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22

Cuarenta días y cuarenta noches. Es el tiempo que permaneció Moisés en la cumbre del Sinaí.

Es el tiempo que esperó Elías hasta que el Señor habló con él.

– Señor, lo he hecho -murmuré-. Sé también lo que esperan ellos de mí.

Lo sé muy bien.

Mis sandalias se caían a pedazos. Hice más nudos en las correas de los que podía contar. La vista de mis manos quemadas por el sol me incomodaba, pero en mi interior reía. Volvía a casa.

Montaña abajo, hacia el desierto reverberante que se extendía entre mí y el río que aún no podía ver.

– Solo, solo, solo -cantaba.

Nunca había sentido tanta hambre. Nunca había sentido tanta sed.

Despertaron como en respuesta a una decisión mía.

– Oh sí, cuántas veces lo deseé fervientemente -canté para mí mismo-.

Estar solo.

Y ahora estaba solo, sin pan, sin agua, sin un lugar donde reposar mi cabeza. -¿Solo?

Era una voz. Una voz familiar, la voz de un hombre familiar por su timbre y su tono.

Me di la vuelta.

El sol estaba a mi espalda, de modo que la luz no me hirió los ojos y lo iluminó con toda claridad.

Era más o menos de mi estatura e iba vestido con elegancia, con prendas más hermosas y ricas incluso que las de Rubén de Caná o Jasón… más parecidas al atuendo del rey. Llevaba una túnica de lino con una orla bordada de hojas verdes y flores rojas, y cada capullo relucía recamado en hilo de oro.

La orla de su manto blanco era de un brocado todavía más ancho y más rico, hilado como los mantos de los sacerdotes, con flecos de los que colgaban pequeños cascabeles de oro. Las sandalias llevaban hebillas metálicas relucientes. Y ceñía su cintura con un grueso cinturón de cuero tachonado con clavos de bronce, como el de un soldado. Y también colgaba a su costado una espada en su vaina adornada con incrustaciones de joyas.

El cabello era largo y lustroso, de un bello tono castaño oscuro. Y del mismo color eran sus ojos risueños.

– Mi pequeña broma no te ha divertido -dijo cortés, con una graciosa reverencia. -¿Tu broma?

– Nunca te miras en un espejo. ¿No reconoces tu propia imagen?

La alarma sacudió mi rostro y luego toda mi piel. Era mi duplicado, excepto por el hecho de que yo nunca me había vestido de esa manera.

Dio un pequeño giro sobre sí mismo en la arena, de modo que yo pudiera percibir mejor su atuendo. Me fascinó la expresión -o la falta de expresión- de sus grandes ojos entornados. -¿No crees -me empezó a decir- que tengo cierta obligación de recordarte lo que eres? Ya ves, me he enterado de tu manía particular. Tú no te consideras a ti mismo un simple profeta o un santón como tu primo Juan. Tú crees ser el Señor en persona.

No contesté.

– Oh, ya sé. Tenías intención de mantenerlo en secreto, y muchas veces consigues ocultar bastante bien lo que piensas, o al menos así me lo parece. ¿Pero aquí, en este desierto? Sabes, con frecuencia sueles hablar en voz alta.

Se acercó más, y alzó el borde de su manga para que yo admirara mejor el brocado, las hojas puntiagudas, las flores carmesí.

– Por supuesto no quieres hablar conmigo, ¿no es así? -dijo con una ligera mueca despectiva. Se parecía a mí cuando me hacía el desdeñoso. Si alguna vez me lo había hecho.»Pero sé que tienes hambre, un hambre horrorosa. Tanta hambre que estarías dispuesto a comer cualquier cosa. Lo cierto es que ya estás devorando tu propia carne y tu propia sangre.

Me di la vuelta y empecé a alejarme.

– Ahora, si eres un santo de Dios -dijo, y se colocó sin esfuerzo a mi lado y caminó a la par conmigo, mirándome a los ojos cuando yo volvía la vista hacia él-, y olvidemos por el momento esa manía tuya de creerte el Creador del Universo, en ese caso sin duda podrás convertir estas piedras, cualquiera de las que hay por aquí, en pan caliente.

Me detuve y percibí el inconfundible aroma del pan caliente. Podía sentirlo en mi boca.

– Eso no habría sido un problema para Elías -dijo-, ni para Moisés, por descontado. Y tú aseguras ser un santo de Dios, ¿no es así? ¿El Hijo de Dios? ¿Su Hijo muy amado? Bueno, hazlo. Convierte las piedras en pan.

