Pierre y Molly se miraron brevemente, pero no dijeron nada.
—Bien —continuó Gainsley—. Normalmente, el desplazamiento de la laringe ya está avanzado alrededor del primer año, y terminado a los dieciocho meses. Pero la laringe de Amanda no se ha movido en absoluto; sigue en la parte superior de la garganta. Aunque puede hacer algunos sonidos, otros muchos se le resistirán, especialmente las vocales “O”, “I” y “U”. También tendrá problemas con la G blanda y la K.
—Pero su laringe acabará por descender, ¿no? —preguntó Pierre. Uno de sus testículos no había bajado hasta que tuvo cinco o seis años… suponía que no sería ningún problema.
Gainsley meneó la cabeza.
—Lo dudo. En muchos aspectos, Amanda se desarrolla como una niña normal. De hecho, incluso es más bien grande para su edad. Pero en este particular, parece que no habrá cambios.
—¿Puede corregirse quirúrgicamente?
Gainsley se tiró ligeramente del bigote.
—Estamos hablando de una reestructuración masiva de la garganta. Habría muchos riesgos… y una mínima posibilidad de éxito. No lo aconsejo.
Pierre alargó la mano para coger la de su esposa.
—¿Y qué hay de… de las otras cosas?
Gainsley asintió.
—Bueno… muchos niños nacen muy peludos; hay más de una razón por la que a veces llamamos “monitos” a nuestros hijos. Sus hormonas cambiarán en la pubertad, y perderá la mayor parte de vello.
—¿Y… la cara?
—Le hice la prueba del síndrome de Down. No creí que fuera el problema, pero es bastante fácil de hacer: no lo tiene. Y sus hormonas pituitarias y la glándula tiroides parecen normales para una niña de su edad… —Gainsley miró al espacio vacío entre Pierre y Molly—. ¿Hay algo que, esto… que yo debiera saber?
Pierre robó una mirada a Molly, y después asintió levemente.
—No soy el padre biológico de Amanda. Utilizamos esperma de un donante.
Gainsley hizo un gesto con la cabeza.
—Pensé que se trataba de algo así. ¿Saben cuál es la etnia del padre?
—Ucraniano —dijo Pierre.
El doctor asintió de nuevo.
—Muchos europeos orientales tienen una complexión más fuerte, facciones más marcadas y más vello corporal que los occidentales. Así que, por lo que se refiere a la apariencia de Amanda, lo más seguro es que se estén preocupando por algo sin importancia. Simplemente ha salido a su padre biológico.
CAPÍTULO 31
Pierre condujo hasta el ruinoso edificio de San Francisco, y apretó el botón de ENCARGADO. Unos momentos después, respondió una familiar voz femenina.
—¿Sí?
—¿Señora Proctor? Soy Pierre Tardivel otra vez. Tengo una pregunta más, si no le importa.
—Deben de estar reponiendo Colombo en Canadá.
Pierre hizo una mueca, captando el chiste.
—Lo siento, pero si pudiera…
El zumbido de la puerta cortó su frase. Giró la manilla y se dirigió al apartamento 101 a través del vulgar corredor. Un anciano asiático estaba saliendo del pequeño ascensor junto a la puerta, miró a Pierre con suspicacia, pero siguió su camino. La señora Proctor abrió la puerta justo antes de que llamase.
—Gracias por recibirme de nuevo.
—Era una broma —dijo la gorda mujer con barbilla de pelota de golf. Se había cortado el pelo desde su anterior conversación—. Pase, pase. —Se hizo a un lado y tiró de Pierre hacia la salita. El viejo televisor estaba encendido, mostrando El precio justo.
—Quería hacerle una pregunta sobre su marido —dijo él, sentándose en el sofá—. Si usted…
—Jesús, hombre. ¿Está borracho?
Pierre sintió la sangre subiéndole a la cara.
—No. Tengo un trastorno neurológico, y…
—Oh, perdone. —Ella se encogió de hombros—. Tenemos muchos borrachos por aquí. Mal barrio.
Pierre inspiró profundamente, intentando tranquilizarse.
