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Nic puso la maleta de Piper sobre la cama de matrimonio. En cuanto a la cama, era otra de las cosas sobre las que tenían que hablar. ¿Cómo harían para dormir? Lo que acordaran tendría que ser algo infalible para que los empleados no levantaran habladurías.

Cuando Piper se dio cuenta de que Nic aún permanecía allí, murmuró:

– Disfruta de tu baño en la piscina.

– Claro. Si cambias de idea, te estaré esperando.

Ella no respondió a su comentario, pero sus palabras hicieron que el cuerpo de Piper empezara a temblar.

Cuando hubo hecho algo de espacio para sus cosas en los cajones del aparador y en el armario, Piper escuchó el sonido de un chapuzón proveniente de la piscina. Ella podía imaginarse su musculoso cuerpo haciendo largos como un torpedo.

Sintiendo la necesidad de mantener las distancias, se apresuró a colocarlo todo para poder ir a la biblioteca y llamar a Don.

El santuario de Nic era diferente del resto de la casa. La gran habitación estaba forrada, de suelo a techo, de libros a los que podía accederse por medio de una escalera volada.

Piper perdió la noción del tiempo estudiando los cientos de títulos impresos en lenguas que él dominaba.

Aquél era el santuario de todo un erudito. Había mapas y todo tipo de gráficos por doquier.

Tras recordar finalmente lo que la había llevado hasta allí, se sentó en el taburete regulable al lado de su nueva mesa de dibujo y su lámpara de pie. Ambas piezas habían sido colocadas frente a una de las ventanas para obtener la máxima luz posible.

Piper agarró su nuevo teléfono móvil. Debajo había una nota. La caligrafía era tan bonita que Piper supo que tenía que ser de Nic.

Piper,

Este es tu nuevo número de teléfono. El primer número que he programado en el móvil ha sido el mío, seguidos del de Greer y el de Olivia.

El dueño de la villa de Marbella era meticuloso y no dejaba nada al azar.

Después de jugar un ratito con el móvil para ver cómo funcionaba, hizo una llamada a Nueva York. Por desgracia, saltó el contestador automático de Don. Piper le dejó su nuevo número y le dijo que intentaría contactar con él de nuevo al día siguiente.

Sus hermanas tampoco contestaron, así que también les dejó su nuevo número. Antes de salir de la biblioteca se paseó por el área de trabajo de Nic, justo enfrente de la otra ventana.

Al lado de un ordenador de tecnología punta había libros y boletines legales cubriendo toda la superficie de la mesa. El escritorio era enorme y estaba hecho en madera de caoba. Junto a el había una igualmente impresionante silla de cuero acolchada de marquetería e incrustaciones metálicas en la madera que recordaban al Imperio otomano.

Un pequeño marco, la única fotografía en todo el escritorio, llamó su atención. Era una fotografía fascinante de Nic y sus primos montados a caballo dirigiendo a un caballo de carga. No deberían de tener más de veinte años y todos ellos lucían barba.

Con el pelo tan largo los primos Varano parecían montañeros que hubieran estado alejados de la civilización durante bastante tiempo. Parecían encantados.

Piper agarró el marco para examinar la fotografía más de cerca. Aun siendo jóvenes y con ese aspecto desaliñado, tenían una presencia abrumadora. El dolor la abrasaba viva al pensar en todas las mujeres a las que Nic habría amado en aquellos años. Piper no tendría más de catorce años cuando aquella fotografía fue tomada.

¿Habrían visto sus hermanas aquella fotografía? Obviamente significaba algo importante para Nic. Si no. no la tendría en su escritorio.

– Fue tomada en Alaska. Fuimos en busca de oro.

Al oír la voz de Nic, Piper volvió a dejar la fotografía en su sitio y retrocedió, avergonzada por haber sido descubierta recreando su mirada en él.

– Como si no tuvieras suficientes tesoros en casa -se burló de él-. Pero tengo que reconocer que, al menos, intentaste encontrarlo con el sudor de tu frente. ¿Hubo éxito?

Justo entonces ella lo miró y vio que se había puesto unos pantalones de color tostado y un polo de color granate. Su sonrisa hacía que cambiara el ritmo de la respiración de Piper.

