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– ¿Después de nueve años?

Cleo se dio la vuelta en la cama, alejándose de él, y se quedó mirando a la pared.

– Aunque sea ella, cosa que dudo…

Cleo permaneció callada.

Él le acarició la espalda y ella se alejó más de él.

– ¡Cleo, por favor!

– ¿Qué soy yo? ¿Algo con lo que entretenerte hasta que encuentres a tu esposa desaparecida?

– Claro que no.

– ¿Estás seguro?

– Absolutamente.

– No te creo.

Capítulo 44

En la pantalla del ordenador del Multimillonario de Tiempo había un software que había programado él mismo. Mostraba relojes analógicos para ciudades en todos los husos horarios del mundo. Ahora la estaba mirando.

– Haciendo inventario -dijo de repente en voz alta, y el chiste le arrancó una sonrisa.

Por la ventana, veía que el amanecer comenzaba a iluminar el cielo de la ciudad de Brighton y Hove. Eran casi las cinco aquí en Inglaterra. Las seis en París. Las ocho en San Petersburgo. Las once en Bangladesh. La una de la tarde en Kuala Lumpur. Las tres de la tarde en Sydney.

Aquí la gente pronto empezaría a despertarse. Y en Perú se irían a la cama. Todo el mundo estaba supeditado al sol, excepto él. Él se había liberado. Ya no le importaba si era de día o de noche, si las bolsas del mundo estaban abiertas o cerradas, o los bancos, o lo que fuera.

Y tenía que agradecérselo a un hombre.

Pero ya no estaba resentido. Había guardado todo eso en otra caja, que era su pasado. En la vida había que ser positivo, tener objetivos. Había encontrado una página en internet que hablaba de cómo vivir más años. La gente que tenía objetivos vivía más, así de simple. Y para aquellas personas que alcanzaban sus objetivos… Bueno, ¡a su esperanza de vida le tocaba el gordo! ¡Y ahora él había conseguido dos metas! Poseía aún más tiempo, para despilfarrar en lo que quisiera.

Una espiral de vapor se elevaba de la taza de té a su lado. English Breakfast con un poco de leche. Cogió la cuchara y removió el té siete veces. Era muy importante para él remover el té, siempre, siete veces.

Centrando su atención de nuevo en el ordenador, introdujo la orden para abrir otro programa que había creado él mismo. Nunca le había satisfecho ninguno de los buscadores de internet -ninguno era lo bastante preciso para él-. Todos devolvían la información en la secuencia que querían ellos. El suyo, que enlazaba con los principales buscadores y exploraba en ellos, le conseguía rápidamente todo lo que quería.

Y en esos momentos, quería el manual de taller original de un Volkswagen Karmann Ghia del 66.

Luego se chupó el dorso de la mano derecha. El dolor empeoraba, la sensación punzante se acentuaba; aquel dolor le había despertado y después le había impedido volver a conciliar el sueño. Tampoco le gustaba demasiado dormir. Vio una ligera hinchazón alrededor que parecía afectar al movimiento del pulgar, aunque bien podían ser imaginaciones suyas. Y aún le escocía el pecho.

– Zorra -dijo en voz alta.

Entró en el baño, encendió la luz, se desabotonó la camisa, se abrió la parte delantera y arrancó el esparadrapo. Hacía unas horas una uña del pie larga le había marcado el pecho con aquel arañazo reciente, con sangre coagulada, de más de dos centímetros y medio.

Capítulo 45

Poco después de las cinco de la mañana, Roy Grace se marchó de casa de Cleo, situada en una urbanización vallada moderna en el centro de Brighton, cerrando la puerta tan silenciosamente como pudo y sintiéndose fatal. El cielo del amanecer, un gris oscuro veteado con líneas carmesíes borrosas, tenía el color de un cadáver humano congelado. Algunos pájaros comenzaban a cantar con un trino indeciso, emitiendo gorjeos solitarios, rompiendo brevemente el silencio de la mañana. Señales a otros pájaros, como señales de radio hacia el espacio.

Tembló, mientras pulsaba el botón rojo de salida en la verja de hierro forjado, y salió del patio a la calle. El aire ya estaba calentándose y prometía ser otro día de verano abrasador. Pero en su alma llovía.

