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Había aparcado el coche en un callejón sin salida. Estábamos en Puente Castro y tuve que sujetarme al brazo de mi tía para disimular mi leve temblor de piernas. Con enorme serenidad me señaló, a unos doscientos metros, el lugar aproximado donde calculaba que se encontraba la tapia de los fusilamientos.

– Ahí los colocaban -dijo, sin que su voz sufriera la menor alteración.

– ¿Estás segura? -pregunté.

Me dirigí hacia ese muro invisible para sentir el dolor más cerca, pero me costaba trabajo despegar los pies del suelo. Es angustioso no controlar el cerebro y ver cómo se desborda la imaginación. Caminé con cuidado sobre el césped. Me esforcé en hacerlo con naturalidad, pero tropecé torpemente al llegar a ese burdo vestigio histórico que formaba un montículo de piedras. Algo me decía que mi madre nunca había vuelto a ese lugar. Había estado allí antes de que fusilaran a mi abuelo, porque me había hablado de las divertidas fiestas de Puente Castro y de las amigas que vivían por allí, probablemente en las casas bajas de tejado rojo. Quise acercarme hasta la esquina para leer el nombre del carteclass="underline" «Calle de la Alegría». Es hiriente recordar con ese nombre el sitio de los fusilamientos. Quizá los vecinos se hayan negado a hacer un monumento conmemorativo y prefieran olvidar la sangre derramada en el polígono de tiro. En general, nadie quiere habitar sobre las ruinas de la desolación.

– A tu abuelo le hicieron un consejo de guerra y, después de tres meses de tortura en la cárcel, le fusilaron contra la tapia que había ahí -dijo mi tía señalando con el dedo-. A otros les pegaron sin más el tiro en la nuca. No sé qué fue peor.

– Mamá me contó que el primer cadáver que vio en el río era de un chico que ella conocía.

– No me acuerdo, ya no me acuerdo de casi nada -respondió Olvido en homenaje a su nombre.

– Rodrigo me dijo que traían aquí sólo a los que iban a ser fusilados.

– No me gusta ni Rodrigo ni su familia. El padre era un canalla. ¿No te lo he dicho?

– Sí, sí me lo has dicho. ¿Es cierto que los traían aquí? -repetí para esquivar que la conversación se centrara en Rodrigo.

– También llevaron a muchos a la azucarera y… A los que les daban el paseo los tiraban al río o a los pozos, que en todas partes se encontraron cadáveres. Los dos primeros años en León hubo muchas matanzas. Se cebaron con nosotros. No quiero ni acordarme de las penalidades que sufrimos.

La mayoría de la gente prefiere olvidar el pasado. En teoría, yo también. Las circunstancias, sin embargo, me obligaban a reconstruir mis padecimientos infantiles de una manera perniciosa. Me sorprendí a mí misma con semejante actitud masoquista. De todos modos, no estaba sufriendo tanto como me había imaginado. En realidad, apenas estaba sufriendo.

– Aquí ya no hay nada más que ver -remató mi tía muy resuelta.

Se desprendió de mi brazo y dio media vuelta. Se encaminó hacia er coche con las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Yo no quería marcharme todavía, pero no me atrevía a pedir a mi tía que se quedase.

– ¿Nos dará tiempo a pasar por la casa de la calle Astorga? -le pregunté.

– Si nos pilla de paso… ¿Para qué quieres ir?

– Para ver la casa familiar -le contesté sin demasiada convicción. Quizá para imaginar la última mirada de mi abuelo en libertad.

– Como quieras, hija, pero vámonos ya.

– Y también quiero ir a Pola de Luna un día de éstos.

– Pues irás tú sola. Yo no te acompaño, desde luego. No se me ha perdido nada por allí.

