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A veces, intenta escuchar algo y sólo oye los movimientos de su respiración. Se acerca al rostro de otro hombre para distinguir la respiración ajena y no logra escuchar nada. Quizás los perros ladraban y la banda tocaba el vals de La viuda alegre mientras él caminaba de las obras del ferrocarril hacia la Fortaleza. Pero ya no sabía escuchar esos ladridos o esa música. En cambio distinguía la luz de los reflectores opacos por más que se confundiera con la niebla y ésta terminara por devorarlo todo; la proyección final de la luz de los reflectores, apenas visible detrás de las viseras que pretendían ocultarla de los ojos de los aviones y limitarla a una función inmediata a ras de tierra; las siluetas torcidas de Theresienstadt, la ciudad convertida en un solo, inmenso ghetto. Todas las noches, al regresar, ve y deja de escuchar lo mismo. Cruzan un campo de beterragas. Las brechas están abiertas, pero el campo yermo. Nadie habla, Isabel. Ese lugar hay que recordarlo como una película muda. ¿Tú nunca viste Caligari? No, tú qué vas a saber lo que es eso. Hicieron una encuesta entre los jóvenes. ¿Quién es Hitler? Nadie sabía, novillera, nadie lo recordaba ya, ningún joven había oído hablar de él, ¿te das cuenta? Y Franz te habla a ti, la más joven y las chimeneas de Theresienstadt se levantan rectas, las mansardas y los patios de esos viejos edificios son rectos y sin embargo debemos verlos como aquella escenografía oblicua, ornamental, como un espacio propio y falso de la locura: uno sabe que esa perspectiva no es sino un muro simple sobre el cual se han dibujado las perspectivas de un laberinto de sombras blancas… sombras que chocan con la luz inventada… espacios que desaparecen detrás de una línea muerta… y luego se agigantan en un universo hinchado que atesora demasiadas cosas… más de las que pueden percibirse o entenderse… qué afán de ornamentar… para hacer viable la normalidad del manicomio… ¿Tú nunca escuchaste Caligari?

Y si ella le hubiera hablado, él sabría que en esos silencios había una música secreta y en esos rostros comunes y semejantes, en esos cuerpos frágiles y en ese aire modesto, casi borrado, unos cantantes, también secretos, que de día iban y venían sin dar qué decir. Como llegaban, se iban. Sólo ella sabía que se pudo pasar el papel pentagrama y que ese día los dos viejos pudieron meter de contrabando la viola y el violín y que el cello había sido escondido en una granja abandonada y luego traído en una carreta cubierto de heno. Él sólo supo que unos obreros abrieron un escondrijo amurallado en uno de los corredores tortuosos y descubrieron un juego completo de instrumentos orquestales, envueltos y protegidos de la humedad: los cobres, los vientos y una gran batería.

– No hay inconveniente. Necesitamos preparar una ceremonia. Qué mejor que esto.

– Todos nos justificamos.

– ¿Verdad?

– Sí. No importan las palabras.

– ¿No importan?

– No. Son las de siempre. Todos las conocemos.

– Bewegung!

La orden y los ruidos que la acompañan -las botas, las fusílalas inútiles, las camillas volcadas- corrieron por las salas, los corredores y las escaleras del hospital de recodos tortuosos. Los que pudieron se levantaron. Otros se apoyaron entre sí. Los más, inválidos, fueron arrastrados a lo largo de los pisos de piedra y arrojados a las calles donde los amigos y familiares del ghetto empezaban a reunirse, gritando, sin comprender por qué motivo era vaciado el hospital. Los que tenían fuerzas recogían a los enfermos, sin saber a dónde llevarlos. Sólo ayudaban a los que reconocían y a veces creían reconocer a un desconocido y le ofrecían los brazos. El comandante había movilizado todo el equipo de transporte: los tres tractores y sus doce remolques, las dieciséis carretas de la granja, los dos camiones, las cuarenta y ocho carrozas fúnebres y las sillas de rueda esperaban a los enfermos en la calle. Pero los transportes no bastaban y por eso muchos enfermos vagaban o yacían o eran conducidos por los parientes y amistades que no comprendían si su deber era atender o abandonar.

