Y por eso era perfecto para sus propósitos. Salvo por la humedad, los radiadores de acumulación inadecuados y la cisterna que goteaba y que no dejaba de arreglar, una y otra vez. Se ocupaba él mismo de todo el mantenimiento porque no quería que ningún operario entrara aquí abajo. No era una buena idea.
No lo era en absoluto.
Una de las salidas estaba en la parte delantera. Otra en la trasera, por el jardín del piso de la planta baja, encima de él. El propietario, un tipo de aspecto debilitado y pelo desgreñado, cultivaba royas y hierbajos con mucho éxito. La tercera salida era para el día del Juicio Final, cuando por fin llegara. Estaba oculta debajo de una pared falsa de contrachapado, cubierta cuidadosamente y a la perfección con el mismo papel soso de flores que el resto de la habitación. En ella, igual que en casi todas las paredes, había colgado recortes de periódicos, fotografías y partes de árboles genealógicos.
Tenía una fotografía nueva -la había añadido hacía sólo un cuarto de hora-. Era la cabeza y hombros granulados del comisario Roy Grace, sacada del Argus de hoy, que había escaneado en el ordenador, ampliado y, luego, imprimido.
Ahora miraba fijamente al policía. Miraba fijamente sus ojos penetrantes, la determinación impasible de su expresión. «Vas a suponer un problema para mí, comisario Grace. Eres una amenaza. Tendremos que hacer algo contigo. Darte una lección. Nadie me llama “ser maligno”.»
Entonces, de repente, gritó con fuerza:
– ¡Nadie me llama ser maligno, comisario Roy Grace del Departamento de Investigación Criminal de Sussex! ¿Me entiendes? Haré que lamentes haberme llamado ser maligno. Sé a qué mujer quieres.
Se quedó quieto, hiperventilando, abriendo y cerrando la mano izquierda. Luego dio un par de vueltas a la habitación, sorteando cuidadosamente las revistas, los manuales y los componentes de los ordenadores que estaba montando en el suelo. Luego regresó a la fotografía, consciente de que las circunstancias habían cambiado. Su banco había recibido una llamada; ya no podía disfrutar de ser un multimillonario de tiempo.
Estaba quedándose sin liquidez.
Capítulo 48
Poco antes de las cuatro, Holly Richardson estaba en la caja de la nueva boutique más moderna de Brighton, pagando el vestido negro caro, brevísimo, ribeteado de strass, del que había decidido que no podía prescindir para la fiesta de esta noche. Lo compraba por cortesía de una tarjeta de crédito Virgin que había aterrizado oportunamente en el felpudo de su puerta, seguida de un código PIN, hacía justo unos días. Su tarjeta Barclays había sobrepasado el límite y, según sus cálculos, si continuaba con el ritmo actual de gastos, el sueldo que ganaba en el centro de fitness Esporta en Falmer, donde trabajaba de recepcionista, le permitiría saldar todas sus deudas más o menos cuando cumpliera noventa y cinco años.
Casarse con un rico no era una opción, era una necesidad.
Y tal vez esta noche el «señor realmente guapo e inmensamente rico a quien le gustan las chicas morenas de pelo rizado con una nariz ligeramente grande» estuviera en esa fiesta a la que iban a asistir ella y Sophie. El tipo que la organizaba era un productor musical de éxito. La casa era una vivienda impresionante de estilo morisco que estaba justo en la playa, a un par de puertas de la que Paul McCartney le había comprado a su ex amada Heather.
«¡Oh, mierda!» Acababa de recordar que había prometido a Sophie llamarla ayer, cuando saliera de la peluquería, y se le había ido totalmente de la cabeza.
Tras agarrar su carísima compra por las asas de la bolsa chic de la tienda, salió a la concurrida East Street, sacó su móvil Nokia minúsculo último modelo y marcó el número de Sophie. Saltó directamente el buzón de voz. Dejó un mensaje de disculpa y le sugirió quedar para tomar una copa sobre las siete y media y compartir luego un taxi hasta la fiesta. Cuando terminó, llamó al fijo del piso de Sophie. Pero también saltó el contestador.
