—No, pero estaba haciendo el trabajo por órdenes de algún otro.
—No recuerdo haber visto nada de eso en el informe del caso.
—Es… sólo especulaba.
—Asesinatos por compasión —dijo Helen, considerando la idea—. Es un ángulo interesante.
—Y no creo que se trate sólo de enfermos de Huntington. Joan Dawson, la secretaria del Centro Genoma Humano, también fue asesinada. La policía dijo que habían usado el mismo tipo de cuchillo que en el ataque contra mí. Era una anciana diabética, y estaba empezando a quedarse ciega.
—¿Así que piensas que tu ángel de misericordia está eliminando a todos los que sufren algún trastorno genético?
—Puede que sí.
—¿Pero cómo lo averiguaría el asesino? ¿Quién sabría de tu caso y del de, como se llamaba, Joan?
—Alguien con quien trabajásemos los dos… y que también hubiese dado una charla al grupo de apoyo.
—¿Y existe tal persona?
—Sí.
—¿Quién es?
—Prefiero no decirlo hasta estar seguro.
—Pero…
—¿Cuánto tiempo conserváis muestras de tejido de las autopsias?
—Depende. Años, en cualquier caso. Ya sabes lo lentos que van los tribunales. ¿Por qué?
—Así que tenéis muestras de asesinatos no resueltos cometidos en los dos últimos años…
—Si se realizó una autopsia… no siempre las hacemos, son muy caras. Y si el caso sigue sin estar resuelto. Pero seguro que habrá muestras por ahí.
—¿Puedo acceder a ellas?
—¿Para qué?
—Para ver si algunos de esos casos pueden ser también asesinatos “compasivos”.
—Pierre, no quiero sonar cruel, pero…
—¿Qué?
—Bueno, la enfermedad de Huntington afecta también a la mente, ¿no? ¿Seguro que no se trata de paranoia?
Pierre empezó a protestar, pero se limitó a encogerse de hombros.
—Quizá, no lo sé. Pero puedes ayudarme a descubrirlo. Me basta con muestras pequeñas. Lo suficiente para sacar un juego completo de cromosomas.
Ella lo pensó durante un momento.
—Pides cosas muy raras.
—Por favor.
—Mira, te diré lo que haremos: puedo conseguirte las que tenemos aquí. Pero no voy a pedirlas a otros laboratorios; llamaría demasiado la atención.
—Gracias —dijo Pierre—. ¿Puedes asegurarte de incluir una muestra de Bryan Proctor?
—¿Quién?
—El encargado que fue asesinado por Chuck Hanratty.
—Ah, ya. —Helen tecleó en su ordenador—. No podrá ser. Aquí dice que un inquilino oyó el disparo que le mató, eso determinó la hora de su muerte, así que no tomamos muestras de tejidos.
—Mala suerte. De todas formas, me quedaré con lo que puedas conseguirme.
—De acuerdo, pero me debes una bien gorda. ¿Cuántas muestras necesitas?
—Todas las que puedas conseguir. —Pierre hizo una pausa, preguntándose hasta qué punto podía confiar en Helen. No quería hablar demasiado, pero maldición, necesitaba su ayuda—. La persona que tengo en mente también está siendo investigada por el Departamento de Justicia por ser un posible criminal de guerra nazi, y…
—¿En serio?
—Sí, y eso explica la conexión neonazi. Además, si mató a miles de personas hace cincuenta años, es muy posible que ordenara muchos más asesinatos de los que sabemos.
Helen lo pensó por un momento y se encogió de hombros.
—Veré qué puedo hacer. Pero ten en cuenta que es casi Navidad, la época en que estamos más ocupados. Tendrás que ser paciente.
Pierre supo que sería mejor no insistir.
—Gracias.
—Uh uh.
Pierre se apresuró a entrar en casa por la puerta de atrás. Había renunciado a enfrentarse a los escalones delanteros dos semanas antes. Eran las 17:35, y fue directo al sofá, cogiendo el control remoto y encendiendo el televisor.
—¡Molly! —gritó—. ¡Ven, rápido!
Molly apareció llevando en brazos a Amanda, que en ocho meses había adquirido aún más pelo castaño.
