Выбрать главу

– Bájate de ahí -le dijo el sargento y se dirigió al cabo: -Entrada marcial. Arriba el mentón.

El cabo se acomodó rápidamente las gafas y levantó la cara y sonrió. Él se desprendió del estribo y los camiones pasaron a su lado. Caminó lentamente dentro de los límites de la fortaleza y las voces de orden, de saludo rápido, de atención, convocaron de nuevo los ruidos que él no sabía escuchar. Las voces escondidas y penetrantes. Le preguntó a un oficial si las escuchaba también y el oficial sólo dijo que no sabía de qué se trataba. Esas voces ascendían desde las bodegas en los sótanos de las barracas y otro oficial pasó y les dijo que eran los judíos, los judíos reclutados por Raphael Schachter, alemanes, austríacos, holandeses, checos, polacos y húngaros; tenían permiso de cantar y ensayar obras. Las voces ascendían hasta los patios donde ellos estaban.

Lacrymosa dies illa

Qua resurget ex favilla

Judicandus homo reus.

Habla.

– Achtung, achtung!

– En fila, en fila.

Los guardias corrieron, en grupos de cinco, un grupo detrás de cada uno de los siete camiones que maniobraron, rugiendo, sobre la explanada de la Fortaleza, con el escape abierto y el olor de gasolina quemada, mientras los fanales se apagaban. La luz seca y opaca de los reflectores cegó a Franz. Los perros ladraron enfurecidos. La pequeña banda de la Fortaleza, colocada sobre una elevación del terreno, empezó a tocar de nuevo. Era un grupo de mujeres. La directora, con su permanente y su batón gris, movió los brazos y las mujeres que tocaban la flauta, los dos violines, el contrabajo y los platillos iniciaron el vals de La viuda alegre mientras la voz del altoparlante daba órdenes.

– En sus lugares. Abran las puertas.

Y ella le habría contado, si hubiesen hablado, que el maestro Raphael Schachter, al principio, sólo contaba con dos pianos, uno traído por el decano de la comunidad judía y otro prestado por la comandancia para que acompañara con música las películas. Pero necesitaba cuatro solistas y un coro de ciento cincuenta y quién sabe cuántos instrumentalistas. Obtuvo los instrumentos. El cello en la granja abandonada, escondido bajo el heno en la carreta. Las violas y violines que introdujeron los dos viejos. Los instrumentos del escondite tapiado. El contrabajo arrojado al museo de objetos inútiles, junto con los sombreros de copa. Reunió a los cuatro solistas, los instrumentistas y el coro. Se sintió seguro cuando dieron la orden de respetar a los artistas. Pero cuando los niños y los viejos fueron enviados en los vagones de ganado al Este, tres solistas se fueron con ellos. Cada transporte que salía le quitaba intérpretes y cada transporte que llegaba le traía desconocidos. En cierto momento, faltaron veinticuatro cantantes del coro y doce instrumentistas. Schachter tuvo que partir de cero una y otra vez.

Rex tremendae majestatis

Qui salvandos salvas gratis,

Salva me, fons pietatis.

Y empezaron a bajar. Se abrieron las puertas traseras de los camiones y en cada grupo de guardias uno daba los brazos y tomaba a cada persona de la cintura, otro iba cantando números en voz alta, otro marcaba en una libreta, los dos últimos permanecían con las manos sobre las ametralladoras y el vals se mecía en la noche helada. Los perros ladraban y todos descendieron, unos miraron a su alrededor, otros se fregaron los ojos, otros bajaron con la cabeza inclinada, otros lloraron, otros rieron o sonrieron lejanamente, algunos aceptaron los brazos del guardia para bajar, otros descendieron por sí mismos, todos fueron tocados en el hombro por el guardia que recitaba números. Todos permanecieron, al tocar el suelo, inmóviles, un instante, antes de buscar a otra persona, abrazarla o tomarle la mano si venía en el mismo camión, encontrarla con la mirada si había bajado de otro. Hombres con las solapas del saco levantadas para protegerse del frío. Mujeres envueltas en cobertores, con los niños en brazos. Muchachas con calcetines de lana y pañuelos amarrados a la cabeza. Niños con gorros de estambre y calzón corto. Niñas con muñecas entre las manos. Las valijas de cartón, las cajas amarradas con cuerdas, los bultos de ropa, una máquina de coser, un banco de zapatero, una caja de violín. Las estrellas cosidas a la ropa o prendidas a la solapa. Muchos no bajaron de los camiones. Estaban muertos, de pie: tan muertos como los demás estaban silenciosos.

‹IMG style="WIDTH: 642; HEIGHT: 526" src="›

La comandancia informó a Berlín que para el día de la visita oficial habría un festejo con cena y concierto. Franz se atrevió a decir que primero las facilidades a los artistas, y ahora la invitación para que tocaran frente a los visitantes, parecía una prueba de que las cosas no marchaban bien. Todos rieron al escucharlo, junto a la estufa de la cantina y bajo los candiles de hierro y los faroles bávaros.

