Pop your eyes, death and nature,
Let creation rise and shake…
Y entre todos se abrió paso el joven vestido con saco de tweed y pantalones grises, al que seguía el joven rubio y barbado con pantalones de pana y sandalias,
What did David tell the Sibyl?:
Gonna be no get-away…
Llegaron los Monjes al corazón de la pirámide y al pasar apretaron mi brazo y besaron a Isabel y rodearon a Franz y Ligeia siguió hincada, sin entender, junto a Javier que estaba desmayado o birolo o más fruncido que un drácula a la luz del día, yo qué sé.
Rodearon a Franz.
Y rasgaron finalmente las guitarras, estremecidos y helados, girando las caderas y agitando las melenas, hasta el clímax:
For oh, oh, that day has come,
Gonna be no get-away.
Callaron.
Franz estaba aplastado contra el friso de los chapulines y los Monjes lo rodeaban y estrechaban el círculo con esos movimientos de gato, de semilla encontrada, de movimiento puro hacia los núcleos de alguna nueva totalidad reservada en el peligro, la vida, la muerte o cualquier otra negación anterior, cualquier otro secreto o prohibición anterior a ellos.
Cuando me buscaron y nos pusimos de acuerdo en todo esto, Isabel los llevó a mi casa y los seis se posesionaron en seguida, como si siempre hubieran vivido allí, sobre los tapetes medio tatemados por mis colillas, contra esos muros que otro día fueron azules y añiles. Las copas de tequila hicieron más rodelas en la mesa baja -bueno, también es mesa de trabajo, camaradas- y cuadrada y los cigarrillos -descubrieron, llegando a México, los Faros y algunos, me huelo que el negro y la muchacha pálida, ya le atizaban a la mota- descansaron o murieron aplastados en mis vasijas olmecas. Se pasaron toda una tarde allí, intensos y reposados al mismo tiempo, y primero me preguntaron y les dije en dos patadas, escribo un poco, a veces salgo a manejar un taxi para desorientarme, para recuperar contactos, y así conocí a Elizabeth y Javier. Me sonrojé: tengo algunas rentas, ¿eh?… y todos se rieron porque nadie es beatnik o vietnik sin una familia burguesa y madura que pague los vasos rotos y los ratos vacíos.
Me preguntaron si estaba de acuerdo y dije que a ver, en principio sí, pero como no tenía las razones que algunos de ellos podrían tener, quería que me convencieran, no para la acción, pues yo sería una especie de Virgilio presente y de Narrador futuro, yo no sería, finalmente, activo, sino para enterarme y tener los cabos en la mano y poder garabatear unas cuartillas con letra de mosca. Vaya consolación. Vaya desolación. En realidad, me dio gusto tenerlos allí, en mi caserón medio desnudo, viejo granero de un convento abandonado desde la expulsión de los Jesuitas (?) allá por el siglo xviii (!), tan completamente olvidado que mis incursiones originales, cada vez más audaces, pudieron al fin convertirse en habitaciones permanentes. Ellos también debieron -me imagino- trepar con pena la cerca de nopales podridos, caer de bruces sobre el basurero colectivo en el que los pobres ciudadanos del barrio han transformado lo que, con verdadero sentido de la propiedad, debía ser mi jardín, y llegar a la cáscara escondida entre crecidos arbustos y lánguidas ramas de heno.
Isabel los dejó en la puerta de entrada y se fue.
– Tengo que ir con el Profe a ese rascuache motel donde me lleva. Chao.
Te fuiste, novillera.
Estuvieron de acuerdo. Sólo advirtieron que no me darían sus nombres y por eso los designo por sus características externas y en parte por los papeles que jugaron esa noche. No sé si alguien los recuerda y por eso debo repetir. El Negro con traje de charro: el Hermano Tomás. La Negra, por el color de los pantalones, el suéter y las botas: la Morgana. El Rosa con las mallas de saltimbanqui llamado también la Correosa, de acuerdo con la situación y como se apreciará más adelante. El Barbudo que maneja el viejo Lincoln convertible: El Güero o Boston Boy, que de ambas maneras suele y puede decirse. La Pálida, casi escondida detrás de los espejuelos oscuros, el sombrero de alas anchas y caídas, la trinchera con las solapas levantadas. Y sí, Werner, Jakob Werner, él sí me dio su nombre y hasta impreso en una tarjeta: el joven con el saco de tweed y los pantalones de franela y el portafolio.
El Negro Tomás arrojó por la ventana la nalga de ángel con la que estaba apestando mi hogar -y yo perdonándolo porque, ya les dije, voy para los cuarenta- y dijo lo malo es que no sabemos contestar bien las preguntas, estamos acostumbrados a hacerlas. Y estos personajes son de otra época, hacen frases, dicen discursos y va a ser muy difícil todo esto.
Apoyé la cabeza contra el ejemplar de Rayuela que uso como almohada y le dije entonces vamos a invertir los papeles. Yo, como buen intelectual -ja, ja- latinoamericano, sólo sé hacer afirmaciones grandilocuentes!!! Retóricas, para acabar pronto. Y la Pálida, que se había estado bebiendo sola la única botella de Poire William’s que me queda, y que en el Minimax de la esquina vale una fortuna, se estremeció con un trago y dijo children, no perdamos el tiempo, tengo una proposición mejor. Agitó la botella. No debió hacerlo. Nuestro amigo virgiliano ya nos contó lo que él sabe, la historia de Javier y Ligeia o Elizabeth o como se llame. Agitada, la botella parecía una pinche limonada gaseosa. Ah las apariencias. Cerré los ojos y apreté la lengua contra el paladar. Ahora, a partir de eso, lleguemos a las conclusiones. Vamos haciendo el juicio.
La pera dentro de la botella se zarandeó como un feto barbudo, arrugado, que ya se prendía con sus raíces renascentes al vidrio y al alcohol. Quería convertirse otra vez en tierra. La Negra Morgana puso un disco de los Beatles y al rato todos estábamos bailando y la luz iba desapareciendo y yo no entendía nada pero decidí ser muy paciente. Me habían cortado la luz por falta de pago y convertí la oscura necesidad en agradable virtud: les dije que me gustaba vivir entre puras velas, a lo monje loco.
¿Y el disco?
Debe ser un pickup con pilas. Además, no está girando. Sólo giro yo, que le he pedido a la Pálida (me está gustando esta gringa cachonda) que me enseñe a bailar bien el frug. Todos se ríen mucho y me doy cuenta de que pusieron el disco pero que en realidad el Rosa-Correosa está tocando esa canción, Yesterday, que ellos conocen antes de que la música se imprima o los Beatles la graben. Oh, mis cuates isabelinos. Estamos regresando a los modelos originales. Giro la cadera sin mover los pies, tratando de imitarlos. Pero mi reconocida torpeza no puede competir con el movimiento elegante y salvaje de sus brazos. Yo seré la defensa, dice el Negro: mueve la cabeza como una tortuga de juguete, mantiene las manos clavadas en las bolsas de ese pantalón de charro que usa.
Yo, Franz: el Güero Barbudo ha perdido el rostro detrás de una cabellera pluvial y sus botas taconean el ritmo invisible. La Pálida, que apenas se mueve, que permanece con las solapas levantadas y una pose de alto espionaje, dice yo Elizabeth, Ligeia, Lisbeth, como se llame. Se ríen para decirme que deje de imitar: este baile es pura improvisación y al mismo tiempo es un rito, ahí está lo durazno. Voy a decirles que estamos regresando al modelo olvidado. Los americanos son un ejército de Edgar Alan Poeseurs, con todos los castillos góticos y las oscuras ergástulas que Polyanna y Horatio Alger quisieron cubrir de mermelada y rieles. Los ingleses son Tom Jones y Moll Flanders, con toda la lujuria y los regüeldos que Victoria y Gladstone quisieron cubrir de cricket y de crocket. Los alemanes siempre serán…
Yo el juez, me interrumpe la Negra Morgana, que hace esos pasos maravillosos de pubertad ceremonial. Yo Javier, grita el Rosa por encima del tañer doloroso de la guitarra que le está comiendo las uñas. Jakob coloca la mano sobre el hombro del Rosa, lo aprieta, lo obliga a soltar la guitarra: no la decaída Correosa víbora de la mar, de la mar.
– Yo seré el Fiscal.
Todos caen de rodillas sobre los petates.
Aúllan como coyotes.
Me detengo, solitario, a la mitad de un paso torpe y ya no hay luz en la sala. Los perros del barrio contestan los aullidos. El comején de las vigas es la caspa de este pobre piso astillado. La voz en la oscuridad es la de Jakob. ¿Culpable o no culpable? No hay más respuesta que la de las garruñas de los ratones que salen y corretean, aturdidos por el silencio o el ruido totales. Busco, no sé, con los cerillos en la mano, una vela. Otra mano me detiene y la voz del Negro es inconfundible. ¿Culpable? ¿Atenuantes? Su alma era suya para hacer con ella lo que quisiera. ¿O no? Esa voz que es su propia parodia: grave como Paul Robeson cantando Old man river, pituda como Butterfly McQueen pidiendo perdón a Scarlett O’Hara. Voz de esclavo y rebelde, arrastra légamos dormidos, pájaros asustados, incendios sudorosos: “El acusado sólo tuvo un sueño, un sueño, hombre, y quiso convertirlo en realidad, igual que todos nosotros. Todos nosotros”.