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– En tu lugar. Eso es. No los conoceré ya, paisanos. Por eso tienen ustedes esas miradas. Están esperando siempre la decisión o el accidente que elimine a otro en lugar de ustedes. Eso es todo. Cómo le explicaste a ese pobre difunto cadavérico, como diría mi caifán, sin palabras, que su muerte era el hecho más…

…importante de su vida. Seguro, dragona. Cómo asesinar, o ser asesinado, era hacerse parte de un bien, de un valor que esa otra vida, la de la respiración y la digestión y el movimiento, no le habían procurado. Sabes, dragona, hay algo que quiero decirte…

– ¿Quién era? ¿Cómo se llamaba? ¿Por qué no telefonear en seguida a la policía? Me miraste con esa compasión. Yo no entendía. Yo no sabía nada de esto. Juan Jiménez o Pedro López, mecánico, padrote, ruletero, burócrata, casado, soltero, viejo, joven, feliz, desgraciado. Aquí estaba, bien tieso, bebiendo un charco de sangre, sin saberlo, en el acto más importante de su vida. Y tú y yo de testigos únicos, como si se hubiera muerto sólo para que tú y yo lo viéramos. ¿Qué sabía ese cadáver de nuestra presencia y nuestra seguridad de su muerte?

Es un mito, Elizabeth, date cuenta. ¿Cómo iba a agradecerles que supieran que su vida, al fin, había realizado el otro acto, el único acto de valor después del momento en que salió húmeda y ciega entre las piernas de su madre? Es un mito, date cuenta. No hay suspenso. Ya conoces el desenlace de antemano. Ulises regresará a Ítaca. Penélope será fiel a su telar. Medea matará a sus propios hijos. ¿Qué esperabas?

– Tú me apretaste la mano. Me dijiste que ese hombre muerto estaba, al fin, vivo. Que todas las muertes están vivas.

Que estaban observando un arreglo vital, no mortal, de las relaciones de ese hombre. Que su asesino le regaló un valor al asesinado que no tuvo otro valor. Que te olvidaras de tu lógica bárbara. Que nadie muere por venganza. Que nadie muere por castigo. Que nadie muere por algún motivo. Que nadie muere porque el asesinado no tuvo palabras para convencer al asesino con la razón y sustituyó el asesinato a las palabras que no quiso o no pudo pronunciar: ni siquiera eso. No lo mató para vengarse, para castigarlo o para convencerlo. No. Lo mató para regalarle la totalidad de su vida. Le hizo el favor de matarlo.

– Cruzamos sobre el cadáver. Bostezaste. Abriste la puerta. Subimos en silencio. Entramos al apartamento. Y rechinó la duela. Dijiste que mañana no irías al trabajo. Ni siquiera me escuchaste al día siguiente, a las tres de la tarde, cuando entré con el periódico y te empecé a leer los datos verídicos del asesinato. Enrique Rocha. Estudiante de medicina. Un policía trató de separar a una pareja que se besaba. El estudiante pasó en ese momento y le reclamó al tecolote. ¿Qué le importaba que la gente se besara en la calle? Le dijo que los dejara en paz. En paz. En paz, Javier. El policía se le fue encima al estudiante. El estudiante se defendió. El policía sacó una navaja y se la clavó en el vientre al estudiante. La pareja ya se había ido corriendo. Hoy lo contaron todo. El policía ha huido. Se robó los zapatos del estudiante. Se le busca. Se le encontrará. Se le dejará libre.

Al estudiante se lo fildeó la pelona y el azul, el cuico, el genízaro, como siempre, se voló la barda y chau. Puro mito, dragona.

– Tenías razón. Yo quería dar aviso a la policía. No me escuchaste. Eso no importaba. ¿Enrique Rocha? ¿Un estudiante? No.

Un ser abstracto que descubrió, con los ojos abiertos y el acero en los intestinos y los zapatos robados, que la muerte está viva.

Javier rió.

– Y tú querías telefonear a la policía anoche.

