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– ¡Llevas rosas amarillas! -soltó Olivia.

– Déjanos ver tu mano izquierda -le pidió Greer.

Piper extendió su mano para que pudieran examinarla. Sus dos hermanas que quedaron asombradas por el tamaño y belleza de la perla.

– ¿Cuándo os casasteis?

Piper tragó saliva.

– Ayer.

– Ayer fue uno de febrero- murmuró Greer.

– ¿Dónde? -preguntó Olivia.

– En la oficina del señor Carlson. Ambas sonrieron.

– ¡Debes de estar bromeando!

– No. No podéis imaginaros lo divertido que fue.

Lo siguiente que hizo fue contarles todos los detalles hasta que las tres estallaron de risa por la actitud patriarcal que el señor Carlson tenía hacia ellas. Aquello proporcionaba a Piper una maravillosa tapadera para ocultar la horrible verdad de que su marido no estaba enamorado de ella. Pero una vez que las risas hubieron amainado, Piper creyó oportuno cambiar de tema.

Estudiando las caras de sus queridas hermanas, les dijo:

– Ninguna de vosotras parece todavía estar embarazada.

La audaz observación de Greer le tendió una trampa.

– Por el momento, tú tampoco.

«Sonríe Piper. Sonríe para que Greer no pueda sospechar que algo extraño ocurre aquí».

– Por lo menos sabremos que mi bebé sería el último en llegar. La cuestión es, ¿cuál nacerá primero? ¿El tuyo o el de Olivia?

Greer continuaba mirándola fijamente, haciendo que Piper se sintiera cada vez más incómoda.

– Nunca creí que pudieras perdonar a Nic.

– Ni yo tampoco -añadió Olivia en tono serio-. Si no recuerdo mal dijiste que era tu peor enemigo. A menos que os hayáis estado citando a espaldas de todo el mundo, debes admitir que celebrar vuestra boda al día siguiente de finalizar el período de luto de Nic, resulte un poco extraño.

Piper necesitaba decir algo que despejara las sospechas de que se había casado con él por alguna otra razón distinta al amor. No quería que ellas supieran lo cerca que los primos Varano habían estado de ser asesinados en Cortina y mucho menos que, hasta que Lars fuera arrestado, aún seguían en peligro.

Piper miró a sus hermanas.

– Tengo algo que confesaros.

– Adelante -dijeron al mismo tiempo.

– El pasado agosto fui a un psiquiatra. Él me ayudó a ordenar mis sentimientos.

Greer frunció el ceño.

– ¿Desde cuándo las trillizas Duchess necesitan un psiquiatra?

– Desde que una de ellas se queda sola -respondió en voz baja-. Con la ayuda del doctor Arnavitz me di cuenta de que estaba descargando mi furia sobre Nic. En realidad, estaba sufriendo por haberos perdido a vosotras, chicas.

– ¡Pero no nos habías perdido! -se burló Olivia.

– Sí lo hice. Y fue horrible. Cuando finalmente supe de dónde provenía la mayoría de mi dolor, me di cuenta de que había estado castigando a Nic por haberme rechazado. El castigo no le hacía justicia al crimen. La única razón por la que me rechazó fue porque se había comprometido a guardar luto y estaba dispuesto a cumplirlo. Cuando fui capaz de razonarlo, pude ver que es un hombre noble y ésa es una cualidad que siempre admiré en papá.

Al mencionar a su padre, los ojos de todas ellas se entristecieron por un momento.

– El doctor Arnavitz me dijo que tuviera paciencia y que si los sentimientos entre Nic y yo eran verdaderos, entonces Nic haría algo por ellos una vez que el período de duelo hubiera llegado a su fin.

Era aterrador ver con qué facilidad las mentiras salían de sus labios pero, al fin y al cabo, Piper estaba respondiendo a sus preguntas con la mejor intención.

– Así que decidí tomar su consejo y me empleé a fondo en mi trabajo y en otros nuevos proyectos y ya podéis imaginaros qué pasó después. Nic voló a Nueva York un día para verme -Piper hizo una pausa para dar énfasis-. Eso era por lo que había estado rezando todo el tiempo.

