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La casa de Hananel estaba llena de agitación. Se hacían preparativos para una fiesta. Pasaban hombres cargados con cestos de fruta. Olía a cordero asado.

Crucé la puerta y encontré al viejo esclavo que me había recibido la vez anterior.

– Escucha -le dije-, no quiero molestar a tu amo en un día así, pero tienes que darle un recado de mi parte, te lo ruego.

– Con mucho gusto lo haré, Yeshua. Ven, entra. El amo está radiante de alegría. Rubén ha vuelto a casa sano y salvo, esta misma mañana.

– Di a tu amo solamente que he venido, y que le deseo toda clase de felicidad. Y dile que espero una palabra suya sobre el asunto del que hablamos. ¿Lo harás por mí? Díselo, es todo lo que te pido. Recuérdaselo cuando puedas.

Salí de la casa antes de que el esclavo pudiera protestar, y no había recorrido aún la mitad del camino a Nazaret cuando me encontré a Jasón.

Venía a caballo, algo poco habitual, tal vez la montura que había alquilado para el viaje desde Cesárea. De inmediato desmontó y se acercó a mí.

Y sin más me dijo:

– Ese hombre está loco. Cómo puede hacer algo así a su propia hija, encerrarla y dejarla morir de hambre. Sólo por pensar en una cosa así merece la muerte.

– Lo sé -dije. Y le conté sucintamente que Hananel de Cana había escrito a los familiares de Abigail de distintos lugares-. Y ahora estamos esperando la respuesta. -¿Adonde vas? -me preguntó.

– A casa -dije-. No puedo importunar a ese hombre en el día del regreso de su nieto. He dejado un mensaje. Es todo lo que podía hacer.

– Bueno, yo me dirijo a comer con ellos -dijo Jason-. El viejo en persona mandó a buscarme. Procuraré que lo recuerde. Le diré algo si veo que está cegado por el regreso del nieto.

– Jasón, sé prudente. Ha enviado cartas en su favor. No llegues como una tormenta a su casa exigiéndole nada. Alégrate de que te haya invitado a una fiesta bajo su techo.

Jasón asintió y dijo:

– Bien, quiero que me lo cuentes todo, lo que hicieron aquellos bandidos a Abigail. La arrastraron por el suelo boca abajo, según me ha contado mi tío… -¿Qué importa ahora? -repuse-. No puedo hacerlo ahora, revivirlo todo.

Sigue tu camino. Ven a verme mañana y te contaré lo que quieras saber.

A última hora de la tarde llegaron a casa Menahim y Shabi, y casi todos los jóvenes que se habían ido con ellos. La casa se llenó de discusiones y reproches. Tío Cleofás estaba furioso con sus hijos José, Judas y Simón. Ellos aguantaron el chaparrón en silencio, pero sus miradas y sonrisas furtivas decían a las claras que se sentían partícipes de una hazaña espléndida.

Santiago habría azotado a Shabi, pero su mujer Mará le detuvo.

Yo desaparecí.

Fuera de la casa de Shemayah, Isaac el Menor y Yaqim miraban ceñudos la puerta que no se abría. Ana la Muda subía la cuesta desde el mercado con una pequeña cesta llena de fruta y pan. Me miró como si no me conociera. Llamó de una forma que era sin duda una señal, y la puerta se abrió. Pude ver la cara severa de la vieja criada antes de que la puerta se cerrara de nuevo de un portazo.

Subí la calle y bajé luego la colina hasta el arroyo. Era ahora tan poca el agua que fluía desde los aljibes que el lecho del arroyo estaba gris de polvo, como todo lo demás. El sol arrancaba aquí y allá chispazos súbitos de los lugares donde el agua corría aún, profunda, secreta y lenta.

Fui hasta el aljibe, y me lavé despacio las manos y la cara.

Luego subí a la arboleda.

Estuve un rato arrodillado y rogué al Señor por Abigail. Me di cuenta de que estaba llorando, y sólo poco a poco se me ocurrió que llorar en ese lugar era perfectamente adecuado. Nadie podía verme, a excepción del Señor. Así que finalmente lloré sin trabas de ninguna clase. «Padre que estás en los Cielos, ¿cómo ha podido ocurrir esto? ¿Cómo es que esa muchacha sufre siendo inocente, y cómo ha podido mi torpeza empeorar aún más las cosas?»