Rió mucho y yo pasé la mirada por los objetos de nuestro apartamento, hoy el mismo que tomamos hace tantos años, cuando regresamos de Europa. Sólo que ahora está unido al que antes fue un apartamento vecino. Derrumbamos las paredes e hicimos un solo apartamento, espacioso y cómodo, cuando regresamos a México por segunda vez en 1950. ¿Cuántas cosas quedan de nuestro primer apartamento en el nuevo? No sé. Me da tanta tristeza cuando toco los estantes del viejo librero de ocote, ahora relegado al cuarto de la servidumbre y utilizado para guardar la ropa blanca; cuando rozo con los dedos los lomos de los viejos libros desorejados que compramos y amamos entonces, que descubrimos entonces -el Fausto traducido por Nerval, ¿te acuerdas?, la Pentesilea de Kleit, hasta una vida de Byron por Maurois que recuerdo porque la compramos a un viejo bouquiniste en el Quai Voltaire, compramos ese libro usado, ediciones Grasset, cubierto por un celofán que pretendía rejuvenecer el volumen y daba un brillo satánico al rostro del poeta en la portada: algunos de esos libros han dejado huecos, te los has llevado, ya no están en el nuevo librero de cedro que te mandaste hacer. Nuestros carteles. Nuestros carteles los arrojamos a la basura, en silencio y hasta un poco avergonzados, cuando ya se estaban cayendo a pedazos. Esas banderas de papel con un desnudo fantástico, rodeado de penumbras hinchadas; un bebedor de cerveza de rostro rojo y ropas negras; una campesina yugoslava delgada como una aguja de catedral. Moreau, Hals, Mestrovic. Queda tan poco. Los trajes, los zapatos, la ropa interior, los peines, los tarros y estuches y pomos, las sábanas, las toallas, hasta los cubiertos y la loza van desapareciendo, sin que nadie sepa en qué momento se pierden y alejan de nosotros. Me gustaba oler tu toalla después de que te secabas, al salir de la ducha. A Buenos Aires sólo nos llevamos los libros, los libros fueron y vinieron y siguen con nosotros. Los empacamos en cajones de madera forrados por dentro de papel periódico, claveteamos las tapas y los mandamos por barco a la Argentina, cuando se acabó el dinero de tu herencia y conseguiste ese puesto diplomático.

Tu cabeza se fue reclinando hasta caer sobre el hombro de Franz. Franz te miró. El pelo teñido de color ceniza, con atomizador: podía lavarse todas las noches y pintarse distinto cada mañana; era sólo una laca, no pintura verdadera. Tus labios anchos, entreabiertos. Las cejas depiladas. La nariz grande, aguileña, que husmeaba y se dilataba en el reposo. Los ojos cerrados. Son grises. Cambian de colores durante el día. Las manos grandes, los brazos cruzados bajo el chal negro que te arropaba. La blusa blanca. La falda color de tamarindo. Las medias brillantes. Los zapatos de tacón bajo. Franz te miró.

– By repeated crime, even a queen survives her little time.

Como en este anochecer de Cholula, así han sido todos sus momentos juntos. Esta mañana, al devolverle la mirada en el automóvil, mirabas a Franz y sin embargo sólo lo recordabas, como si a fuerza de vivir en la memoria todo su presente fuese esa nostalgia que él, alguna vez, te hizo comprender leyendo en voz alta una hermosa carta de Freud que tú le mostraste en una biografía: “Extraños anhelos y secretos surgen en mí -quizás de mi herencia ancestral- hacia el Oriente y el Mediterráneo y una vida muy distinta; deseos del final de la infancia que nunca se cumplirán, que no se conforman con la realidad…” ¿Qué sabes de él? Que llegó a México después de la guerra, que trabajó como mecánico algún tiempo y que ahora es vendedor de una distribuidora de automóviles europeos. Lo conoces desde hace poco más de un año, cuando llegaste sola a un vernissage de obras recientes de Cuevas en donde Javier, otra vez, te había dado cita; estabas mirando y admirando, dragona, un dibujo en sepia del Marqués de Sade con su familia, en una intimidad obscena, pacífica e inminente: un más allá del que sólo puede salvarnos el demonio o el juglar, y ese Sade visto por Cuevas era ambas cosas, un payaso satánico, como si Chaplin y Mefistófeles se hubiesen dado la mano para reunir, en una especie nueva y nuestra, al criminal y al santo, al asceta erótico, al asesino creador, al libertador tiránico. Barajabas nombres -tus famosos homenajes- y al decir, con cuevas, Buster Keaton y Boris Karloff, Tod Browning y Jean Genet, George Grosz y Al Capone, no querías justificarte y ser una con el tiempo; sólo querías saber que ya no hay incompatibles y que el viejo maniqueísmo que desde Platón nos trae de cabeza dividiendo, escogiendo, blanquinegreando, había dado un paso irreversible en la única posición que hoy vale: ya no entre el bien y el mal externos, objetivos y diferenciados, sino entre las opciones morales dentro de cada unidad subjetiva; te lo dije, mi dragona, que lo malo no es ser ladrón, sino un raterillo pinche; lo malo no es ser asesino, sino un asesino incompetente y descuidado.

– ¿Que te capturen? -preguntaste abriendo los ojos.

– Qué va -te dije-. Todo asesino desea que lo capturen, hasta exige que lo capturen. Pero es un mal asesino si se deja capturar por negligencia. Y es un buen asesino si es descubierto a pesar de su excelencia profesional y sin embargo sabe que ha de ser ajusticiado como parte de la dialéctica del mito, para cumplir la belleza legendaria de la redención. Como Raskolnikov. Entonces todo su acto es significativo.

– Como Monsieur Verdoux.

– Ándale. Ahí tienes al payaso -criminal, al juglar- homicida que resuelve los opuestos.