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La voz de Wendy Di Maio sonó de nuevo.

—Gran parte de la obra de Sousa recuerda a otros estudios igualmente controvertidos, como la investigación hecha pública en 1989 por Philippe Rushton, —imagen estática de Rushton, un hombre blanco sorprendentemente guapo de unos cuarenta y cinco años— psicólogo en la Universidad de Ontario Occidental en Canadá, y las conclusiones del polémico bestseller de 1994 La curva de campana. —La pantalla mostró la portada del libro.

Una toma de exteriores. Di Maio caminando por el campus entre Lewis y Hildebrand Hall.

—¿Es justo que esta investigación obviamente racista se realice en instituciones públicas? Se lo preguntamos al presidente de la universidad.

La cámara enfocó lo que se suponía que era la ventana del presidente, aunque su despacho estaba al otro lado del campus. Un plano corto del presidente sentado en una lujosa habitación con paneles de madera. Su nombre y título aparecieron sobreimpresos en la pantalla. El anciano extendió los brazos.

—El Profesor Sousa tiene plaza fija. Eso significa que tiene absoluta libertad para seguir cualquier línea de investigación intelectual, sin presiones administrativas…

Vieron el resto del reportaje, y después Pierre apagó el aparato. Meneó la cabeza suavemente.

—Dios, esto sí que me cabrea. Con todo el trabajo de calidad que se está haciendo en la UCB, y se dedican a enseñar estas mierdas. Y sabes que habrá gente que piense que Sousa tiene razón…

Cenaron en silencio una lasaña de microondas (era el turno de Pierre el gourmet), con papilla de manzana para Amanda. Con ocho meses, la niña tenía un apetito muy saludable.

Finalmente, después de que Molly acostase a Amanda, se sentaron a la mesa del comedor, tomando un café.

—Un penique por tus pensamientos —dijo ella, inquieta por el silencio de Pierre.

—Creí que podías cogerlos gratis —contestó él, un poco cortante. Su expresión demostró que lo lamentaba—. Lo siento, cariño. Perdóname. Es que estoy enfadado.

—¿Por?

—Bueno, por Felix Sousa, claro… y eso me ha hecho pensar en el artículo que él y Klimus escribieron hace unos años para Science sobre tecnologías reproductivas. Y pensar en ello me ha hecho pensar en Seguros Cóndor… ya sabes, ese negocio de imponer económicamente el aborto de fetos imperfectos. —Hizo una pausa—. Si no tuviese ya síntomas de Huntington, cancelaría mi póliza como protesta.

Molly mostró su simpatía.

—Lo siento.

—Y esa estúpida carta que me envió Cóndor… Una mierda paternalista de algún relaciones públicas. No me hicieron ni caso.

Molly tomó un sorbo de café.

—Bueno, hay una forma de conseguir un poco más de atención. Hazte accionista de Cóndor. Las compañías suelen ser más receptivas a las quejas de sus accionistas, pues saben que si no, podrían plantearlas en persona en las reuniones. Hice un curso de ética en la UM, y el profesor nos lo dijo.

—Pero yo no quiero apoyar a una compañía así.

—Bueno, no hace falta que inviertas mucho.

—¿Te refieres a comprar sólo una acción?

Molly se rió.

—Ya veo que no tocas mucho el mercado. Normalmente las acciones se compran y venden en múltiplos de cien.

—Oh.

—No tienes corredor de bolsa, ¿verdad?

Pierre negó con la cabeza.

—Puedes llamar a la mía: Laurie Lee, de Davis Adair. Es muy buena explicando las cosas.

Pierre la miraba sorprendido.

—¿De verdad crees que debería hacerlo?

—Claro. Aumentará tus posibilidades.

—¿Cuánto costarían cien acciones?

