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– Entonces, ¿es una mujer casada? -preguntó sin poderlo evitar.

– Sí.

– Así que tu situación es desesperada.

– Parece que sí.

Piper apretó los puños.

– Cuando el caso esté cerrado y retomes tu vida, al menos podrás ser capaz de encontrar a alguna otra persona.

Su sensual boca hizo una mueca cruel.

– No quiero a ninguna otra persona.

– ¿Ella siente lo mismo por ti?

– Sí.

– Entonces, ¿por qué ella no trata de hacer algo?

Piper se dio cuenta de que su pecho subía y bajaba.

– Porque le hice daño.

– ¿Fue algo imperdonable?

– Si ella nunca se acerca a mí por voluntad propia, entonces creo que tendré mi respuesta.

Piper agitó la cabeza confusa.

– Pero si existe una mínima esperanza para vosotros dos, ¿por qué me dijiste que querías consumar nuestro matrimonio?

Nic apretó la mandíbula.

– Porque estoy cansado de esperar a que mi vida empiece. El sacerdote dijo la verdad al decir que ya no soy ningún niño. El peor pecado en esta vida es no haber vivido, ¿no crees?

– ¿Es así como realmente te sientes? ¿Crees que aún no has comenzado a vivir?

Ella estaba horrorizada.

– No en la forma que mis primos viven su vida ahora.

O sus hermanas, quienes no habían sido más felices en toda su vida.

– Según mi psiquiatra, no hay nada como el amor verdadero. Él piensa que al menos existen unas veinte personas adecuadas de las que una persona puede enamorarse. El truco está en dar con ellas. Puesto que fuiste educado para cumplir con tu obligación, nunca tuviste oportunidad de buscar novia. Las perspectivas habrían sido bastante excitantes.

Después de aquel comentario, Piper agarró la taza vacía de su mano y se marchó hacia la cocina para que no pudiera ver que lo que había dicho acerca de no querer a ninguna otra persona había sido un nuevo puñal que había clavado en su corazón.

Piper permaneció abajo e hizo las camas. Después se quitó los anillos para fregar la cocina y el baño. Cualquier cosa con tal de permanecer alejada de él hasta que hubiera echado el anda.

Ya que no quería estar al lado de Nic y crucificarse a sí misma, se puso otros pantalones vaqueros limpios y un top de algodón para ir a la cuidad.

Cuando subió de nuevo a cubierta encontró a Nic tumbado en una hamaca. Se había quitado la camisa y permanecía con los ojos cerrados mirando hacia el sol.

– ¿Nic? Bajo a tierra. Probablemente no vuelva hasta esta tarde.

– ¿No quieres que te acompañe? -le preguntó sin ni siquiera abrir los ojos para mirarla.

– Si quieres… pero probablemente haga más bocetos.

– En ese caso iré a buscarte cuando me canse de mi propia compañía.

Aburrido de su propia compañía. Cansado de la vida. ¿Acaso la última de las trillizas Duchess no lo ayudaría a aliviar esos sentimientos?

Gracias pero no, gracias.

Media hora más tarde Piper llegaba a la parte medieval de la cuidad y empezaba a dibujar. Aquello la ayudaba a mantener la mente ocupada durante el día. Alrededor de las seis empezó a tener hambre y decidió parar a comer algo antes de regresar al barco.

Cuando se disponía a bajar por una de las calles que conducían hasta el puerto, Piper escuchó que alguien la llamaba, pero juraría que había oído decir Olivia.

– ¡Espera!

Cuando miró hacia atrás vio a un hombre de pelo rubio oscuro de unos veintitantos años dando saltos en dirección a ella.

– ¿No te acuerdas de mí? -le preguntó con un marcado acento que bien podría ser austríaco o alemán.

– Soy Erik.

Los ojos azules de él la estudiaban sin descanso.

– Habría jurado que eras la americana rubia que jugó conmigo y con mis amigos al frisbee en la playa el verano pasado. Mi amigo Lars se disgustó mucho cuando no quisiste venir a la discoteca con nosotros.

«¿Lars?»

Piper tragó saliva.