Esto último se lo dijo Piper muy silenciosamente a sus hermanas. El temblor de su voz era cien por cien genuino. Ese pequeño sonido pareció satisfacer por el momento la curiosidad de sus hermanas, porque cada una de ellas la agarraron de un brazo y la condujeron hacia en interior de la villa.

Greer las hizo detenerse en medio del elegante vestíbulo en el que Piper ya había estado antes.

– La familia se encuentra en el salón. Eres consciente de que esta noticia va a impactar al padre de Nic, ¿no?

Ella asintió.

– Gracias a Dios que la familia Robles no está invitada a la fiesta -susurró Olivia.

– Nic me ha pedido que, cuando lleguemos a Marbella, establezca amistad con Camilla y su familia.

Ambas hermanas arquearon las cejas.

– Buena suerte.

De repente, Piper se sintió impulsada hacia los brazos de Max.

– Bienvenida a la familia, bellísima. No sólo has hecho a nuestro primo tremendamente feliz, sino que has salvado dos matrimonios.

– Max tiene razón -replicó Luc besándola en ambas mejillas-. Tenerte de vuelta quizá haga que nuestras mujeres por fin se asienten y nos presten atención, para variar.

Piper le dedicó una pícara sonrisa.

– Mis hermanas deben de haberos prestado algo de atención, puesto que ambos estáis esperando un bebe -dijo bromeando para ocultar su agonía.

En ese mismo instante un par de manos masculinas se deslizaron por detrás de sus hombros, acariciándolos con insistencia.

– Estoy deseando recibir la misma atención de tu parte.

Nic había murmurado aquellas palabras lo suficientemente alto para que los demás lo oyeran.

– ¡Vamos al salón para que pueda empezar la fiesta de cumpleaños de Max?

– Yo haré los honores.

Luc rodeó a su mujer con un brazo y abrió las enormes puertas francesas que conducían al salón. Max y Greer los seguían. Tras ellos Nic acompañaba a Piper mientras ella se preparaba para la prueba a la que iba a ser sometida.

Desde el vestíbulo divisó a las tres parejas de padres vestidos de gala además de a la hermana de Max y a su marido, que estaban sentados en el salón, magníficamente decorado. Estaban conversando y tomando unos cócteles. La única persona que faltaba era César, el hermano de Luc, que según le había contado Nic estaba entrenando para competir en el Gran Prix de Inglaterra.

– Atención todo el mundo -al oír la voz de Luc, todo el mundo dirigió la mirada hacia él-. Nic ha llegado a tiempo para la celebración, pero no ha venido solo. Regresa casado de su viaje a Nueva York.

El palpable silencio que sucedió al inesperado anuncio no molestó a Piper en absoluto. Lo que sí lo hizo fue la mirada de asombro del señor de Pastrana. Sus facciones patricias parecían haberse solidificado. Dolor, sorpresa, furia eran algunas de las emociones que brillaban en sus oscuros ojos. Era un momento sobrecogedor que Piper no olvidaría en toda su vida.

La madre italiana de Nic fue la primera en levantarse y recorrer el salón para abrazar a Piper. El resto de los invitados la siguieron enseguida.

– Por fin Niccolo nos trae una nuera. No puedo creerlo. Bienvenida a la familia.

Sus cálidos ojos marrones reflejaban un afecto verdadero que hizo sentirse a Piper un fraude total. A pesar de ello, cuando recordó por qué había accedido a casarse con Nic pudo recuperar las fuerzas.

– Llevo amando a su hijo desde hace tiempo, señora d Pastrana.

– Llámame María.

Nic puso el brazo alrededor de los hombros de Piper. Su calor hacía que sus huesos se derritieran.

– Ella me robó el corazón a bordo del Piccione, mamá.

– Ya lo veo. De ninguna otra forma luciría la perla de la familia. ¿Te ha contado Nic su historia?

Piper parpadeó.

– Sólo sé que es herencia de la familia y tengo miedo de perderla.

Su comentario hizo que todo el mundo se agrupara a su alrededor para reírse. Inesperadamente Piper se vio rodeada de gente que le mostraba su afecto, y eso la alivió. Todos, excepto el padre de Nic, ya le habían dado la bienvenida a la familia.