En la radio del coche, que había desconectado de su cerebro durante unos cuantos minutos, escuchó a un hombre que explicaba con voz seria la política agrícola de la Unión Europea. Después de girar en la entrada de su casa, detuvo el coche delante del garaje individual y apagó el motor, y la radio murió con él.
Luego, entró en casa y un destello de ira reemplazó de repente su humor serio. Todas las luces de la planta baja estaban encendidas, brillando con intensidad. Igual que su máquina de discos original.
Vio que uno de sus vinilos raros, Apache de los Shadows, daba vueltas en el plato, la aguja atascada al final, emitiendo un chirrido entrecortado. El equipo de música también estaba encendido y parte de su colección de CD estaba desparramada por el suelo, junto a varios de sus preciados LP de Pink Floyd, fuera de las fundas, una lata abierta de cerveza Grolsch, un par de folletos de Harley-Davidson, un par de mancuernas y otro material de musculación.
Subió corriendo las escaleras, dispuesto a pegarle cuatro gritos a Glenn Branson, luego se detuvo en lo alto, controlándose. El pobre estaba deshecho. Debió de ir a casa anoche después de la reunión y Ari lo había puesto de patitas en la calle, de ahí el equipo de pesas. Le dejaría dormir.
Miró su reloj. Las cinco y veinte.
Aunque se sentía cansado, estaba demasiado nervioso para dormir. Decidió que saldría a correr, intentaría despejarse y activarse para el día tan complicado que le esperaba y que comenzaba con una reunión informativa a las ocho y media y seguía con una rueda de prensa a las once. Luego planeaba tener otra sesión con Brian Bishop. Aquel hombre no era trigo limpio.
Fue al baño y al momento advirtió que la pasta de dientes estaba abierta. El tubo estaba apretado por el medio y había caído un poco de pasta blanca en el estante del baño. Por alguna razón que no pudo comprender de inmediato, aquello le irritó más que el caos de abajo.
Desde que había entrado en casa hacía sólo unos minutos, comenzaba a sentir como si se hubiera deslizado por túnel espacio-temporal hasta la teleserie antigua Men behaving badly, con Martin Clunes y Neil Morrissey, que interpretaban a unos solteros vagos que compartían piso. Y entonces comprendió lo de la pasta de dientes: era una de las pocas cosas que le molestaban de Sandy, ella también lo hacía. Siempre apretaba el maldito tubo por el medio en lugar de por el final, luego lo dejaba abierto y parte del contenido se derramaba.
Le molestaba eso y cómo tenía siempre el coche: trataba el asiento del copiloto como una especie de cubo de basura permanente que nunca vaciaba. El viejo Golf negro estaba tan lleno de recibos de compras, envoltorios de caramelos, bolsas de plástico vacías, boletos de lotería y un montón de desechos que Grace solía pensar que parecía más un lugar para guardar gallinas que para conducir.
Ahora aún seguía en el garaje. Había limpiado la basura hacía tiempo, lo había examinado de arriba abajo en busca de alguna pista y no halló ninguna.
– Te has levantado temprano.
Se volvió y vio a Branson detrás de él, en calzoncillos blancos, una cadena fina de oro alrededor del cuello y su enorme reloj de submarinista. Aunque iba encorvado, su físico era impresionante, los músculos se marcaban en su piel reluciente. Pero su cara era un cuadro de sufrimiento lamentable.
– Tengo que hacerlo, para ir limpiando detrás de ti -replicó Grace.
Branson no captó la indirecta o no hizo caso a propósito y prosiguió:
– Quiere un caballo.
Grace meneó la cabeza con incredulidad, no estaba seguro de si había oído bien.
– ¿Qué?
– Ari. -Branson se encogió de hombros-. Quiere un caballo. ¿Te lo puedes creer, con lo que gano?
– Es más ecológico que un coche -contestó Grace-. Seguramente también gasta menos.
– Muy agudo.
– ¿Qué quieres decir exactamente con «un caballo»?
