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– Pero cuando llegó el otoño -te dejaste caer en la cama rechinante y te diste cuenta que no prendías la luz para no ver más esas pulgas aplastadas, esos caracoles andróginos que se arrastraban por la pared- no lo recordamos. No nos importó, a pesar de que en este país no hay estaciones y cada día de cada hora es idéntico a los demás…

Una llanura de polvo seco o de polvo azotado por la lluvia. Un tiempo enroscado, de dientes clavados a su propia cola, como la serpiente de Xochicalco.

– …ese tiempo, Javier, a donde tú me trajiste y me hiciste perder mi amado, contado tiempo de estaciones cambiantes, ropa distinta, comida a propósito, oh, cómo lo extraño. Vestirme de blanco en un verano que es verano. Estrenar un traje sastre para el otoño que es otoño. Comprarme unas botas de nieve para el invierno que es invierno. Buscar un sombrero de paja con listones para la primavera que es… Tú me hiciste olvidar mi tiempo. Me hiciste creer que el verano con sus lluvias en esta meseta era una estación distinta. La estación en que tú te ponías cachondo y en la que yo estaba obligada a responderte con una excitación que… que…

Empezó a llover sobre el patio de la vieja casa de la Calzada del Niño Perdido. Javier cerró el libro y se apoyó con los codos contra el barandal; el aguacero de julio redimía el calor de la mañana y el liquen y el geranio se doblegaban, humildes, bajo la lluvia silenciosa y veloz. Acababa de leer una carta de Byron. La pasión es el elemento en el que vivimos; sin ella, apenas vegetamos. El único ruido era el de los riachuelos que corrían hacia la coladera del centro del patio; brillaban en la oscuridad y Javier se levantó las solapas pero se negó la posibilidad de entrar a la casa. Sin embargo, sabía que Ofelia lo esperaba, como todas las noches -que ya estaba sentada en la sala y que pronto, ante la tardanza del hijo, llegaría a la puerta del corredor y, detrás de ella, esperaría, esta tarde como todas, a que él cumpliera su palabra y entrara a acompañarla media hora antes de la cena. Abrió el libro y se sentó en la mecedora, bajo el foco desnudo por donde zumbaban los mosquitos: abrió el libro para que ella, escondida detrás de la puerta, escondida en un sentimiento incomprensible, en un miedo anhelante o una sustitución secreta, lo viese ocupado y él, al llegar a esa merienda de las ocho que se había prohibido evadir, tuviese esa excusa concreta.

– Estuve pensando -dijo cuando Ofelia le sirvió los tamales y el champurrado-. ¿Qué hacemos en esta casa? Deberíamos venderla.

– Cuando yo me muera. Antes no.

– Cuando estemos muertos -dijo Javier sólo para introducir el nosotros prohibido, el nosotros de antes.

– Mira -dijo Raúl, corriendo el índice sobre la página mojada del periódico-. Dice que son los cristeros los que vuelan las vías. Ahí tienen. ¿Qué vamos a hacer unos comerciantes católicos cuando son los cristeros los que nos impiden trabajar? No entiendo nada de lo que pasa en este país. ¿Por qué no dejarán a la gente decente trabajar en paz? Yo no entiendo nada. ¿Para qué matan curas y vuelan trenes?

– Javier, no andes con las manos en los bolsillos. Se ve muy feo…

– ¿Quién va a comprar cosas en medio de este borlote? -preguntó Raúl mientras recorría las páginas del catálogo de Montgomery Ward-. Ayer me pidieron que cancelara una orden de transformadores. La semana pasada, no llegó el envío de planchas-. Se descolgó los tirantes. -Saca la cuenta. Son unos quinientos pesos menos este mes, seguro.

Ella gritó. Fue ella la primera en romper el silencio, y Javier no se había dado cuenta de que su padre, con la voz plana y pedregosa y los tirantes caídos, había gritado antes, sin gritar; era toda la diferencia.

– ¡Basta!

– Ofelia… ¿qué?

– Basta, calla…-Les dio la espalda y se escondió en uno de esos rincones de sombra que ella misma había fabricado en esta casa de cortinas cerradas y cuartos con candado: ella, Ofelia, entonces aún distinta, delgada, con unas facciones graciosas, respingadilla, blanca; Raúl miró a Javier, interrogándolo.

– He de ser muy bruto -gruñó Raúl-. No entiendo qué…

– Vete a tu cuarto, Javier -dijo Ofelia desde la sombra.

– ¡Tiene trece años! -levantó la voz Raúl y Ofelia corrió fuera de la sala con el puño cerrado sobre los labios y Raúl meneó la cabeza y la siguió con el paso pesado.

