Tomé tu mano, Isabelita, en la confusión de esa galería mal iluminada, para que supieras que ya estaba con ustedes, ahora revelando mi rostro aunque tú, dragona, hincada ante Javier, no te diste cuenta de que ya estaba con ustedes frente al friso de los grillos y sólo Franz, recargado contra él, con los brazos cruzados, inquirió por mí y yo sólo era el heraldo del ruido encajonado, de la música de guitarras eléctricas que avanzaba por los dos extremos de la galería capturada, sin salidas y Javier derrumbado en el polvo, atendido por Elizabeth, no podía entender, y Franz tampoco, tú tampoco, dragona, la música brava, la elegía final de esas voces juveniles que se acercaban, cantando, por las escalinatas gastadas,
The day of wrath,
That day has come, ooh, ooo-ooo-ooooh
And dis-ssss-olves the world in ashes!
Y entraron por los dos extremos de la galería precedidos por el temblor sonoro de su música, por los dos menestreles, el negro con el sombrero de charro y la guitarra eléctrica alejada del tórax, rasgada como un violoncello giratorio, que entró por la derecha, y el muchacho alto con el pelo largo y revuelto y las mallas color de rosa y la chaqueta de cuero con la otra guitarra abrazada, muy cerca del pecho, por la izquierda
Man! What a terror!
Man! When the judge shall come!
y detrás de ellos, los demás; detrás del negro, la muchacha vestida toda de negro; detrás del blanco, la muchacha con los ojos escondidos detrás de los espejuelos Audrey Hepburn, el sombrero Greta Garbo de alas anchas y caídas, la trinchera con las solapas levantadas y el rostro pintado con los tintes pálidos que hacían desaparecer las facciones: boca y anteojos, nada más,