No había pegado ojo.

Durante los dos últimos meses de su relación, él y Cleo nunca se habían levantado la voz. En realidad, esta noche tampoco. Sin embargo, durante las últimas horas, mientras él daba vueltas en la cama, percibió que algo había cambiado entre ellos.

El alumbrado de la calle aún estaba encendido, resplandores naranjas inútiles que cada farola proyectaba sobre la luz de la mañana que invadía rápidamente la ciudad. Un gato atigrado cruzó sigilosamente la calle delante de él. Pasó por delante de una hilera de coches, vio una Coca-Cola en la alcantarilla, un charco de vómito, una caja de comida china. Dejó atrás el MG azul de Cleo, cubierto de rocío, y llegó a su Alfa Romeo, menos cubierto de rocío. Estaba aparcado en el que se había convertido en su lugar habitual, junto a una línea amarilla delante de una tienda de antigüedades especializada en muebles retro del siglo XX.

Subió, puso el coche en marcha, pisó el acelerador y el motor resopló, de manera desigual e irregular durante unos instantes, hasta que la humedad desapareció de la instalación eléctrica; los limpiaparabrisas retiraron el rocío del cristal. La radio emitió un silbido de interferencias; pulsó un botón para cambiar las emisoras. Alguien hablaba, pero no escuchó, sino que volvió la cabeza y miró la verja cerrada, preguntándose si debía volver y decir algo.

Pero ¿qué?

Cleo veía a Sandy como una amenaza contra la que no podía luchar. Él sabía que tenía que comprenderlo, ponerse en el lugar de Cleo. ¿Y si ella tuviera un marido que hubiera desaparecido y fuera ella quien viajara a Munich el domingo para intentar encontrarle? ¿Cómo se sentiría él?

No tenía ni idea, ésa era la pura verdad. En parte porque estaba demasiado cansado para pensar con claridad y, en parte, porque no sabía qué sentía ante la perspectiva -por muy pequeña que fuera- de ver a Sandy.

Diez minutos después, pasó por delante del buzón rojo en New Church Road, que había sido su punto de referencia durante doce años, y giró a la izquierda en la esquina siguiente. Aparte de la camioneta de un repartidor de leche parada a un metro de la acera, la calle de Grace estaba desierta. Era una avenida residencial tranquila y agradable, flanqueada a ambos lados de casas pareadas imitación estilo Tudor, la mayoría de ellas de tres habitaciones, con garaje. Algunas las habían transformado en lofts bastante horribles y otras -la suya no- tenían un doble acristalamiento espantoso.

Él y Sandy habían comprado la casa justo dos años antes de que desapareciera; a veces se preguntaba si el traslado había tenido algo que ver, si no era feliz allí. Vivían muy a gusto en el pequeño piso de Hangleton que había sido su nido de amor durante esos primeros años de matrimonio, pero los dos se habían enamorado de esa casa, Sandy incluso más que él, porque tenía un jardín grande en la parte de atrás; siempre había deseado tener un jardín propio.

Tuvieron que apretarse el cinturón para comprar la vivienda y arreglarla después. Por aquel entonces, Grace era sargento, tenía derecho a cobrar horas extras y trabajaba todos los turnos que podía. Sandy era secretaria en una contaduría y también hacía horas de más.

Parecía feliz, ocupándose de desmontar y modernizar el interior. Los propietarios anteriores habían vivido allí cuarenta años; cuando la compraron, la casa era triste y oscura. Sandy la había transformado en espacios luminosos y modernos, con toques zen aquí y allá -y parecía muy orgullosa de todo el trabajo hecho-. Y el jardín se convirtió en su tesoro más preciado, aunque ahora se encontraba en un estado de abandono vergonzoso, pensó Grace con aire de culpabilidad. Cada fin de semana se prometía a sí mismo que le dedicaría un rato, para arreglarlo. Pero al final nunca parecía disponer del tiempo suficiente -o de las ganas-. Mantenía razonablemente controlada la hierba y se había convencido de que la mayoría de los hierbajos eran flores.