Esto era lo acostumbrado: este rumor de voces lejanas y nunca ajenas, a pesar de todo; suprimidas sólo para que su ausencia fuese una costumbre plena, otra forma de presencia en un mundo que debía ordenarse contra ese caos externo, incomprensible, obra de la indiscreción y el exceso: había que oponerle este silencio, este susurro que, quizás, podría domar, si no fuera de ellas, sólo dentro de estas paredes, algo brutal que acechaba fuera de la casa: eso lo diría, después, con otras palabras, Ofelia, poco antes de morir: que era sólo un deseo de vencer la anarquía desde el centro de una fuerza doméstica en la que él pudiera crecer protegido, en la que él pudiera prolongar una niñez que después, siempre, tarde o temprano, añoraría y no podría, ya, recuperar. Y él, cuando escribió el primer libro que empezó a escribir esa noche, después de que Raúl habló de vías voladas y contraórdenes mercantiles, sólo supo o sólo pudo o sólo quiso escribir de eso, de un mundo terminado, cerrado para salvarse y salvar a los desamparados que a él se acogieron y de la energía consumida, gastada en la exigencia emocional de la vida cotidiana: si sólo se hubiese negado, si sólo hubiese permanecido callado, si sólo hubiese aceptado el regaño, el castigo, la cueriza a cambio de no contestar a esas preguntas que adelgazan la fuerza, a dónde fuiste, con quién, qué haces, qué piensas. Pero sólo lo terminado es duradero y perfecto. Eso dijo en el primer libro, y en cada poema inquirió los hechos de su vida diaria en un diálogo entre la voluntad y la razón en el que ésta triunfaba porque no entendía lo que sucedía a su alrededor y por eso, en esa poesía nueva y virgen, fresca y solitaria, fabricada con las falsas penumbras de su casa, con los domingos en el lago y las calles solitarias de los cilindreros y las criadas y el olor a tabaco y jabón de Raúl y el rostro de niña envejecida de Ofelia, estaba la verdad -la falsa certidumbre- de la adolescencia, que es la verdad y la segura mentira de la razón: un mundo que no se entiende tiene que ser ordenado por la razón. Y sólo un mundo que ya no es comprendido -aún en sus márgenes (o quizás su centro) irracionales- puede ser objeto de la voluntad, que es la fuerza de la madurez.

– ¿Me quedé allí, Ligeia? Dímelo tú, por favor: eso te estoy preguntando hoy con palabras y mudo desde que te conocí y sentí que tú poseías eso que a mí me faltaba, la voluntad para salir de mi casa al mundo… a recuperar en el mundo la energía robada por mi padre y mi madre… por eso me enamoré de ti…

– Quieres entender todo y no hacer nada. Ya me cansé.

– Podríamos vender la casa -murmuró Raúl y Ofelia no pudo bajar la voz:

– ¡Es todo lo que él tiene para crecer! ¡Me niego a quitarle esta ilusión!

No, no era su ilusión y las voces volvieron a perderse después de un gesto seguro de Ofelia, el gesto de los dedos sobre los labios; la ilusión se mantendría ignorada y en silencio porque así lo ordenaba una elegancia, una manera de pertenecer que se quiebra, cristalina, en cuanto se menciona. La mujer de cincuenta años con rostro de niña compungida le diría después que nada importaba sino esa decisión de mantener las cosas aunque sólo su apariencia estuviese a nuestro alcance:

– No ibas a andar por ahí en una escuela del gobierno, sin preparación para la vida, sin modales. No.

Notó que esa Navidad Raúl quiso acercarse a ella y le compró un vestido nuevo pero al acercarse a Ofelia, sólo pudo abrazarla y luego separarse y mantener las manos sobre los hombros de la mujer, tímida, tiernamente, pero sin besarla. Y ella tampoco lo besó y le dio las gracias con una sonrisa cansada. Y ella salía después de la comida y regresaba, rediviva, tres o cuatro horas más tarde y un día Raúl ya no se presentó a cenar y entonces había dos misterios, dos misterios, por Dios, el cielo y la tierra están llenos de gloria, santo Dios, Hossana en las alturas, en el otro tiempo.

Bueno, que propiciara las simientes de otro tiempo largo, sin tiempo, seco, para usar sus palabras. La lluvia es la estación distinta en México. La raya en el polvo. Y tú, Elizabeth, lo aceptabas porque necesitabas fechas, fronteras del tiempo que te digan que estás atesorando las fuerzas de tu juventud.

– Oh, Javier, ¿me escuchas?, para eso vivimos, nada más, y si no me crees gradúate y entra al ejército. O. K., hold your horses.

Sólo para hacernos de las fuerzas que nos permitan mantenernos en la vejez: todo es un acarreo de juventud, un ahorro de lo que fue para lo que va a ser. Good night, sweet prince: la vida es esa usura y no esta muerte anónima a los pies de un edificio de concreto y vidrio, sí, no adivinas bien, un edificio moderno cuarteado desde antes de estrenarse, en la madrugada de la colonia Cuauhtémoc. Para ti. No para él. Ah, él ya tenía su respuesta en los ojos. Sus palabras en la mirada, aun antes de bajar del taxi, antes de ver ese bulto arrojado en la calle. Ya sabía, ya lo había dicho un millón de veces, ya lo había escrito otras mil, que ese bulto, cualquier bulto en cualquier, calle, estaba vivo, era parte de la vida al morir. Viste cómo lo miró. Cómo le agradeció estar allí, boca abajo, atravesado y sangriento.