—Sólo tengo una pregunta rápida. Puede sonar extraño, pero ¿tenía su marido algún tipo de desorden genético? Ya sabe, algo que su médico dijese que era hereditario… ¿Hipertensión, diabetes, algo así?
—No.
Pierre frunció los labios, defraudado. Pero aún…
—¿Sabe de qué murieron sus padres? Si alguno de ellos sufría una enfermedad del corazón, por ejemplo, Bryan pudo haber heredado sus genes.
Ella le miró.
—Es una afirmación irreflexiva, joven.
Pierre pestañeó, desconcertado.
—¿Perdón?
—Los padres de Bryan no han muerto. Viven en Florida.
—Oh, lo siento.
—¿Qué siente, que estén vivos?
—No, no, no. Siento mi error. —Pero aún… aún…— ¿Están bien de salud? ¿Alguno de ellos tiene Alzheimer?
La señora Proctor rió.
—El padre de Bryan juega dieciocho hoyos todos los días, y su madre es dura como un clavo. No les pasa nada.
—¿Cuántos años tienen?
—Veamos… Ted tiene… ochenta y tres u ochenta y cuatro. Y Paula es dos años más joven.
Pierre asintió.
—Gracias. Una última pregunta: ¿conoce a un hombre llamado Burian Klimus?
—¿Qué clase de nombre es ese?
—Ucraniano. Es un hombre viejo, de unos ochenta años, clavo, con tipo de luchador.
—No, no me suena de nada.
—Podría haber usado otro nombre. ¿Iván Marchenko?
Ella meneó la cabeza.
—¿O Grozny? ¿Iván Grozny?
—Lo siento.
Pierre asintió y se puso en pie. Quizá Bryan Proctor fuese una pista falsa, alguien a quien Hanratty había matado sólo por sus herramientas o su dinero. Al fin y al cabo, sonaba como un tipo con excelente perfil genético, y…
—Mmm… ¿puedo usar su baño antes de irme?
Ella señaló un corto pasillo, iluminado por una sola bombilla en una esfera blanca fijada al techo.
Pierre avanzó poco a poco hasta el baño, de paredes azul claro y adornos verde oscuro. Cerró la puerta, teniendo que empujar para conseguir que encajase en el marco; se había combado un poco tras años de exposición al vapor de la ducha. Sintiéndose como un canalla, abrió la puerta con espejo del botiquín y miró dentro. ¡Allí! Una maquinilla de afeitar Gillette para hombre. Se la metió en el bolsillo. Tiró de la cadena de la cisterna y dejó correr el agua del lavabo unos momentos antes de salir.
—Muchas gracias —dijo, preguntándose si parecería tan avergonzado como se sentía.
—¿Por qué me ha preguntado todo eso?
—Oh, nada. Sólo era una idea tonta. Lo siento.
Ella se encogió de hombros.
—No tiene importancia.
—No volveré a molestarla.
—No hay problema. Duermo mucho mejor desde que usted… desde que ese Hanratty murió. Vuelva cuando quiera. —Sonrió—. Además, me gusta Colombo.
Pierre salió del edificio y se dirigió a la central de policía.
Molly se había tomado un permiso por maternidad de dos años sin impartir clases (el máximo permitido sin perder su categoría), pero seguía yendo al campus medio día a la semana para reunirse con estudiantes cuyas tesis dirigía y asistir a reuniones del departamento.
Tras la última entrevista con un estudiante, usó el PC de su despacho para buscar información en el Magazine Database Plus, en cuyos placeres había sido iniciada por Pierre.
Estaba a punto de desconectarse cuando se le ocurrió una idea. Había tratado de encajar cuanto les había dicho el doctor Gainsley, pero aún no lo comprendía del todo. Tecleó una consulta sobre «trastornos del habla», pero había más de trescientos artículos sobre el tema. Borró esa búsqueda y siguió pensando. ¿Qué era lo que había dicho Gainsley? ¿Algo sobre el hueso hioides? Ni siquiera estaba segura de cómo deletrear esa palabra. Pero valía la pena intentarlo. Seleccionó «Búsqueda de palabras en el texto del artículo», y tecleó HIOIDES. Aparecieron catorce artículos. Contempló la pantalla, leyendo una y otra vez tres de las referencias.