Ya me ha dicho que no me lo piensa contar, pero, por algún motivo que desconozco, Pola de Luna le trae malos recuerdos. Es muy terca y es inútil preguntarle. Volvió a soplar un viento desapacible. Eran las cinco y media de la tarde y ya se habían encendido las farolas. Atravesamos de nuevo la explanada y mi tía se metió apresuradamente en el coche.

No pronunció palabra durante el trayecto. Sólo me pidió que quitase la música. Era un fado y le parecía demasiado triste.

Viver vida sera ter esperança.

Viver morte sem morrer.

Ver muns olhos de criança.

A vontade de crescer.

– ¿Sabes si todavía vive alguno de los que mataron al abuelo? -le pregunté a bocajarro.

– Que yo sepa, sólo el delator, al que le fueron las monjas con el chivatazo. Era un falangista que trabajaba en la compañía.

– ¿En qué compañía?

– En la misma en la que trabajaba el abuelo. En la de los Caminos de Hierro del Norte, ahí abajo, en la estación…

– ¿Le conoces?

– Sólo de vista. Es un cabrón. Por cierto, era muy amigo del padre de Rodrigo. Se llama Valeriano del Valle y, según contaban, también estuvo en el pelotón de fusilamiento. Tiene cáncer. Se está muriendo. El otro día me encontré a Agustina y me lo dijo.

9

En aquella tarde fría y solitaria me senté en el crucero de la plaza a contemplar la fachada de San Marcos. Quedaba poca gente en la calle. Estaba a punto de anochecer y el cielo enrojecía por poniente. Soplaba un viento fresco, pero iba bien abrigada y podía permanecer un buen rato a la intemperie sin pasar frío. Me sentía cómoda con mi bufanda de vicuña color cereza, un enorme jersey de lana gris que casi no dejaba ver la falda larga, muy amplia, y mis cálidas botas negras. Me envolví en la suavidad de la bufanda y, mientras se oía el tañido de las campanas de la iglesia, fui consciente de que no tenía ni idea de cómo empezar a escribir la historia de mi abuelo. Quizá fuera el momento de darme por vencida. Entonces pensé en los versos de Salinas:

Lo que nos queda palpita

en lo mismo que nos damos.

(…)

¡Darte, darte, darnos, darse!

No cerrar nunca las manos.

No se agotarán las dichas,

ni los besos, ni los años,

si no las cierras. ¿No sientes

la gran riqueza de dar?

La vida

nos la ganamos siempre,

entregándome, entregándote.

Al recordarlos, me puse mucho peor. ¿A quién podía entregarme en tan penoso estado? La gente se harta de prestarte el hombro. Te dan un plazo para llorar. El que cada uno estime oportuno, pero no se puede rebasar, porque si lo haces, te abandonan. Un duelo dura un tiempo determinado, no debe prolongarse más allá de lo razonable. ¿Y qué es lo razonable?, me pregunto. Ahora te obligan a superar la tristeza con muchas prisas. Da igual que estés afligida por la muerte de tu padre, una enfermedad, un divorcio, una traición, una infidelidad o porque te den pena los inmigrantes africanos. No se puede estar triste ni entregarse a la desdicha. La gente huirá de ti o te recordará la cantidad de métodos que existen para combatir cualquier clase de fatalidad: medicinas, psicoterapia, consejeros espirituales, gurús, libros de autoayuda, cursillos en vídeo, clases de yoga, balnearios, páginas de Internet… Te conminan a pedir ayuda a un profesional, porque tú sola no eres capaz de salir del agujero. Se convierte casi en un desafío.

Te dicen al principio: «No creas que estás dejada de la mano de Dios. Todo lo contrario. Sólo que los comienzos son duros, muy duros, no te lo negamos. Tu sentir es real, tu problema es real, pero puedes acelerar el proceso de curación. Obliga a tu mente a distraerse. No hay nada peor que estar a solas todo el día con tus pensamientos. No te exijas demasiado, no aguantes más de lo que puedas, no hagas nada que te incomode en exceso y, sobre todo, no estés sola. Usa y abusa de los que te queremos».