– David Rosen.
– Seis cinco siete ocho dos.
– Kamila.
– ¿Kamila qué?
– Se apellida Neuberg. Es mi hija.
– Seis cinco siete ocho tres.
Burian se detuvo detrás del joven que apoyaba un brazo contra la pared. La muchacha usa sandalias y es pequeña, También ella apoya la frente contra la pared. Burlan le rozó el hombro y la apartó del muro. Tomó la caja de violín oculta.
Él va a adelantarse. Los mismos ojos verdes. Los mismos huesos duros y altos del rostro. Franz besó lentamente a Isabel; ella le acarició la cabeza.
– Siempre, siempre…
– ¿Qué?
– Alguien tiene que renunciar a algo para que el otro pueda vivir.
– ¿Otro? ¿Quién, Franz?
– Yo. Tú, Isabel. Nosotros. Lisbeth. No sé.
– Habla. Yo te estoy oyendo, güero.
Salieron. Pasaron junto al cuarto de guardia, donde se escuchaba el repiqueteo del teleprinter. Maloth asomó con un fajo de cartas y sonrió al paso de la nueva remesa que iba entrando a la tienda de ropa donde Wacholz medía a cada uno con los ojos y seleccionaba la ropa.
– ¿Judío?
El hombre fuerte y rojizo negó con la cabeza. Wacholz lo miró nuevamente, escogió un pantalón marcado con tres listas rojas y una chaqueta con un triángulo rojo en la espalda. El hombre empezó a desvestirse, se detuvo, miró hacia las mujeres que le seguían. Wacholz se adelantó, le rasgó la bragueta y le bajó el pantalón hasta los tobillos.
– ¿Judía?
– Sí.
Wacholz le dio a la muchacha el batón a rayas con la estrella cosida en la espalda. La muchacha se desviste en silencio. Recuerda algo. Levanta los brazos y se quita las horquillas y el pelo le cae sobre los hombros. Entregó las horquillas. Él observaba desde la puerta, con las cartas entre las manos. Simulaba leer los sobres.
– ¿Judío?
– No. ¡No!
El muchacho se enfrentó a Wacholz con los brazos cruzados y la joven terminó de ponerse el batón rayado y lo miró. Wacholz, mecánicamente, le tendió al joven el uniforme con listas rojas. Burian pasó el umbral y recogió un saco rayado con la estrella amarilla. Miró con burla a Wacholz y le dio la chaqueta de los judíos al joven.
– No es cierto -gritó ese muchacho rubio y pálido que sólo ahora, al desprenderse de la fila para tocar el brazo de la muchacha que permanece inmóvil, revela, al levantar el rostro, los ojos de distinto color: un ojo azul y el otro castaño-. No es cierto. Sólo una tercera parte…
La muchacha era otra.
– …fue mi madre; mi madre creyó que aquí estaría más seguro que en el frente… ella lo inventó para protegerme…
Él la ve, por fin, de frente. Ella no levanta la mirada. No responde a la solicitud de reconocimiento del joven pálido. Baja sus ojos para no ver esos, uno castaño y otro azul, que imploran.
– …diles, cuéntales, te lo conté en el tren… ella inventó que yo era judío para protegerme…
Quiso haberla visto antes, un minuto antes de que entrara a la Pequeña Fortaleza de Terezin y se cambiara de ropa. Ahora era otra; sería siempre otra. Y no lo miraba. No miraba a los hombres. Isabel, no nos miraba más, quizás miraría a Ulrich, a Ulrich sí lo reconocería, Ulrich dijo “No” igual que ella acababa de decir “Sí”, llegaron una noche, tocaron a la puerta, nos despertaron y se llevaron a Ulrich porque Ulrich dijo “No”.
– Te juro que regresé a Praga a buscarla, Isabel.
– ¿Nadie te buscó a ti?
– No hubo tiempo. Me cambié el nombre y me vine a América. Nadie se ocupó de mí. Yo no era un figurón. No servía de ejemplo. Ni me juzgaron ni me condenaron ni me absolvieron. Fueron indiferentes. Yo rehice mi vida con la misma indiferencia. Mi trabajo era tan insignificante. La historia no pasó por mi vida, Isabel.
Cuando él terminó la construcción del crematorio, le esperaba un nuevo trabajo. Los prisioneros ya no cabían en la Fortaleza. Era necesario un cuarto patio. La construcción del nuevo bloque empezó en octubre de 1943 y tomó todo un año: quizás otros te estén buscando ya, Franz, yo no repetiré lo que tú me cuentes, yo no convertiré tu vida en razones, acércate a mí, ¿por qué te alejas?, reconstrúyela, Franz, me hablas de mis ojos y mis pómulos, me hablas de la sangre de Elizabeth, esperaste y nos volviste a encontrar. Acaricia mi cabellera, Franz.
Cruzan el primer patio. Son las once de la noche. Vuelven a formarse frente a la puerta. El barbero, un prisionero griego, está listo. Adentro, hay veinte guardias. Los prisioneros se desvisten. Uno a uno, van entrando a las cinco tinas llenas de gresil viscoso y ardiente, entre gemidos bajos. Todos se frotan los párpados quemados por el desinfectante. Al salir, son colocados de pie contra el muro y el peluquero se adelanta con tijeras y navaja. Luego, rapados, se alinean otra vez contra la pared, ahora tomados de las manos, desconocidos, con los ojos cerrados para no verse unos a otros. El peluquero barre el pelo y lo entrega a un guardia. Todo es aprovechable.
– Claro que nos conviene -rió el comandante-. Es una prueba de la disciplina que hemos logrado y un desmentido a los que nos acusan. Aquí hay arte y libertad.
Brindó durante el banquete y dijo que ésta sería una jornada digna de inscribirse con letras de oro en los anales de la guarnición de Theresienstadt. Luego, el comandante se sentó junto a Eichmann y éste le preguntó por el acto que cerraría las festividades.
– Los músicos de la comunidad judía han preparado un concierto.
– Muy bien. ¿Conoce usted el programa?
– Por supuesto. Aquí no sucede nada sin que yo lo sepa antes.
Construyeron a marchas forzadas el cuarto patio y al año estuvo listo, aunque las celdas no quedaron protegidas contra la lluvia. Él diseñó eficazmente el cuadrángulo con las cinco grandes celdas a la izquierda, con cupo para ochocientas personas. Camas de tablas de cuatro pisos. Tres lavabos y dos excusados. Una ventana. Y las celdas solitarias del lado derecho, con cupo para dieciocho prisioneros: las perreras de Terezin, con los techos planos, el tragaluz y el canal de agua. Y el muro de ejecuciones al final del patio, casi la escena de un anfiteatro. Él diseñó y construyó eficazmente. El Baukommando quedó a cargo del guardia Soukop, al frente de varios centenares de prisioneros judíos. Él no tuvo nada que ver con el equipo de trabajadores. Trabajó todo un año y sus ojos son los de un perseguidor entre los espacios rectos y quebrados, ondulantes y fijos de ese universo artificial, de ese diseño de alambradas de alta tensión que ella atraviesa, al principio, en las mañanas, rumbo a la fábrica IG-Farben en Monovice, bajo la puerta de piedra sobre la cual crece la hierba, como si la Fortaleza fuese un subsuelo, una galería hundida, y de día trata de encontrarla al pasar por la triple crujía de los solitarios en este espacio que debe expresar algo más que la piedra y el ladrillo, donde ella vive y debe, algún día, asomar entre los rostros pálidos, hundidos, rapados, tan alejados y tan similares a un presentimiento y una memoria sin mediaciones, que beben el agua negra y la sopa de hierbas y se reúnen todas las mañanas a las siete en fila antes de salir a los trabajos; busca entre las bocas desdentadas que mascan las papas y las beterragas y entre los cuerpos que se acuestan, desnudos, después de quitarse la ropa empapada que habrán de ponerse otra vez en la mañana: alumbra de noche, con la lámpara en la mano y con cualquier pretexto, los rostros de las reclusas dormidas sobre las tablas y otra vez, de día, cuando se amotinan sin palabras, desnudas, frente al único excusado de la celda y hay ciento veinte mujeres alrededor del único lavamanos y los ojos verdes deben pasar, como los de él, de prisa cerca de estos edificios grises y estos muros cubiertos de escarcha que son signos de algo, que deben dar fe de un orden cualquiera, antes de que se pierda para siempre el rostro recordado: en el dédalo de los muros de ladrillo y las fosas de Iodo y los garajes, en los espades ficticios, sin fondo, teatrales, de las perreras y los baños y los basureros y las enfermerías y los establos. Cada día se borrará un signo más de ese rostro; cada día un rasgo de esas facciones se desprenderá de ella y quedará perdido en un colchón de paja, en una tina de madera, en la negación de una ventanilla tapiada. Gritó bajo la regadera helada. Gritó. La buscó en un mundo que era su propia ficción y que por ello se resistía a cualquier traslado imaginativo; todo Terezin, el campo, el ghetto, debía ser una respuesta de la imaginación libre a la realidad esclava: debía ser una representación en la que él la busca a ella, afiebrado a veces, frío y sometido otras, entre los colchones teñidos y los excrementos pisoteados sobre pisos de concreto y los piojos en las cejas y las pestañas de los niños muertos de tifo y arrojados a las fosas comunes junto al río Ohre, donde los guardias se ponían en cuatro patas a escarbar las bocas de los cadáveres, a extraer con pinzas y cuchillos el oro de las dentaduras antes de que el río se filtrara a las tumbas y los muertos respiraran el agua que no tuvieron allá arriba, en las celdas amarillas y los patios grises de Terezin donde beber era morir. La busca en el jardín de la guardia: algunos prisioneros trabajan cultivando hortalizas; y detrás del puente, a la derecha, donde está la morgue, el pequeño cuarto oscuro sobre una elevación de tierra. La busca entre las criadas checas de la Herrenhaus esa Navidad, cuando todos los oficiales caminaron entre la valla de setos y sobre el sendero de grava con sus regalos bajo el brazo y adentro brindaron con el comandante y admiraron los muebles de laca china y escucharon la radio con las últimas noticias de los frentes y añoraron los paisajes reproducidos en los cromos enmarcados y escucharon música de Wagner. Y en el patio de mujeres azota el fuete contra la bota y les pide levantar los rostros y decir los nombres mientras ellas pintan botas de madera, cosen arcos de soporte para las botas, tejen calcetines para las tropas, limpian los cuartos y las oficinas: Gertruda Schon, Karolina Simon, Teresa Lederova. Está prohibido decir nombres, Señor Arquitecto. Todas tienen su número. Y trató de entrar, delirante, al hospital, antes de que ese rostro se olvidara para siempre, antes de que lo borraran del mundo el gresil y el formol, las inyecciones de agua de mar, los experimentos con el tifo y el trasplante de tejidos, la transformación de rostros y manos y glúteos barajados en este laboratorio donde el universo es vuelto a ordenar libremente, sin límite.