimus había dado una charla al grupo de apoyo, y probablemente conocido a los tres que habían sido asesinados.

Klimus trabajaba con Joan; seguro que había reparado en sus incipientes cataratas.

Y Klimus sabía que Pierre tenía un trastorno genético. Él mismo se lo había dicho al explicarle por qué él y Molly querían usar esperma donado.

Eugenesia voluntaria, había dicho Klimus. Lo apruebo.

¿Podía ser que el viejo estuviese intentando mejorar la reserva genética? ¿Eliminar a algún enfermo de Huntington, quizá un diabético o dos?

Pero no… aquello no tenía sentido.

Joan Dawson había dejado muy atrás la menopausia; aunque tenía una hija crecida, ella misma era incapaz de hacer más contribuciones a la reserva genética.

Y Klimus sabía que Pierre no iba a engendrar. Pero si no era eugenesia, ¿qué era?

Le llegó una imagen del pasado, de los primeros 80; un dibujo en la primera página de Le Devoir.

Doce bebés muertos. No por eugenesia.

Piedad… o, al menos, la versión de alguien de la piedad.

Al fin y al cabo, Pierre había tenido el mismo pensamiento; involuntario, mal recibido, injusto, pero allí estaba: algunos enfermos de Huntington estarían mejor muertos. Y lo mismo podía decirse de una anciana que vivía sola y que estaba a punto de perder la vista.

Pierre pasó despierto el resto de la noche, temblando.

CAPÍTULO 29

Pierre subió en ascensor al tercer piso de la central de policía de San Francisco y caminó hasta el laboratorio forense. Llamó a la puerta y se asomó al interior.

—Hola, Helen.

Helen Kawabata levantó la mirada de su escritorio. Llevaba un elegante traje verde, anillos de jade y pendientes esmeralda. También había cambiado su pelo: seguía siendo rubio, pero había dejado el corte a lo paje a favor de un estilo más corto y punk.

—Oh, hola, Pierre —dijo rápidamente—. Hacía tiempo que no te veía. Gracias por la visita a tus laboratorios, realmente la disfruté.

—Es un placer. —De vez en cuando, Pierre intentaba contestar a los agradecimientos con el “uh uh” californiano, pero no se sentía cómodo con él. Su sonrisa era un poco ovejuna—. Me temo que debo pedirte otro favor.

La sonrisa de Helen se desvaneció lo justo para indicar que daba las cuentas por igualadas: ella le había hecho un favor, y él se lo había pagado con un almuerzo y una visita al LNLB. No parecía ansiosa de volver a ayudarle.

—Hace unos meses fui a un encuentro de un grupo de apoyo de enfermos de Huntington. Me dijeron que tres miembros del mismo habían muerto en los dos últimos años.

—Bueno, es una enfermedad fatal.

—No murieron de Huntington. Fueron asesinados.

—Oh.

—¿Habría hecho la policía alguna investigación especial en un caso así?

—¿Tres personas que pertenecen a un mismo grupo asesinadas? Sí, lo comprobaríamos.

—Yo soy el cuarto, en cierto modo.

—¿Porque fuiste a una de esas reuniones? ¿Qué hiciste, dar una charla sobre genética?

—Tengo la enfermedad de Huntington, Helen.

—Oh —ella apartó la mirada—. Lo siento. Yo…

—Notaste el temblor de mis manos cuando te enseñé mi laboratorio.

Helen asintió.

—Creí… creí que habías bebido demasiado en el almuerzo. —Una pausa—. Lo siento.

Pierre se encogió de hombros.

—Yo también.

—¿Así que piensas que alguien va a por los enfermos de Huntington?

—Podría ser eso, o…

—¿O qué?

—Sé que parece una locura, pero el asesino podría creer estar haciéndoles un favor.

Helen alzó sus finas cejas negras.

—¿Qué?

—Hubo un caso famoso en Toronto a principios de los 80. En Canadá no se hablaba de otra cosa. ¿Conoces el Hospital para Niños Enfermos?

—Sí.

—En 1980 y 1981, una docena de bebés fueron asesinados en la sala de cuidados cardíacos. Una enfermera llamada Susan Nelles fue acusada y exculpada posteriormente. El caso nunca fue resuelto, pero la teoría más popular es que alguien del personal del hospital estaba matando a los bebés por una misericordia mal entendida. Todos eran enfermos congénitos del corazón, y alguien podía haber pensado que iban a llevar unas vidas cortas y agónicas, así que decidió acabar con su miseria.

—¿Y crees que es lo que está pasando con los miembros de tu grupo?

—Es una posibilidad.

—Pero el tipo que intentó matarte… ¿cómo se llama?

—Hanratty. Chuck Hanratty.

—Eso. ¿No era un neonazi? No es el tipo de persona dada a los gestos humanitarios… si es que puedes llamar humanitario a eso.