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– Todo está escrito. No hay nada que no haya sido escrito, legado, memorizado en un pedazo de papel. Aquí. Y aquí. Y aquí.

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En los papeles más viejos y en los más reciente, los blancos y los amarillos, los lisos y los arrugados, sobre los que cayeron los Monjes buscando, quizás, las razones que los pusieran en paz, las pruebas de la humillación y la nostalgia, los testimonios de la necesidad y de la gratuidad, las actas de nacimiento y de defunción de nuestras leyendas eternamente representadas. Como si esas razones existieran. Como si lo irracional pudiera explicarse. Como si alguien ganara algo con saber lo que no debe. Ten fe, dragona, porque ese sobre que la Pálida recoge del suelo en tu nombre y como tú, hace tanto tiempo, cuando regresaron a México, rasga y como tú saca la carta, no explicará nada, por más que ella lea en voz alta muy señor nuestro en relación a su atenta del 12 de abril próximo pasado nos vemos en la penosa obligación de comunicarle que por el momento no entra en los planes de esta editorial publicar el manuscrito que le devolvemos adjunto por separado suyos afectísimos atentos seguros servidores. Etcétera. Ni la carta del viejo profesor Maher a Jakob será algo más que una sucesión de letras convertidas en palabras por el Barbudo. Ella nunca quiso a otro hombre. Él juró que la amaría siempre. Me lo dijo aquí, una noche. Yo soy viejo y sé cuándo me dicen la verdad. Él era un joven que amaba esta ciudad, que amaba la música y la arquitectura. Y sobre todo, la amaba a ella. Los viejos nunca nos engañamos. Profesor, no se preocupe por ella. Me lo dijo aquí mismo, una noche. Yo la cuidaré siempre. Yo nunca la abandonaré. Yo le creí, Jakob. Cuando crezcas, podrás leer esto. Yo te di tu nombre y ahora te doy el suyo. Quizás quieras buscarlo algún día. Quizás tu espíritu necesite esa certidumbre. Quizás esta carta sólo te inquiete. ¿Cómo será el mundo en el que tú crezcas? Quizás no quieras recordar estas historias de un tiempo pasado y cruel. Si es así, perdona a un viejo que los quiso mucho a todos. Etcétera. Ni las olvidadas cuartillas del libro de Javier querrán decir otra cosa que ésta leída en voz alta por el Rosa que encontró el tambache jodido en un cajón del baúl, debajo de las tapas rotas, inscritas. La caja de Pandora: ¿Nombre del nombre? ¿Jasón? ¿Argonauta? La naturaleza muere pero sus nombres son idénticos. La flor, el pájaro, el río, el árbol, la cosecha tienen siempre el nombre de la rosa y el colibrí, el Nilo y el pirul, el trigo. Su muerte, su paso, no cambia sus nombres. Los hombres no. Mueren con su nombre. No quieren ser repetibles. No lo son. Pagan caro su singularidad. Yo quiero ser un hombre que siga nombrando a los que me precedieron y a los que habrán de venir. Jasón. Argonauta. Medea. Quiero esto para no tener que aprenderlo todo de nuevo, vivirlo todo otra vez. ¿Orden y progreso? El lema es inhumano y mentiroso. El hombre no progresa. Cada hombre que nace es la creación original. Debe repetir para sí y para el mundo todos los actos antiguos, como si nada hubiese sucedido antes de él. Es el primer niño. Es el primer adolescente. Es el primer amante. Es el primer esposo. Es el primer padre. Es el primer artista. Es el primer tirano. Es el primer guerrero. Es el primer rebelde. Es el primer cadáver de la tierra. Etcétera. Ni el antiquísimo folio podrido que el Negro recoge y hojea y lee en voz alta significa más de lo que empieza a decir después del título y el pie de imprenta, Upsala, 1776. En 1703, un mago y charlatán que se llamaba a sí mismo el doctor Caligari sembró el terror y la muerte, de aldea en aldea y de feria en feria, a través de su obediente siervo, el Sonámbulo César. Etcétera.

Son las cartas y los libros que una pareja de amantes jóvenes escribieron para matar el tiempo en un vapor de la Lloyd-Triestino, antes de la guerra. Son una diversión de horas largas en el mar, papeles guardados en los cajones de un mundo vacío. Aquel viejo hebreo me lo vendió barato. La policía lo había sorprendido espiando en los excusados públicos. Era un voyeur, como tú y yo. Me dijo que no podía resistir la tentación. Que iba a vender todo muy barato y luego desaparecería. Era experto en desapariciones. Ofreció regalarme los violoncellos y los sombreros de copa, los manequíes de costura y las carrozas fúnebres que tenía amontonados en ese desván de un viejo palacio de la calle de Tacuba, al fondo de un patio desnudo con una fuente sin agua, detrás de un pórtico de piedra dúctil y caprichosa sostenido por unas patas de felino gigante.

– Yo, Jakob Werner, nacido en el año cero, condeno a Franz Jellinek, nacido hace dos mil años.

