¿Cuál sueño?, grita la Negra Morgana.
Vamos a salir. De noche, las moscas del basurero se retiran y hasta nace un perfume dulce y corrompido de ese cúmulo de hierbas y botellas, vómitos y trapos, tortillas, periódicos, excrementos y calcetines que debemos atravesar. Algo podría utilizarse de nuevo. Esa rueda de bicicleta, por ejemplo. Pero también hay un desperdicio de la pobreza, un lujo de la mendicidad. Nadie puede vivir sin él. No sé de dónde viene el Negro, si de un ghetto del Norte o de una cabaña del Sur. Acá o allá, inventan un ritmo y un decorado consecuente y se salvan. El sueño de los deseos cumplidos, de la unidad recuperada -va diciendo-, el poder total puesto a prueba, a prueba, hombre, expuesto, tirado al ruedo: habla con los párpados ofídicos muy juntos. Pisa la basura con seguridad y delicadeza: éste es su acto único y quiere aprovecharlo, luego se nota. El aroma de todas las dulzuras fermentadas nos embriaga. Nadie entendió. Sí, qué gran sueño, pero qué inútil. Pensar que la vida heroica era posible en nuestros días. Nadie les hace caso. Van a dejarlo hablar. El abogado de la defensa por fuerza dice mentiras y variedades. ¿O no?
Les muestro el camino fácil, pero estrecho, entre dos nopales negros, agusanados, y ya estamos en el callejón frente a la miscelánea y el dueño nunca me ha delatado aunque vivo aquí desde hace doce años. Es muy gente. El acusado vivió ese sueño y pudo comprender su patética grandeza. No sé si es el Hombre Invisible o el Tío Tom. Saludo al dueño de la miscelánea y todos entramos a comprar cigarros y refrescos. La niña de trece años, verde y lacia como un sauce lacandón, pone las cajetillas sobre el mostrador y tiende la mano y el Negro canturrea con su voz de altibajos. ¿Qué diablos fornicados sacrificó el acusado? ¿La música? ¿La arquitectura? Seguro. Pero sin grandeza. Los demás beben Pepsi-Colas sombríamente y la Pálida se persigna frente a la veladora que ilumina la estampa de una Virgen negra, ampona, con lágrimas de cera y ropajes de metal y raso. El acusado quiso destruir un mundo donde no se podía ser músico o arquitecto si no se acepta de antemano que los demás verían su ocupación como algo inútil pero tolerable. La lacandona ríe y se tapa la cara con las manos tiñosas, las manos oscuras manchadas de rosas alegrías enfermas. El Negro habla en inglés, sube y baja, y la niña ríe sin entender. Está en el Minstrel Show. El Negro es Al Jolson: pero en esencial a lo único que importaba, Mammy, acumular dinero y vivir tranquilo, in Alabammy. El padre, el dueño de la tienda, toma el aire afuera, sentado en una silla enana de paja, con respaldo pintado. Un respaldo de flores y patos. Prieto y obeso, respira como un burro o como un océano. Con la conciencia tranquila. Dominando a los demás con las frases de siempre, hay que tener paciencia, hay que ser bueno, sean caritativos, es bueno ser débil, los pobres de espíritu entrarán al reino de los cielos: el Negro está cantando.
El perro aúlla. El tendero le da una patada y los niños del barrio, los rapados descalzos, los overoles grises, dejan de arrojar corazones de durazno a los hoyancos de polvo y empiezan a perseguir al perro, autorizados, ajenos aún a la cantinela exótica y telúrica y folklórica de un Negro vestido de charro que canta un oratorio romancero corrido frío y sin carne que los demás empiezan a acompañar con una imitación del silbido del viento, con un ritmo involuntario de los cuerpos.
Cuenta, hombre, cuenta.
Todos los hombres son iguales. Todos votan periódicamente. Voten, hermanos, voten. Todos son propietarios. Amén. Cuatro hectáreas y una mula sólo para ti. Un salmo que los niños y el patrón no entienden: sólo ven a un charro negro y lo rodean cuando salimos al callejón y dejamos atrás los tristes olores perfumados de las pastillas de orozuz y yerbabuena y los chicles de clorofila y las paletas Mimí. Vamos a caminar, a ver a dónde nos llevan las piernas esta noche. Y marchamos por el callejón como el general Booth rumbo al Paraíso, guiados por el capitán de los santos charros.
El Negro se limpia los brazos con las colas de la camisa de charro y se apoya, abrazándome, para orinar. “¿De qué quieres que me disfrace, hombre? De vaquero allá, de charro acá. Muy sencillo, ¿no?”
Le ofrezco un par de guantes blancos que traigo en la bolsa del saco. Los niños le disparan con las manos. Él clava las suyas en el pantalón ajustado, de listas grises y naranjas y un águila devorando a una serpiente bordadas en las asentadoras. ¡Charros, charros, charros! ¡Cáigase muerto, sietemachos! ¡Un quintito, charronegro! ¡Un quinto para las limonadas! ¡No hay que ser! El Negro se detiene y se abrocha la bragueta: “Derecho a lo que no se posee. Ni riqueza ni vida ni fuerza. El acusado se arrogó su propio derecho. El derecho de barrer con ese mundo”.