Por fin cayó sobre mí el agotamiento, un agotamiento casi dulce porque expulsaba de mi interior la ansiedad, y me dejé caer sobre el blando lecho de hojarasca.

Doblé el brazo debajo de mi cabeza como almohada y me dejé ir sin esfuerzo hacia el sueño.

No fue un sueño profundo. Fue una especie de amable mezcolanza de los suaves sonidos que me rodeaban, el crujido de las hojas recién caídas y el susurro de las que el aire agitaba sobre mi cabeza. Pronto ya no pude oír mi propio corazón. Acariciaban mi olfato dulces fragancias. Medio en sueños me maravillé de que, en medio de una terrible sequía como la que padecíamos, cosas minúsculas, cosas fragantes, siguieran brotando al sol y a la sombra, y de tenerlas a mi lado. ¿Pasó una hora? ¿O fue más tiempo?

Sentí un hormigueo, el hormigueo del hombre que tiene que ponerse en pie para estar de vuelta en casa antes de que oscurezca. Pero en realidad no llegué a ser consciente de él.

Me di la vuelta. Una pequeña colección de sonidos me había despertado, algo que no era habitual en ese lugar, ¿o era el aroma? Un perfume suave y delicioso.

Un perfume caro.

No abrí aún los ojos; no quería sacudir del todo la red de sueño que me envolvía, porque temía que el sueño no volviera. Y qué hermoso era flotar sencillamente allí, intentar definir aquel aroma penetrante, y luego rememorar, en algún rincón escondido de mi mente, dónde había captado antes aquel olor incitante… En las bodas, cuando se derramaban las ánforas de nardos al paso de los novios.

Abrí los ojos. Oí el roce de vestidos. Sentí algo suave y pesado sobre mis pies descalzos.

Me volví y me incorporé a toda prisa, aturdido. Un manto oscuro había caído sobre mis pies, y sobre él un velo negro. Lana fina, lana cara. Intenté sacudirme el sopor. ¿Quién estaba aquí conmigo, y por qué?

Alcé la mirada, frotándome los ojos para alejar el sueño, y vi a una mujer de pie ante mí, una mujer recortada contra el centelleo del sol entre las copas de los árboles.

Su exuberante cabello estaba suelto. Relucía el oro de la orla de su túnica, en su garganta y en el ruedo de la falda; un brocado de oro, ancho y rico. Y de su cabello y de sus vestidos emanaba aquel perfume irresistible.

Abigail. Abigail vestida de boda. Abigail, con la cabellera suelta y flotante, resplandeciente a la luz. Lentamente la luz definió la larga curva suave de su cuello, y sus hombros desnudos bajo el brocado de oro. Su túnica estaba desceñida. Las manos, relucientes de anillos y brazaletes, colgaban a los costados.

Toda aquella belleza resplandecía en la penumbra del bosque como si fuera un tesoro descubierto en secreto, dispuesto para ser revelado sólo en secreto.

Y entonces desaparecieron los últimos vestigios de sueño y tuve plena conciencia de que ella había venido allí conmigo y estábamos los dos solos.

Durante toda mi vida había vivido en habitaciones abarrotadas, y trabajado en talleres abarrotados y en lugares abarrotados, y caminado de un lado a otro en medio de multitudes, y entre mujeres que eran hermana, tía, madre, prima, hijas o esposas de otros, mujeres veladas, mujeres amortajadas, mujeres tapadas hasta el cuello y con las cabezas cubiertas, mujeres envueltas en mantos o adornadas con lazos y nudos entrevistos apenas un instante en las bodas de los pueblos detrás de los velos que las cubren hasta los pies.

Estábamos solos. El hombre en mí sabía que estábamos solos, y el hombre en mí sabía que podía tener a esta mujer. Y todos los incontables sueños, los sueños torturados y las torturadas noches de negación, podían desembocar ahora en la no soñada suavidad de sus brazos.

Rápidamente, me puse en pie. Recogí el manto y el velo de lana que ella había dejado caer, y se los tendí. -¿Qué estás haciendo? -pregunté-. ¿Qué idea loca se te ha metido en la cabeza? -Coloqué el manto sobre sus hombros y cubrí su cabeza con el velo oscuro. Abroché su túnica-. Estás fuera de ti misma. Tú no deseas hacer esto.