Empiezo a reír, dragona. No sé si los seis monjes están infectados por lo mismo que condenan. Te juro que ya no sé si sus desplantes teatrales son auténticos o si son la caricatura de la vida que les atribuyen a ustedes. Sólo sé que las razones no son convincentes. Y que yo soy el Narrador y puedo cambiar a mi gusto los destinos. Ellos avanzan hacia la puerta. Yo les cierro el paso sin dramatismo, con desenfado.

– No me convencen. Es más: me pelan los dientes.

Pero ellos no me escuchan o parecen no escucharme. Siguen avanzando, entonan otra vez sus letanías.

– Cambió el curso de las estrellas.

Quisiera reírme de ellos, decirles que me han mentido. ¿No han dicho que se la juegan solos? Han dicho que aceptan la vida y que todos, de alguna manera, somos culpables. Quisiera, pero sólo imagino a Isabel -te imagino novillera-, en el abrazo de Javier en un motel del camino a Toluca.

– Arrojó hacia atrás los tiempos del mar.

Avanzan vibrando, bailando, alucinados, desde el fondo de mi cámara oscura, mientras yo les opongo la razón: entonces perdónenlo y recuerden que también amó y aspiró:

– Mató la fruta en la semilla.

Atrás, atrás, leones, fieras, si tuviera más látigo que las palabras, hoy no daña a nadie, el tiempo lo ha perdonado, Javier es peor, yo digo y decido que Javier merece todos los castigos mil veces más: ésta es una novela policial y ha llegado la hora del que la hace la paga y no deben pagar justos por pecadores.

– Quemó los labios del niño con la leche materna.

Y Javier está con Isabel en una cama fría y la Pálida no es mía, nunca será mía y es todo lo que deseo esta noche.

– Ascendió a los cielos para corromperlos.

¿Qué creen, que me di por vencido? Un momento. La sala está demasiado oscura. Los siento avanzar pero no los veo. Debo pensar rápido. Ah qué las tunas. Ese beso maldito se lo dio a su falso amante. Al juez trató de seducirlo A su falso esposo lo insultó con todos los compromisos de un amor largo y acostumbrado.

– Descendió al infierno para redimirlo.

Pero hoy no daña a nadie. El tiempo lo ha perdonado. Creo esto. Pero si quiero seducirla, no debo decirlo. Jakob debe ser el amante de la Pálida. Cómo la acarició. Con qué ternura la protegió y la condujo cerca de la chimenea. Jakob debe ser el rival.

– Atrajo el sol para que consumiera la tierra.

Voy a enterrar mis dudas. Ella no me aceptará si me muestro débil. Al rato les diré que tienen razón. No lo perdonaremos para que más tarde pueda existir el perdón. Perdonarlo sería negar el perdón.

– Ordenó a la luna que arrojase fuego.

Sí, más tarde les diré que no lo perdonaremos porque no merece la muerte. Cree haberla comprado con veinticinco años de buena conciencia. Javier y Elizabeth han mantenido su infierno. Él no. Franz cree haberlo evadido. Vamos a demostrarle que se equivocó.

– Ordenó al aire que arrojase veneno.

Ya no les impido el paso. Me pego a la pared y les permito descender por la escalera de caracol. Trato de distinguir, al tacto, sus presencias, al olor. Quisiera detener a la Pálida y tocarla. Explicarle. Preguntarle, ¿qué hizo Franz?, ¿qué les importa? Ahora no. Ahora conozco la respuesta, cerca de los cuerpos veloces de los seis monjes que bajan por la escalera de caracol sin decirme lo que quiero entender. No importa lo que haya hecho. Es lo viejo. Debe morir. El ciclo ha terminado y lo nuevo debe nacer sobre los despojos de lo viejo. ¿Qué hizo Franz, por favor? ¿Qué hizo Franz? Debe decirlo una carta o un libro que no leímos en alguno de los cajones que no se abrieron. Son demasiados cajones. No tenemos tiempo.

No supe o no pude pedir más para detenerlos, dragona. No quise pedir más, es la puritita verdad. Me venció el entusiasmo de una participación y la conciencia de que voy que chuto para la cuarentena. Yo iba a ser joven con ellos, dragona. ¿Tú no hubieras hecho lo mismo que yo? Íbamos a prolongar nuestra juventud. Y a ganarnos la vida que de repente es el único recuerdo que nos queda de nuestra muerte original.

Pero ésta era sólo mi razón. No era la de ellos. Yo nada tenía que ver con esas seis calcomanías pegadas a la portezuela del Lincoln al que regresamos, dispuestos a agotar la noche. Cada calcomanía era una suástica. Cinco estaban cruzadas ya, como las insignias que en los aviones de combate llevan la cuenta de los enemigos derribados. Ahora las señalaron. Cada ángel vengador de éstos dijo un nombre:

– El Obsercharführer Heinrich Krüger. Organizó los transportes AAH para vengar la muerte del Protector de Bohemia y Moravia.