El Güero Barbudo cuelga la cabeza y no estamos preparados para su voz, marginal, inesperada, con un cultivado acento de Boston. “No, no fue así. Fue… fue una fatalidad. Me tocó ese tiempo. Yo… yo estaba acostumbrado a cumplir, era mi deber, yo no quise que…”
Los niños dejan de mirar al Negro.
– Yo no quise esos extremos, no los conocía, no supimos nada de eso…
El Barbudo brilla un poco, su barba y su cabellera son más rubias que la noche.
– Yo seguí haciendo lo de siempre, nada cambió para mí, yo soy el mismo de siempre, lo juro…
Los chamacos se codean y guiñan. Un güero. Un gringo güero.
– No, no es cierto lo que dice… yo seguí siendo caritativo, bueno; otros eran héroes en mi nombre; eso sí; quizás les agradecí que yo pudiera seguir siendo el mismo y ellos me hicieran sentirme un héroe sin serlo… Quizás…
La Negra Morgana se planta sobre el polvo, acabadita de salir de un comic-strip. El acusado guardará silencio mientras el abogado de la defensa hace su exposición. Orden, orden. Los bracitos morenos se levantan, los dedos señalan: “Cristo. Cristo. El Güero”.
El Negro Tomás quiere hablar, aparta a los niños. Ah sí, había que vivir dentro de ese sueño del pueblo heroico, de los líderes heroicos, para comprenderlo, y comprender, sobre todo, el asombro…
La cantinela infantil, ¡Cristo, Cristo, el Güero!, se convierte, de dato que fue, en admiración: lo tocan, el Barbudo se retrae, erizado, el Negro entona como un bajo de ópera, el asombro y el dolor de saberse incomprendidos…
El santo, el güero, déjanos tocarte, ven, tóquenlo, métanle mano, es el güero claveteado, Jesusito santo: el Barbudo camina hacía atrás, el acusado quiso crear la última leyenda, la última batalla de los héroes antiguos contra la mediocridad moderna: el Negro habla a carcajadas, tipludo, como un viejo esclavo de plantación, el Barbudo da un traspiés y cae junto a la cerca de nopal y la ventanilla de una casa de adobe se abre y una mujer grita escuincles cabrones qué diabluras andan haciendo, no se metan con los gringos, quihubo, y el Negro ríe, el acusado quiso demostrar que la fuerza del héroe todavía es posible, el acusado quiso crear un mundo heroico para romper todos los mitos confortables del sentido común y la dorada mediocridad y la decencia manifiesta: váyanse, gimotea el Barbudo, déjenme, no me toquen, no dejen que vengan a mí y esconde el rostro entre las manos y en seguida lo revela, con los ojos muy abiertos y los dientes pelados y la melena revuelta y los chicos no gritan, dan un solo paso atrás, como los enanos de Chapultepec, nomás para agarrar vuelo y aventarse el salto mortal de esa cantinela de burla, lero lero candelero, denle por el culo al Güero y la confianza en todos nuestros poderes ocultos, escondidos por los creyentes sin fe, los cómodos ateos y los burgueses bien educados que creen íntimamente en el premio después de la muerte y el Barbudo se pone de pie con un grito salvaje:
– ¡Los perdono, pero los desprecio!
Jakob aprieta su portafolio y le dice que es un cretino, que ése no es su papel, eso no está en el script y el Barbudo se encoge de hombros y explica que acaba de ver el Nazarín de Buñuel pero los chamacos levantan los pedruzcos y empiezan a arrojárselos al Güero y todos corremos sofocados hacia la avenida cercana, el periférico, las luces frías y blancas, de hospital, morgue y marquesina, y los chamacos quedan atrás, al borde del callejón, de su frontera, ni un paso más, tiñosos hijos de su chingada, mocosos barrigones, sangre de lombriz, panzas de amiba, cabezas de tétano. Quédense allí, todos juntos, con los puños levantados, con las piedras apretadas. Pero la voz ahogada sigue cerca de nosotros.
Estamos en una isla del periférico, trepados los siete como náufragos, abrazados sin quererlo, porque si no no cabemos: un paso más y alguno cae y a veces no pasan autos, pero a veces pasan volando, jugando carreras y la Pálida está tan cerca de mí, huelo todos sus maquillajes compuestos y a punto de desflecarse: la huelo como a una playa expuesta al auricidio de su cuerpo afeitado, tatuado invisiblemente por esos cosméticos que chocan entre sí dentro de los enormes bolsillos de la trinchera que usaron Sam Spade y sus hijos Garfield-Bogart-Belmondo. Eso va a regresar -suspiro aquí, apretado, abrazado sin consecuencias a la Pálida – y los melenudos van a desaparecer: dated, fanés, descangallados. Me digo eso y me doy fuerzas. Pero la Pálida no está para leer mi pensamiento y anda murmurándole al Barbudo: