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Curioso y más que curioso, le hubiera gustado decir cuando llegó frente a la casona; y es que, igual que en el País de las Maravillas, algo que anteriormente no existía, después surgía de repente o cambiaba de aspecto. Por ejemplo, estaba segura de haber transitado ese mismo camino en numerosas ocasiones sin lograr descubrir la mansión. Tantas veces repitió la experiencia que llegó a convencerse de que la casa debía estar en otro sitio. ¿Cómo es que Eri había dado ahora con ella?

Con ademán gentil, el hombre la ayudó a evadir las altas yerbas de la entrada y, juntos, sortearon la maleza que se derramaba sobre la tierra opulenta y oscura. Todo continuaba inalterado: las ramas de los álamos se entretejían para cobijar el jardín, la verja colonial seguía apuntando hacia las nubes, y el vago rumor de las risas recordaba una fiesta de duendes en la espesura del bosque. Ahora, sin embargo, no llegaron a la puerta. Se desviaron hacia un sendero custodiado por un muro vegetal que iba y venía describiendo curvas y ángulos. El camino era un enigma. Podían verse las torrecillas de la casa por encima del amasijo de plantas, pero la visión era irregular. A veces parecían dirigirse a ella; a veces parecían alejarse. ¿Iban hacia allí o buscaban otro rincón del jardín?

Gaia sintió unos latidos en su cabeza. Cada vez que su memoria luchaba por sacar a flote algún recuerdo, sus sienes palpitaban dolorosamente… Finalmente el sendero los condujo a la mansión. En su interior volvían a multiplicarse las galerías de techos neogóticos, las lámparas como estalactitas, los vitrales de colores violentos y los corredores atestados de siluetas que parecían escabullirse furtivamente entre los ecos.

Gaia pensó que sus sienes estallarían y, de pronto, la presión se hizo insostenible: un laberinto. Eso eran la casa y el jardín: laberintos. Creta en La Habana. La posibilidad de hallar un Minotauro hambriento o enamorado. Laberintos. Internarse en un sitio perdido, a orillas del lago Moeris. Egipto en el Caribe. Centros iniciáticos de múltiples significados. ¿Cuál sería el de la casa? Quizás sus pasajes enmarañados sirvieran de protección. Eso decían en la antigüedad. Los laberintos se construían para salvaguardar el culto que se albergaba en su centro. De esa manera ningún espíritu malintencionado podría penetrar su secreto. Pero los laberintos tenían otra función: preparaban el alma en la iniciación de los misterios.

Comprendió por qué no había podido memorizar los pasadizos. Aquella casa no estaba hecha para visitantes. Más bien, existía a prueba de profanadores. Penetrar allí era olvidar el raciocinio y aprestarse a conocer demonios propios. Sus recovecos imitaban el caos primordial, la inconsciencia de los deseos, el abrigo incierto de la matriz. Cada porción de su territorio la alejaba del mundo y la protegía de él; pero aquella protección era un arma de doble filo porque la dejaba inerme y desorientada, expuesta a los vaivenes de seres invisibles con los que ni siquiera lograba comunicarse -criaturas ciegas y sordas a sus súplicas-. Ya podía gritar, clamar sus iras, pedir ayuda, que nadie la escucharía. En el laberinto quedaba aislada. Estaba en el centro del mundo, pero lejos de él. Era como vivir una maldición.

Iba pensando todo aquello mientras observaba los hombros de Eri, perfectos y difusos en la penumbra. Lo seguía pese al miedo, porque era peor quedarse sola en esa marejada de senderos que parecía un nudo gordiano sin solución.

El perfume estallaba en las fuentes, anegando la mente de brumas. Salvo algunas siluetas que escaparon hacia las sombras, no vio a nadie. Trató de no preocuparse. Era un juego, le había asegurado Eri la primera noche; pero aquello no dejaba de asustarla. Nada parecía seguro en aquel duelo de voluntades.

Su guía empujó una mampara que los separaba de un aposento, donde una rolliza matrona llenaba cuencos de cerámica. Las paredes del local parecían bañadas en espejeante azogue. Doquiera que Gaia miraba, las superficies esmeriladas le devolvían su imagen, como ocurre en esos tradicionales laberintos de feria.

– Vamos a ensayar algo distinto -susurró él, haciendo un ademán a la escanciadora.

La mujer abandonó su tarea para acercarse a un arcón tallado con bajorrelieves, cuyo contenido estuvo revolviendo unos instantes. Gaia no pasó por alto aquel mudo entendimiento: era evidente que buscaba algo acordado de antemano. ¿Se trataba de un servicio que la doña prestaba a cualquier huésped o era resultado de un acuerdo exclusivo? ¿Era ella la primera mujer que él traía a esa casa o ya habría venido con otras?

Un amasijo de gasas se desparramó sobre el suelo y Gaia supo que esos atuendos estaban destinados a transformarla. ¿Con qué objetivo? Ni siquiera intentó adivinar. Ya sabía que sus pretensiones agoreras nunca daban resultado. Era preferible aguardar, en vez de lanzarse a una descabellada aventura imaginativa.

Poco a poco, como una princesa que está siendo ataviada para una boda donde cada detalle equivale a la seguridad del reino, fueron escogidas sus ropas. Primero los zapatos, de tacón tan alto que hacían peligrar el equilibrio; después un corsé apretadísimo que afinaba su cintura y daba a sus caderas una aguda prioridad visual. Tras aquel martirio de cordones tirantes, le tocó el turno a una falda transparente. El corpiño de escote bajísimo sirvió de apoyo a las cumbres rosadas. Por último, le ocultaron el rostro bajo un velo.

Ella se dejaba hacer, fascinada por la imagen que le devolvían los espejos. Su voluntad parecía haberla abandonado, aunque al menos era consciente de ello. No pudo dejar de pensar que su actitud era consecuencia de alguna droga… o tal vez ya se había rendido a la emoción del juego. Pensarlo no hizo más que inquietarla. Por un lado, su mente razonaba con total lucidez; por el otro, su cuerpo respondía con un automatismo expectante que la obligaba a acatar cualquier orden. ¿Le atraía el peligro, después de todo, o quizás su sensación de invalidez ante aquel hombre? ¿Acaso la posibilidad de vivir otra realidad que no existía más que en su imaginación?

Cuando terminaron de vestirla, se contempló en un espejo. Sus pechos desnudos, asomándose sobre tanto velo y tanta seda, le otorgaban un aspecto decididamente cretense.

– Imagen inocente y apetecible -Eri tomó un pedazo de soga para atarle las muñecas-, especial para esta noche en que la mansión pertenece a los servidores de Oyá.

Gaia no se sorprendió mucho por esa coincidencia entre sus pensamientos y las últimas palabras de su amante. Tal vez fuera su propia mente quien inventaba todo ese universo…

Cerca de la puerta, aguardaban dos enanos negros en andrajos; uno de ellos le entregó al hombre un trozo de tela con el que éste le vendó los ojos. Primero tuvo que batallar con el velo. Decidió quitárselo momentáneamente para poder dar una doble vuelta a la gasa. Antes de que el velo volviera a cubrirle el rostro, sintió los labios de su amante y la humedad empalagosa de su lengua.

– No creas que te he perdonado la fuga -susurró él.

Ella siguió el sonido de las pisadas, conducida por los enanos que murmuraban en su lengua de pigmeos. A Gaia se le antojaron un par de güijes como esos que, según las leyendas, habitan en las lagunas y los riachuelos de Cuba.

El cuarteto marchó hacia un ala de la casa donde las risas eran menos frecuentes y los ecos estallaban como las olas de un maremoto. Allí, el silencio se convertía en una entidad que a ratos se estremecía con la rotura de una telaraña.