Miré las piedras un momento, y luego volví a caminar.

– Muy bien, pues -dijo, y al caminar para mantenerse a mi lado tintinearon con suavidad los cascabeles de su manto-. Aceptemos como cierta tu manía.

Eres Dios. Ahora bien, según tu primo, Dios puede convertir estas piedras en hijos de Abraham, estas piedras o cualquier otra piedra, ¿no? Pues entonces, convierte estas piedras en pan. Lo necesitas con bastante urgencia, ¿verdad?

Me volví hacia él y me eché a reír.

– «No sólo de pan vive el hombre -le contesté-, sino de todo lo que sale de la boca de Dios.»

– Ésa es una traducción literal bastante deficiente -me dijo con un suave meneo de su cabeza-, y si me permites indicártelo, mi piadoso y engañado amigo, tus vestidos no se han conservado durante estos cuarenta días tan bien como los de tus antepasados durante los cuarenta años que erraron en el desierto, y ahora mismo tienes el aspecto de un mendigo andrajoso que muy pronto va a quedarse descalzo.

Volví a reír.

– No importa -dije-. Yo sigo mi camino.

– Muy bien -repuso él cuando me puse de nuevo en marcha-, pero es demasiado tarde para que entierres a tu padre. Ya lo está.

Me detuve. -¡Oh, vamos, no me digas que el profeta cuyo nacimiento estuvo acompañado por tantas señales y maravillas no sabe que su padre, José, ha muerto!

No contesté. Sentí un nudo en el corazón y procuré reprimir mis lágrimas.

Miré la extensión arenosa.

– Dado que al parecer eres como mucho un profeta a tiempo parcial -prosiguió con la misma voz tranquila, mi voz-, déjame describirte la escena.

Fue en la tienda de un recaudador de impuestos donde exhaló su último suspiro, y entre los brazos de ese recaudador, imagínatelo, aunque su hijo estaba sentado a su lado y tu madre le lloraba. ¿Y sabes cómo pasó sus últimas horas? Contando al recaudador de impuestos y a todo el que quería escucharle lo que podía recordar de tu nacimiento… Bueno, ya sabes, la vieja canción del ángel que se apareció a tu pobre madre aterrorizada, y el trabajoso viaje a Belén para que tú pudieras llegar berreando a este mundo en plena tormenta, y después la visita de ángeles de las alturas a unos pastores, entre todos los hombres posibles. Y esos potentados, los Magos; también le habló al recaudador de impuestos de su venida. Y luego murió, en pleno desvarío, podría decirse, aunque de forma muy apacible.

Bajé la mirada al suelo desértico. ¿Estaría aún muy lejos el río? -¡Lloras! ¡Vaya, fíjate, estás llorando! -dijo- No me esperaba una cosa así. Esperaba que te avergonzaras de que un varón tan justo haya muerto en brazos de un ladrón respetable, pero esas lágrimas me desconciertan. Después de todo, tú te largaste y dejaste que el viejo se las arreglara solo en mitad del río, ¿no es así?

No respondí.

El se puso a silbar entre dientes una tonadilla como las que uno puede silbar o tararear mientras camina, y en efecto, dio toda una vuelta caminando a mi alrededor mientras yo seguía sin moverme.

– Bueno -dijo tras pararse frente a mí-. Eres un hombre de corazón tierno, ya es algo para empezar. ¿Pero un profeta? No lo creo. En cuanto a esa manía de que tú has creado el mundo entero, vaya, déjame recordarte lo que sin duda ya sabes: una pretensión parecida me costó a mí el puesto que ocupaba allá arriba, en la corte celestial.

– Me parece que lo embelleces demasiado -dije. Mi voz estaba aún cargada de lágrimas, pero las secaba el viento abrasador del desierto.

– Ah, ahora me hablas sin citar las Escrituras, con tus mismas palabras. -Río, una imitación perfecta de mi risa anterior, y me dirigió una sonrisa cálida, casi hermosa.» ¿Sabes?, los santos casi nunca me dirigen la palabra. Escriben larguísimos poemas campanudos en los que yo salgo hablando con el Señor de la Creación y El hablando conmigo, pero ¿ellos mismos, los escribas? En cuanto oyen mencionar mi nombre, gritan y salen corriendo despavoridos.