– No. El caballo que cargaba con nuestros bártulos se asustó por un relámpago y salió despedido montaña abajo. Estuvimos dos días buscándolo hasta que lo encontramos. Entonces vino el mal tiempo y tuvimos que posponerlo. No teníamos comida. Debimos de perder al menos cuatro kilos cada uno.

Piper se rió.

– Sin duda, guardas la foto como recuerdo. Algunas veces, cuando todo va mal, uno se da cuenta de que ésos son los mejores viajes.

– ¿Es ésa tu forma de decirme que tu viaje a bordo del Piccione, después de todo, no fue un desastre?

El calor empapó su cara.

– ¿Qué viaje? -respondió para tratar de ocultar el hecho de que él había leído su mente con asombrosa precisión-. ¿Te refieres al viaje de ida a una cárcel italiana? ¿O a la vez en que fuimos secuestradas y nos mantuvisteis cautivas en nuestro camarote? ¿O quizá te refieres al día que nos escapamos en las bicicletas que nos acabábamos de comprar para ser llevadas de vuelta al embarcadero?

Él encogió sus anchos hombros.

– Esas fueron decisiones vuestras. Nosotros estábamos dispuestos a cumplir cada uno de vuestros deseos. ¿Por qué no admites que os encantaba ser perseguidas al igual que a nosotros nos encantaba ir tras vosotras? -añadió con voz suave.

Ella lo miró fijamente.

– ¿Estás loco? Nos metisteis miedo. ¡Nos estábamos jugando la vida! Tendrías que ser una mujer para entenderlo, pero como no lo eres…

Nic soltó una gran carcajada.

– No, mi esposa. Le doy las gracias al cielo cada noche por no serlo.

Piper apostaba que así lo hacía, especialmente si iba a utilizarla a ella como tapadera mientras que él se escabullía para estar con la mujer que amaba y con la que, supuestamente, no podía casarse.

¿Desde cuándo? Hasta entonces él le había mostrado que era lo suficientemente maquiavélico para conseguir lo que quería, cuando quería.

Nic era igual que Luc y Max. Los tres eran leales a sí mismos.

Incapaz de tolerar el pensar que pudiera estar viéndose con Consuelo o cualquier otra, se dirigió hacia la puerta.

– ¿Dónde vas?

– Tengo que ducharme y lavarme el pelo.

– Paquita nos servirá la comida en la terraza cuando estés lista.

– Ve tú y empieza a comer sin mí. Probablemente tardaré en secarme el pelo.

– Te traeré un adaptador para el enchufe.

El comportamiento de Nic empezaba a recordarle al pasado mes de junio, cuando él y sus primos complacían todo lo que ella y sus hermanas pedían.

Tan pronto como Piper llegó al baño, Nic apareció tras ella. Enchufó el adaptador en el interruptor y después dirigió su penetrante mirada hacia ella.

Ambos estaban vestidos, pero Piper se sentía ridículamente vulnerable estando tan cerca de él. Presa del pánico, salió del baño hacia el dormitorio donde había más espacio. Allí había aire para respirar.

– En cuanto a cómo dormiremos esta noche… -comenzó Piper.

– ¿Si? -dijo suavemente Nic tras ella.

– ¿Cómo vamos a hacer para que los empleados no sospechen de nuestra situación?

– Dormiremos cada noche en la misma cama. Simplemente, no haremos el amor.

En aquel momento Piper sentía fiebre. Aún le daba la espalda.

– Eso no formaba parte de nuestro acuerdo.

– Permíteme que difiera. Cuando te convertiste legalmente en mi esposa, dormir conmigo estaba implícito en el contrato. Se pueden levantar sospechas incluso entre los empleados más leales. Si te hace sentir más segura, puedes usar mi ropa interior térmica y mi equipo de esquiar para dormir.

Antes de salir de la habitación, se detuvo en la puerta.

– Tengo que admitir que me alegra saber que no roncas. Que yo sepa, las pocas mujeres con las que he mantenido relaciones tampoco se han quejado de mí en ese sentido.