—¿Qué pasa?
—He oído al salir del trabajo que iban a emitir la entrevista con Felix Sousa. Creí que llegaría con tiempo de sobra, pero ha habido un accidente en Cedar.
El anuncio de minifurgonetas Chrysler estaba terminando. La bola giratoria de máquina de escribir de Hard Copy voló hacia ellos, haciendo un molesto ¡thunk-thunk!; la presentadora, una guapa rubia llamada Terry Murphy, apareció en pantalla.
—Bienvenidos de nuevo —dijo—, ¿Son los negros inferiores a los blancos? Un nuevo estudio dice que sí, y Wendy Di Maio nos lo cuenta. ¿Wendy?
Molly se sentó junto a Pierre en el sofá, sosteniendo a Amanda contra su hombro.
La imagen pasó a algunas tomas de archivo del patio de la UCB tras Sather Gate, con “niños de las flores” paseando y un hippie de pecho desnudo sentado bajo un árbol y tocando la guitarra.
—Gracias, Terry —dijo una voz femenina sobre las imágenes—. En 1967, la Universidad de California, Berkeley, fue el hogar del movimiento hippie, un movimiento que predicaba hacer el amor y no la guerra, un movimiento que abrazaba a toda la familia humana.
La imagen se disolvió, sustituida por una moderna toma de vídeo desde el mismo ángulo.
—Hoy, los hippies se han ido, y éstas son las nuevas caras de la UCB.
La cámara enfocó a un hombre blanco que caminaba hacia ella, en buen estado físico, de hombros anchos, con una cazadora negra de cuero con el cuello vuelto hacia arriba y gafas de espejo como las de un aviador. Pierre soltó un bufido.
—Cristo, si hasta se ha vestido de soldado de asalto.
La voz volvió a hablar.
—Éste es el Profesor Felix Sousa, un genetista de la UCB. No hay paz al paso de su investigación… ni amor para él por parte de muchos estudiantes y empleados de la universidad, que le tachan de racista.
La imagen cambió a Sousa en uno de los laboratorios de química de Latimer Hall, con vasos y probetas desplegados ante él sobre una mesa. Pierre resopló de nuevo; nunca había visto a Sousa en un laboratorio.
—He dedicado años a esta investigación, zeñorita Di Maio —dijo Sousa. Su voz era sonora y culta, de pronunciación muy cuidada y casi relamida—. Es difícil reducirla a unas cuantas afirmaciones, pero…
La imagen pasó a la periodista, una mujer atractiva de boca ancha y ondulado pelo oscuro, que asentía animando a Sousa a seguir. La cámara volvió a Sousa.
—En términos muy simplificados, mi investigación demuestra que las tres razas de la humanidad emergieron en épocas distintas. Los negros aparecieron como un grupo racialmente distinto hace unos doscientos mil años. Los blancos por otra parte, lo hicieron hace ciento diez mil años. Y los orientales entraron en escena hace cuarenta y un mil años. Bueno, ¿es sorprendente que la raza más vieja sea la más primitiva en términos de desarrollo cerebral? —Sousa extendió las manos, como si le pidiera al público que usara su sentido común—. Por término medio, la raza negra es la que tiene el cerebro más pequeño y el CI más bajo de todas. También tiene la mayor tasa de criminalidad y es la más promiscua. Los orientales, por otra parte, son los más brillantes, los menos propensos a la delincuencia y los más contenidos sexualmente hablando. Los blancos están en un punto medio entre los otros dos grupos.
La imagen pasó a Sousa dando una clase. Los alumnos, todos blancos, parecían embelesados.
—Las teorías de Sousa no se detienen aquí —dijo la periodista—. Incluso sugiere que los viejos mitos de vestuario pueden ser ciertos.
De vuelta a la entrevista.
—Los negros tienen el pene más grande que los blancos, por lo general —decía Sousa—. Y los blancos están más dotados que los orientales. Hay una relación inversa entre el tamaño de los genitales y la inteligencia. —Sousa hizo una pausa y sonrió, mostrando unos dientes perfectos—. Por supuesto, siempre hay excepciones.