—Buena pregunta —dijo Molly. Fue al dormitorio, y Pierre la siguió, agarrándose cuidadosamente a la barandilla para no perder el equilibrio en las escaleras. En un rincón estaba su ordenador Dell Pentium. Molly lo encendió y se conectó a CompuServe, abriendo un par de menús y señalando la pantalla—. Cóndor ha cerrado hoy a once y tres octavos por acción.

—Así que cien acciones costarían… ¿cuánto? Mil ciento y…

—Mil ciento treinta y siete dólares con cincuenta centavos, más comisión.

—Eso es bastante dinero.

—Ya lo sé, pero será todo líquido. Podrás recuperarlo casi todo si decides vender más adelante. De hecho… —Apretó algunas teclas más—. Mira —dijo señalando la tabla de la pantalla—. Han estado subiendo firmemente. Estaban en sólo ocho y siete octavos a esta fecha del año pasado.

Pierre puso cara de estar impresionado.

—Así que podríamos acabar ganando dinero aunque vendiésemos. Pero, al menos por ahora, Cóndor tendrá que tomarte en serio.

Pierre asintió despacio, pensándolo.

—De acuerdo —dijo al fin—. Hagámoslo. ¿Cuál es el procedimiento?

Molly alcanzó el teléfono.

—Primero, llamamos a mi corredora.

—Puede que no esté tan tarde.

Ella sonrió con indulgencia.

—Puede que aquí sean las ocho de la tarde, pero en Tokio es mediodía. Laurie tiene muchos clientes aficionados al índice Nikkei. Es muy probable que la encontremos.

Marcó el número. Obviamente, conocía aquel mundo. Ya había mencionado sus inversiones en el pasado, pero Pierre nunca se había dado cuenta de hasta qué punto dominaba el tema.

—Hola. Con Laurie Lee, por favor. —Una pausa—. Hola, Laurie, soy Molly Bond. Muy bien, gracias. No, no es para mí… para mi marido. Le he dicho que eres la mejor en el negocio. —Risas—. Muy bien. De todas formas, ¿puedes hacerte cargo de él, por favor? Se llama Pierre Tardivel; ahora te lo paso.

Le dio el auricular a Pierre, que dudó por un momento pero al final se lo llevó a la oreja.

—Hola, señorita Lee.

Su voz era aguda, pero no chirriante.

—Hola, Pierre. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Bueno, me gustaría abrir una cuenta para comprar algunas acciones.

—Muy bien, muy bien. Necesitaré algunos detalles personales…

Le pidió datos sobre su patrón, y su número de la Seguridad Social (que Pierre tuvo que consultar, pues acababa de recibirlo).

—De acuerdo —dijo Laurie—. Ya está todo claro. ¿Hay algo que quiera que le compre?

Él tragó saliva.

—Sí. Cien acciones de Seguros Médicos Cóndor, por favor.

—Están en la Bolsa de California; no podré cursar la orden hasta mañana. Pero en cuanto abra, le conseguiré cien S-M-C Clase B. —Pierre pudo oír el ruido del teclado—. Una buena decisión, Pierre. Excelente. La compañía no sólo va muy bien por sí misma (está muy cerca de su punto más alto, que fue hace sólo dos semanas), sino que lo ha hecho significativamente mejor que su competencia en el último año. Le enviaré confirmación de la compra por correo.

Pierre le dio las gracias y colgó, sintiéndose como un magnate de la bolsa.

Tres semanas después, Pierre estaba trabajando en su laboratorio. El teléfono sonó.

—¿Allo?

—Hola, Pierre. Soy Helen Kawabata, de la policía de San Francisco.

—¡Hola, Helen! Me preguntaba qué sería de ti.

Lo siento, pero hemos estado muy liados con el caso de ese asesino en serie. De todas formas, por fin te he encontrado algunas muestras de tejido.

—¡Gracias! ¿Cuántas tienes?

—Ciento diecisiete.

—¡Estupendo!

—Bueno, no todas son de San Francisco. Mi laboratorio tiene un contrato de colaboración con algunas comunidades de los alrededores. Y algunas muestras tienen varios años.