Los guardias sacaron las cajas de muertos amontonadas bajo los tejados del hospital y las metieron en el camión que debía llevar los cadáveres al crematorio y en la operación de desalojo se descubrieron nuevos cadáveres que nadie había visto o reconocido: se necesita un olfato nuevo, como el de él, para separar ese hedor de los otros, vivos, que ya no lo percibían. Franz se dirigió, con la cabeza baja, al niño o al anciano muertos hacía dos, cinco días, una semana. Ulrich se negó. Dijo que éste no era su deber. Ulrich desapareció una noche. Los tejados, en poco más de dos horas, fueron vaciados de los enfermos y los cadáveres y él quedó solo bajo los inmensos tejados sostenidos por vigas perpendiculares en la sala desnuda y sin ventilación donde no había nada que pudiese arder: colchón, cobertor, almohada.

– Cumplida la orden. Pueden transformarlo en teatro.

Te dirá que las Escrituras hablan del tiempo de amar y del tiempo de morir, pero olvidan el tiempo de esperar. Llegó a la carretera de tierra que conducía a la prisión, te abrazó, Isabel, y dijo dos veces que Ulrich no quiso esperar. Entonces distinguió, primero muy lejano, en seguida más cerca, siempre como un zumbido apenas localizable, ese ruido pesado y uniforme que se adelantaba a sus espaldas. Y las luces del ruido -opacas también detrás de los amortiguadores- que al fin se encontraron con las que venían de la Fortaleza.

Los camiones avanzaron pesadamente dando de tumbos en la carretera lodosa. A veces se escuchaba el ruido de las ruedas en un charco, antes de que regresara el zumbido uniforme, de abejorros invisibles. Le gritaron, ya cerca de él y él corrió a ayudar a los soldados que empujaban desde la defensa trasera del camión, con las piernas hundidas en el fango. No conocían bien esta ruta. Él subió al estribo del camión para indicar el camino. Conducía un joven adolescente con gafas, cabo, de ojos azules agrandados por la espesura de los cristales. Y él dijo ahora derecho, ahora sal de la carretera totalmente, por el campo de hortalizas, ahora regresa pero permanece muy pegado a la brecha, ahora puedes seguir por el centro. Nunca lo miró. Conducía con seriedad y eficacia. Cumplía bien una tarea. Quizás, si no con otros, con su compañero de transporte debía hablar de otras cosas. Era seguro que hace unos cuantos meses aún iba a la Volkschule y estudiaba cálculo o literatura universal. Quizás le gustaba la música. Los muchachos de las escuelas eran llevados a menudo a escuchar conciertos y óperas. Le prometí que regresaría. Pero el tiempo del regreso todavía no era nuestro. Sólo el de la espera. No grites, Franz, no grites. Yo te escucho.

Franz supo que primero no hubo una orden: los artistas ya no serían enviados en los convoyes a los otros lugares. Permanecerían aquí y serían salvados. Sí, el profesor Schachter podría continuar sus ensayos musicales y, aunque los niños tendrían que irse, llegarían otros para interpretar la ópera infantil. Los artistas permanecerían. Y si deseaban renunciar a su privilegio, podían subir con sus parientes a los carros del ganado y acompañarlos. Los niños, los huérfanos, los viudos, debían partir por razones humanitarias: para que hubiese menos gente y todos viviesen mejor.

Ahora, posiblemente, el teatro de su ciudad había sido bombardeado. ¿De qué ciudad sería? No podía saberlo si no escuchaba el acento del cabo. Junto a él iba ese sargento con una ametralladora entre los brazos. A la izquierda. No. Cuidado. Más hacia la izquierda. Aquí hay un pozo. Después de la guerra, todos podrían regresar a sus ciudades y vivir sus vidas normales. Los jardines de Waldjstein esperaban su regreso. Los músicos estarían en sus lugares de costumbre, en el pórtico barroco. Ella lo esperaría en la fila de costumbre. Se iniciaría el gran Requiem alemán de Johannes Brahms. Les sonrió. El sargento lo miró agriamente.

– ¿Por qué no tienen este camino en buen estado?

– Es más urgente que las obras del Reichsbahn estén listas.

– ¿No hay trabajadores para las dos obras?

– No, este es un campo muy pequeño.

– Bah. ¿Tú qué haces?

– Soy arquitecto adscrito a este grupo.

– Bah.

El sargento rió. El joven cabo no movió el rostro. La luz de los reflectores opacos colocados en los ángulos de la fortaleza los encandiló; cegó las gafas del chofer. Se detuvo, llevándose una mano a los ojos. El sargento le gritó.

– ¡No te detengas así!

La defensa del camión posterior les golpeó. Alguien gritó un insulto desde atrás. El cabo no dijo nada, volvió a arrancar mientras se abría la reja de alambre de la fortaleza, un segundo después de que unas chispas volátiles indicaron que la corriente había sido suspendida para que los hombres vestidos de negro la abrieran. No te alejes de mí; ven.