Aquél era el lugar en el que Olivia había dicho verlo. Olivia les había contado que había estado con un grupo de croatas y alemanes. Todo encajaba.

Su corazón se precipitó por el miedo.

– Quizá estés hablando de mi hermana. Nos parecemos bastante. Ella vino a Cinque Terre en agosto del año pasado a bordo del Gabianno.

Él se golpeó en la frente.

– ¡Ése era el nombre! Lars estuvo buscando el barco durante meses, pero no pudo encontrarlo.

Piper se estremeció. Si Luc no hubiera cambiado el nombre al pintarlo…

– ¡Menuda coincidencia!

– Sí. ¿Está ella contigo?

– No. Yo estoy aquí por asuntos de negocios. ¿Qué hay de ti?

– Mis amigos y yo trabajamos como tripulantes de una compañía de alquiler de barcos llamada La Spezia. Vivimos aquí entre trabajo y trabajo.

¿Acaso aquel alemán sabía que Lars era un asesino? Quizá Erik fuera uno de los hombres implicados en el robo de la colección de joyas de María-Luisa. También era posible que Lars viviera allí. Piper tenía que descubrirlo lo antes posible.

– Vives en el paraíso.

Él sonrió.

– Nosotros también lo creemos. ¿Qué tipo de negocios te trae a Monterosso?

– Soy artista. Mis dibujos aparecen en calendarios en Estados Unidos.

Erik dirigió la mirada hacia su cuaderno de dibujo.

– ¿Puedo echar un vistazo?

– Si quieres… -dijo, acercándole el cuaderno. Al ir pasando las páginas silbó.

– Eres un genio. Debes de ganar bastante dinero.

– No me va nada mal. Gracias.

– Aún no me has dicho tu nombre.

– Me llamo Piper.

Después él le devolvió el cuaderno y ella comenzó a caminar hacia el puerto. Erik la acompañaba, Piper podía sentir como sus ojos la evaluaban.

– ¿Cuánto tiempo vas a estar en Monterosso?

Piper no quería parecer estar ansiosa por conocerlo, pero tampoco quería que descubriera que el Gabianno había sido remodelado y ahora se encontrado atracado allí mismo.

Seguro que en ese momento el guardia de seguridad habría contactado con Nic para decirle que había sido asaltada por un extraño.

Improvisando rápidamente, dijo:

– Esta misma noche tomo un tren hacia Portofino. Allí me alojo en el Splendido.

– Bonito sitio pero, ¿por qué no te quedas aquí? Podríamos pasar juntos un rato divertido.

– Eso suena muy bien, pero quiero tomar fotos del puerto de Portofino a primera hora de la mañana y después trabajar todo el día haciendo bocetos, así que esta noche debo irme pronto a la cama.

– Entonces, ¿qué me dices de mañana por la noche? Le diré a Lars que traiga a una amiga. Los cuatro podremos salir por ahí a divertirnos.

El vello del cuello se le había erizado.

– Me encantaría. ¿Por qué no te reúnes conmigo en la piscina del Splendido a eso de las siete?

Llegaron a la estación de tren. Erik le puso la mano alrededor de la cintura para ayudarla a tomar asiento. Aquella libertad que se había tomado le erizó la piel.

Para el alivio de Piper el revisor le dijo que el tren para Portofino llegaría en cinco minutos. Incapaz de librarse de él, Piper tenía que soportar su compañía hasta la salida de la plataforma.

– Más tarde nos encontraremos con otros amigos en un yate privado.

Piper tuvo que esforzarse para evitar temblar.

– Eso suena muy excitante. Mi trabajo no me deja mucho tiempo libre para salir y conocer gente.

– Entonces tendremos que hacer que la ocasión sea memorable.

No había duda de que tenía intención de hacerlo. El tren parecía no llegar nunca.

– Nos vemos mañana por la tarde, Erik -le dijo alejándose de él para subir las escaleras junto a otros viajeros.

– Ciao, Piper.

Encontró asiento en mitad del vagón. Erik permanecía allí fuera sonriendo a través de la ventana, obligándola a saludarlo. En el mismo instante en que el tren salió de la estación, Piper agarró su teléfono móvil.