Pierre acompañó a Molly mientras ella cargaba con Amanda escaleras arriba y la acostaba en la cuna a los pies de su gran cama de matrimonio. Se inclinaron por turno para besar a la niña en la frente. Molly había estado extrañamente absorta toda la noche: estaba claro que rumiaba algo…
Amanda miró a su padre con expectación. Pierre sonrió, sabiendo que no se iba a librar fácilmente. Cogió de la estantería el ejemplar de Vamos al zoo. Amanda sacudió la cabeza. Pierre alzó las cejas, pero devolvió el libro a su sitio. Había sido el favorito cinco noches seguidas. Ignoraba el motivo del cambio, pero como ya se sabía el libro de memoria, le pareció perfecto. Cogió un librito cuadrado titulado La pequeña señorita Contrario, pero Amanda volvió a negar con la cabeza. Hizo un nuevo intento con un libro de Barrio Sésamo, El gran día de Coco. Amanda sonrió ampliamente. Pierre se sentó sobre la cama y empezó a leer. Mientras tanto, Molly bajó las escaleras. Pierre leyó todo el libro (unos diez minutos de lectura) antes de que Amanda pareciera lista para dormir. Se inclinó para besar a su hija una vez más, comprobó que el monitor de bebés estaba en marcha y salió sin hacer ruido de la habitación.
Cuando llegó a la sala de estar, Molly estaba sentada en el sofá, con una pierna bajo su cuerpo. Sostenía un ejemplar del New Yorker, pero no parecía mirarlo. Un CD de Shania Twain sonaba débilmente. Molly dejó la revista y le miró.
—¿Está dormida?
—Eso creo.
—Bien —dijo en tono serio—. He esperado a que estuviese dormida. Tenemos que hablar.
Pierre se acercó al sofá y se sentó junto a ella. Molly le miró un momento y después apartó los ojos.
—¿He hecho algo mal?
—No… no, tú no.
—¿Entonces?
Molly soltó aire.
—Estaba preocupada por Amanda y he investigado un poco.
Pierre sonrió, animándola a continuar.
—¿Y?
Ella volvió a apartar la mirada.
—Puede que sea una locura, pero… —Juntó las manos en su regazo y las miró fijamente—. Algunos antropólogos discuten sobre el hecho de que el hombre de Neanderthal tenía exactamente la misma estructura de la garganta que el doctor Gainsley nos dijo que tenía Amanda.
Pierre sintió que sus cejas se elevaban.
—¿Y?
—Y… resulta que tu jefe, el famoso Burian Klimus, tuvo éxito al extraer el ADN de ese espécimen de Neanderthal israelí.
—La Triste Hannah —dijo Pierre—. Pero no pensarás que…
Ella le miró.
—Quiero a Amanda tal y como es, pero…
—Tabernac —dijo Pierre—. Tabernac.
Pudo verlo todo en su mente. Cuando Molly, Pierre, la doctora Bacon y sus dos ayudantes hubieron salido del quirófano, Klimus no se había masturbado en un vaso. En lugar de eso, había cogido uno de los óvulos de Molly con una pipeta de vidrio, manteniéndolo por succión. Trabajando cuidadosamente bajo el microscopio, había abierto el óvulo y, utilizando una pipeta más pequeña, había sacado los veintitrés cromosomas de la dotación haploide de Molly, sustituyéndolos por los cuarenta y seis cromosomas de la dotación diploide de Hannah. El resultado finaclass="underline" un óvulo fertilizado que contenía sólo el ADN de Hannah.
Por supuesto, abrir el óvulo podía haber dañado la zona pellucida, un recubrimiento gelatinoso imprescindible para que el embrión se implantara y desarrollara. Pero desde que Jerry Hall y Sandra Yee demostraron en 1991 que podía emplearse una zona pellucida sintética para recubrir las células de los óvulos, la clonación de seres humanos era teóricamente posible. Y sólo dos años más tarde, en un congreso de la Sociedad Americana de Fertilización celebrado precisamente en Montreal, Hall y sus colaboradores habían anunciado que lo habían hecho, aunque sin desarrollar los embriones más allá de su fase inicial.