– Antes montaba. Trabajaba en unos establos cuando era pequeña y quiere retomarlo otra vez. Dice que si accedo a comprarle un caballo, puedo volver.
– ¿Dónde puedo comprar uno? -respondió Grace.
– Hablo en serio.
– Y yo.
Capítulo 46
Roy Grace tenía razón. Con el Parlamento cerrado por vacaciones y un accidente ferroviario en Pakistán como suceso internacional más importante acaecido en las últimas veinticuatro horas, las únicas noticias que se disputaban las portadas, en particular de los tabloides, eran las declaraciones impactantes de un futbolista de la Premier pillado haciendo un trío homosexual, la noticia de una pantera que al parecer estaba aterrorizando el campo de Dorset y una foto del príncipe Enrique retozando con una chica envidiablemente atractiva. Todos los directores de periódicos del país estaban ávidos de una gran historia y ¿qué mejor que el asesinato de una mujer rica y hermosa?
La sala donde iba a celebrarse la rueda de prensa informativa que había convocado aquella mañana estaba tan llena que algunos periodistas habían tenido que quedarse fuera, en el pasillo. Habló breve y herméticamente, porque no tenía demasiado que contar a estas alturas. Durante la noche no habían recibido ninguna información nueva y en la reunión anterior del equipo se habían ocupado más de asignar tareas que de evaluar sucesos.
El mensaje que sí comunicó con claridad a una multitud de periodistas y fotógrafos, una cuarentena, más o menos, presentes en la sala era que la policía tenía mucho interés en rastrear los movimientos recientes de la señora Bishop y que estaría encantada de escuchar a cualquier ciudadano que la hubiera visto los últimos días. La prensa iba a publicar varias fotografías que Grace había elegido de casa de los Bishop, la mayoría de las cuales procedían de un montaje de imágenes de vídeo. Una mostraba a la mujer muerta en bikini en una lancha motora, otra al volante de un BMW y en otra llevaba un vestido largo y un sombrero en una carrera de caballos, en Ascot o Epsom, supuso Grace.
Había escogido las fotografías muy cuidadosamente, sabiendo que interesarían a los directores de los periódicos. Eran el tipo de instantáneas con las que a los lectores les gustaba regalarse la vista -la mujer guapa, el estilo de vida fácil y glamuroso-. Con hectáreas de columnas por llenar, Grace sabía que las utilizarían. Y una cobertura amplia podría estimular la memoria de algún testigo clave.
Al término de la rueda de prensa se escabulló deprisa, deseoso de hablar con Cleo antes de empezar otro interrogatorio a Brian Bishop, que estaba programado para el mediodía, y dejó a Dennis Ponds, el jefe de Relaciones Públicas de la Policía, que distribuyera las fotografías. Pero cuando se encontraba a sólo unos metros de la puerta de seguridad que daba al santuario de su despacho, oyó que alguien le llamaba. Se dio la vuelta y le irritó ver que el joven reportero de sucesos del Argus, Kevin Spinella, le había seguido.
– ¿Qué hace aquí? -dijo Grace.
Spinella se apoyó en la pared, cerca de un tablón en el que estaba colgado un organigrama titulado MODELO DE INVESTIGACIÓN DE HOMICIDIOS. Había una expresión insolente en su rostro anguloso, mascaba chicle y tenía su libreta negra abierta y un bolígrafo en la mano. Hoy vestía un traje oscuro barato que no parecía quedarle del todo bien, una camisa blanca que le quedaba grande y una corbata violeta con un nudo ancho y torpe. Su pelo corto tenía ese aspecto moderno y despeinado, como si acabara de levantarse.
– Quería preguntarle algo en privado, comisario.
Grace acercó su tarjeta de seguridad a la cerradura. El pestillo hizo clic y él tiró de la puerta.
– Ya he dicho todo lo que tenía que decir en la rueda de prensa. No tengo nada más que añadir en este punto.
– Yo creo que sí -dijo Spinella, ahora su expresión petulante aún irritó más a Grace-. Ha omitido algo.