Y dejó un segundo mensaje.
Capítulo 49
Roy Grace no dejó ningún mensaje. Ya había dejado uno antes en el teléfono de casa de Cleo, así como en su móvil, y también otro en el contestador del depósito de cadáveres. Ahora estaba escuchando la introducción alegre de su buzón de voz por tercera vez en el día hoy. Colgó. Era evidente que estaba evitándole, enfurecida todavía por el tema de Sandy.
«Mierda, mierda, mierda.»
Estaba enfadado consigo mismo por manejar la situación con tanta torpeza. Por mentir a Cleo y por provocar que rompiera su confianza en él. De acuerdo, era una mentira piadosa, bla, bla, bla. Pero esa pregunta que le había hecho, esa única pregunta sencilla, era justo la que no podía responder, ni a ella, ni a sí mismo. Siempre la pregunta del millón.
«¿Qué pasa si la encuentras?»
Y la verdad era que en realidad no lo sabía. Había tantos imponderables… Tantas razones distintas por las que la gente desaparecía… Y él conocía la mayoría. Había pisado este terreno muchas veces con el equipo de ayuda telefónica a desaparecidos y con el loquero al que había ido de manera intermitente a lo largo de los años. En el fondo de su corazón, se aferraba a la pequeña esperanza de que, si Sandy estaba viva, sufriera amnesia. Había sido una opción realista los primeros días y semanas, tras su desaparición, pero ahora, después de tantos años, se había convertido en una posibilidad demasiado exigua a la que agarrarse.
Un reloj de pulsera marca Swatch con la esfera rosa y con letras blancas y la correa blanca se balanceó delante de su cara.
– Yo le compré uno de éstos a mi hija de nueve años. Se puso loca de contenta, como alucinada, ¿sabe a qué me refiero? -dijo la dependienta amablemente.
Era una afrocaribeña de tez pálida, de unos treinta y pocos años, simpática y elegantemente vestida, con un pelo que parecía un manojo de muelles rotos.
Grace volvió a centrarse en su tarea. Su hermana le había sugerido que le comprara a su ahijada un reloj para su cumpleaños, que era mañana, y él había llamado a la madre para asegurarse de que no le regalaban uno ya. Sobre el mostrador de cristal había diez expuestos. Su problema era que no tenía ni idea de lo que le parecería bonito u horrendo a una niña de nueve años. Le perseguían recuerdos de las decepciones que se había llevado al abrir los regalos deprimentes que le habían endilgado sus bienintencionados padres. Calcetines, un batín, un jersey, una réplica en madera de una camioneta de reparto de Harrods de los años veinte cuyas ruedas ni siquiera giraban.
Todos los relojes eran distintos. El rosa con la esfera blanca era el más bonito, el más delicado.
– No sé lo que se lleva en cuestión de relojes… ¿Éste le parecería bien a una niña de nueve años?
– Éste es chulísimo, hombre. Total. Es el que llevan todas. ¿Ha visto alguna vez ese programa de los sábados por la mañana, en Channel Four?
Grace dijo que no con la cabeza.
– La semana pasada salió una niña que llevaba uno de éstos. ¡Mi hija se volvió loca!
– ¿Cuánto cuesta?
– Treinta libras. Viene en una caja muy bonita.
Grace asintió y sacó la cartera. Al menos ya tenía un problema resuelto. Si bien era cierto que se trataba del menor de todos.
En la reunión de las seis y media, celebrada en la sala de reuniones de Sussex House aquella tarde, se le presentaron problemas más importantes. Los veintidós miembros del equipo presentes se habían quitado la chaqueta; la mayoría de los hombres, como Grace, llevaban camisa de manga corta. Dejaron la puerta abierta, para crear la ilusión de que entraba aire más fresco desde el pasillo, y dos ventiladores eléctricos zumbaban ruidosa e inútilmente. Todo el mundo estaba sudando. Justo cuando los últimos se sentaban, se oyó el estruendo de un trueno en el cielo cada vez más oscuro.