Sí, era factible. Lo que estaba sugiriendo Molly era una posibilidad real. Klimus podía haber utilizado ese procedimiento para preparar varios huevos con una copia del ADN de Hannah, cultivarlos in vitro hasta el estado multicelular y, después, la doctora Bacon, seguramente sin saber su procedencia, los había insertado en Molly, esperando que al menos uno de ellos lograra implantarse.
—Si es cierto —dijo Molly, su mirada pasando del ojo izquierdo de Pierre al derecho una y otra vez— si es cierto, eso no cambiará lo que sientes por Amanda, ¿verdad?
Pierre guardó silencio.
La voz de Molly adquirió un tono apremiante.
—¿Verdad?
—Bueno, no. No, supongo que no. Es sólo que, bueno, quiero decir que ya sabía que no era mi hija biológica… Sabía que no era parte de mí. Pero siempre había pensado que sí era parte de ti. Pero si lo que estás sugiriendo es cierto, entonces… —dejó la frase sin terminar.
El CD de Shania Twain había dejado de sonar. Pierre se levantó, se acercó al estéreo, sacó el disco, lo puso de nuevo en su funda y desconectó el aparato. Intentaba pensar desesperadamente. Era una locura… una locura. Vale, Amanda tenía trastornos del habla, ¿y qué? Muchos niños tenían problemas mucho más graves. Pensó en el pequeño Erik Lagerkvist, que estaba infinitamente peor que Amanda. Guardó el CD en su sitio y volvió al sofá.
—Quiero a Amanda —dijo al sentarse. Tomó las manos de Molly entre las suyas—. Es nuestra hija.
Ella asintió, aliviada. Hubo una pausa.
—De todas formas, tenemos que saberlo. Puede afectar a muchas cosas… el colegio, enfermedades…
Pierre miró el reloj. Acababan de dar las nueve.
—Voy al laboratorio.
—¿Para qué?
—Casi todos se habrán ido ya a casa. Voy a robar una muestra del ADN de la Triste Hannah.
CAPÍTULO 32
Pierre usó su tarjeta electrónica para entrar en las oficinas del Centro Genoma Humano. Los huesos de la Triste Hannah solían guardarse en el Instituto de los Orígenes Humanos, y Pierre suponía que también habría algunas copias de su ADN allí. El material era demasiado precioso para tenerlo en sólo una instalación.
Tenía que haber un juego de llaves de emergencia en alguna parte. Se acercó a la antigua mesa de Joan Dawson, el cajón superior no estaba cerrado, y en él había un llavero con unas dos docenas de llaves distintas. Pierre lo cogió y avanzó por el corredor.
Probó con la cerradura de la puerta de Klimus, pero ninguna de las llaves encajaba. Lo intentó con una tras otra, procurando vanamente que no hiciesen demasiado ruido. Pierre se sentía infernalmente nervioso, y…
—¿Puedo ayudarle? —preguntó una voz con marcado acento.
El corazón de Pierre dio un vuelco. Levantó la vista.
—¡Carlos! —dijo, reconociendo al conserje—. Me ha asustado.
—Perdone, doctor Tardivel. No le había reconocido. ¿Necesita entrar en el despacho del doctor Klimus?
—Mmm… sí. Sí, necesito un libro de consulta y lo tiene él.
Carlos cogió su propio llavero, que llevaba sujeto al cinturón mediante un dispositivo que alargaba un cordón cuando tiraba y lo recogía al soltarlo. Se agachó, abrió la puerta y pasó al interior, encendiendo las luces. Los paneles luminosos vacilaron un poco al cobrar vida; su intensa luz se reflejó en el cristal que recubría las fotografías astronómicas enmarcadas. El conserje franqueó el paso a Pierre, que fingió buscar un libro en los estantes de roble que iban del suelo al techo.
—¿Lo encuentra? —preguntó Carlos.
—No… no están en orden alfabético. Me llevará un rato encontrarlo.