El viejo se detuvo con el banco de zapatero entre las manos. Sonrió y miró a su alrededor, como embelesado por esa música evocadora. La niña dejó caer la muñeca y la cabeza de porcelana se quebró por la mitad. Él lo vio y rió y la orquesta tocaba los valses de Pranz Lehar y él pensó en un enano muerto en un refrigerador. La niña lloró y trató de recoger la muñeca. El viejo le tapó los ojos con la chalina y repitió, acariciándola:

– Vacaciones. Vacaciones.

– Perdón, Isabel, perdón. Es que te escuché.

– ¿Cuándo?

– Antes, cuando estabas con Javier. No pude evitarlo.

– Pero lo que dije es distinto, Franz. Yo hablaba de jugármela sola. ¿Me entiendes? Sola.

– No puedes. Si obtienes algo, cualquier cosa, es porque antes alguien ha renunciado a ello. Ulrich se negó. Yo estaba en su lugar. Yo era el testigo de lo que él se negó a aceptar.

– Franz, yo no sé quién era Ulrich. Tienes que contármelo todo. Nunca repetiré lo que me digas esta noche, te lo juro, Franz. Es sólo entre tú y yo. Entiéndeme. Yo me arriesgo sola. Eso es lo que le dije a Javier. Ya no depende de ustedes. No sé si es mejor o peor que antes. De repente me va de la patada, quién quita. Tú sabes si me crees: nunca repetiré a nadie lo que tú me cuentes, Franz.

– ¡Franz, Franz, Franz!

La mujer quiso desprenderse del grupo. Extendió los brazos hacia un hombre en otro grupo y el hombre le contestó con tranquilidad mientras otros brazos sujetaban a la mujer:

– Aquí, Teresa. Estoy bien, Teresa, Teresa.

La orquesta tocaba un potpurri de Lehar. Al restauran! Maxim’s de noche siempre voy. Él tararea la letra. Y allí con las grisetas espero el nuevo sol. Loló, Frufrú, Margot. Los guardias formaron a los prisioneros en filas. Desde el Hundenkommando, los perros ladraban.

– ¡En marcha! ¡Libres por el trabajo!

Pasaron en fila sobre el puente de la Fortaleza, bajo el rótulo desteñido por la lluvia, Arbeit macht frei.

Confutatis maledictis

Flammis acribus addictis,

Voca me cum benedictis.

– Es que en Berlín ya no hay espectáculos dignos de ese nombre -sonrió el comandante-. Éste será un intermedio agradable. Todos quedarán contentos. Nosotros, los visitantes y, desde luego, los judíos.

Pero ella supo, y le habría contado a él (si sólo se hubiesen dirigido la palabra) que el decano de la comunidad judía, Epstein, le dijo al conductor Schachter: “Usted nos compromete. Ésta es nuestra gente y van a cantar ante nuestros opresores. Todo esto sólo ha aumentado nuestro dolor. Los enfermos han sido arrojados del hospital. Tanto sufrimiento, sólo para asegurar una representación. No, no está bien. Es una representación en honor de nuestros opresores. Ellos la han pedido. Van a pensar que usted se ha rendido. Usted, un checo. ¿Qué va a hacer si después le ofrecen una medalla por sus servicios? Haga algo. Suspenda el concierto. Haga algo. Yo no puedo. Sólo puedo comunicarle mis dudas”.

Bajo la luz mortecina de la clave, la orquesta de mujeres llegó al gran crescendo y final. El vals giró solitario en la noche helada. Los ciento cuarenta prisioneros eran conducidos al cuarto de recepción. Fueron colocados de cara contra la pared. Una larga fila de espaldas, pero no importaba, las espaldas eran idénticas a los rostros. Veinte espaldas del primer grupo introducido al cuarto desnudo, de paredes amarillas, mientras ciento veinte más esperaban, afuera, en una fila que se prolongaba hasta el puente de la Fortaleza. Las espaldas eran los nombres. Burian lo sabía y los miró detenidamente mientras ellos daban el rostro a la pared. Los guardias recogieron las maletas, los bultos, las cajas que los prisioneros habían dejado sobre el piso. Burian se adelantó a cualquier temblor de protesta y le quitó al viejo su banco de zapatero. El viejo y Burian se miraron y el viejo volvió a sonreír. Burian ordenó y los prisioneros se quitaron los relojes y las medallas, las pulseras, las peinetas, las horquillas, las mancuernas.

– Nombres.

– Marketa Silberstein.

El guardia dijo un número y apuntó en su libreta y Burlan siguió recorriendo las espaldas. El temblor de una oreja descubierta por la cabellera restirada. Él la siente. La recuerda. La sabe. Burian se detuvo.