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No reveló que Sophie Harrington había llamado a Brian Bishop, el sospechoso principal del asesinato de Katie Bishop. Y que Brian Bishop, tras su barniz de respetabilidad como empresario de éxito, ciudadano admirado de Brighton y Hove, miembro del comité del club de golf y colaborador de organizaciones benéficas, cuya esposa rotaría de apariencia igualmente respetable tenía una aventura, contaba con unos antecedentes criminales profundamente desagradables.

A la edad de quince años, según la información del ONP -la base de datos del Ordenador Nacional de la Policía-, Bishop había sido condenado a dos años de internamiento en un centro para delincuentes juveniles por violar a una niña de catorce años en su colegio. Luego, a los veintiuno, estuvo dos años en libertad condicional por agredir con violencia a una mujer, a la que había causado lesiones graves. Parecía que cuanto más ahondaba su equipo en la vida de Bishop, más sólidas eran las pruebas contra el hombre. Antes Alison Vosper se había referido a su coartada en Londres como «el obstáculo que había que saltar». Pero en estos momentos había otro problema. Y era que Bishop negaba tajantemente haber contratado un seguro de vida para su esposa. Parecía decir la verdad, y aquello preocupaba a Grace.

Aun así, también era evidente que Brian Bishop era un empresario perspicaz. Grace era de la opinión que pocas personas alcanzaban su nivel de éxito financiero siendo buena gente, algo que ahora había quedado confirmado con el pasado horrible y violento del hombre. Y sabía que no debía interpretar demasiado del hecho que Bishop ignorara -o fingiera ignorar-que existía un seguro de vida.

Las complejidades comenzaban a dañarle el cerebro. Quería ir a algún lugar y sentarse en un rincón tranquilo y oscuro y repasar todos los elementos de los casos Bishop y Harrington. El equipo del SOCO aún estaría unos cuantos días más en la casa de los Bishop. Grace se alegró de aquello. Quería que el hombre estuviera incómodo, fuera de su habitat natural. En una habitación de hotel, como un animal enjaulado, se sentiría inseguro y, por lo tanto, respondería mejor a los interrogatorios.

Estaban acumulando mucho material contra Bishop, pero era demasiado pronto para detenerle. Si lo hacían, sólo podrían retenerle veinticuatro horas sin presentar cargos -con una ampliación de doce horas-. Aún no tenían suficientes pruebas sólidas y, aunque la coartada del hombre no era irrebatible, había espacio suficiente para la duda. Dos testigos independientes afirmaban que estaba en Londres antes y después de la hora del asesinato; frente a ello, una cámara de reconocimiento automático de matrículas decía que no. Había habido muchos casos de delincuentes que utilizaban matrículas dobladas -en particular hoy en día, para evitar las multas por exceso de velocidad de las cámaras-. Una defensa inteligente no tendría muchos problemas para sembrar la duda en la mente de un jurado sobre la autenticidad de la matrícula.

También estaba muy interesado en el artista con quien había estado viéndose Katie Bishop. En estos momentos, el hombre era un sospechoso potencial, eso seguro.

Absorto en sus pensamientos, entró en el resplandor severo y brillante de la sala de autopsias. No podía ver el cuerpo de Sophie Harrington desde donde se encontraba, rodeado por figuras vestidas con batas verdes que lo examinaban atentamente, como estudiantes en un aula, mientras Nadiuska de Sancha señalaba algo. En la sala, además de la patóloga, Cleo y Darren, estaban presentes el inspector jefe Duigan y la figura delgada del agente del juzgado de instrucción, Ronnie Pearson, un policía jubilado de cincuenta y pocos años.

Grace se colocó al lado de la patóloga y experimentó la misma sorpresa incómoda que tenía cada vez que veía un cadáver aquí o en cualquier otra parte. Parecían casi etéreos, y la piel de los caucásicos -salvo que fueran cuerpos quemados o muy descompuestos- presentaba un color alabastro fantasmal. Era como si el proceso de la muerte los hiciera aparecer en blanco y negro, mientras que todo lo que los rodeaba permanecía en color.

Habían dado la vuelta a Sophie Harrington. Nadiuska estaba señalando con su dedo enguantado de látex las decenas de agujeros minúsculos color carmesí oscuro en la espalda de la mujer muerta. Era como un tatuaje que llegaba hasta el torso y cubría gran parte de la piel.

– ¿Veis todos lo que indica? -preguntó.

Mientras miraba con mayor detenimiento, al principio Grace vio que se trataba de un patrón indescifrable.

– Yo diría, por la pulcritud y regularidad de los agujeros, que lo han hecho con algo parecido a un taladro -prosiguió la patóloga.

– ¿Mientras la víctima estaba viva? -preguntó el inspector jefe Duigan-. ¿O cuando ya había muerto?

– Yo diría que una vez muerta -contestó Nadiuska, que se inclinó hacia delante y examinó atentamente una sección de la espalda de la mujer-. Los agujeros son profundos y hay poca sangre. Su corazón no latía cuando los hicieron.

El asesino había tenido cierta compasión con la pobre mujer, pensó Grace. Entonces, como si de repente fuera capaz de leer la inscripción oculta en un rompecabezas visual, vio las palabras con claridad:

PORQUE LA QUERÍAS

Capítulo 76

La señora de la limpieza malhumorada se marchó de casa de Cleo Morey justo pasadas las doce y media. El Multimillonario de Tiempo tomó nota, desde detrás del volante de su Toyota Prius. Era un buen momento, justo unos minutos antes de que expirara el tique del aparcamiento. Mientras la mujer subía la colina, hablando enfadada por el móvil, él se preguntó si habría pasado las últimas tres horas pegada al teléfono. Estaba seguro de que a Cleo Morey le interesaría saber qué obtenía a cambio del dinero que le pagaba. Aunque, naturalmente, eso no era asunto suyo.

Puso el coche en marcha y, funcionando silenciosamente con el motor eléctrico, la adelantó y serpenteó por entre la red compleja de calles que subían hasta Queens Road, luego pasó por la torre del reloj y dobló a la derecha por el paseo marítimo.

Cruzó la frontera de Hove, por delante de la urbanización King Alfred, se detuvo en el semáforo al final de Hove Street, luego giró a la derecha un par de calles más adelante y entró en Westbourne Villas, una calle ancha de casas victorianas grandes pareadas. Luego volvió a girar a la derecha y accedió a las cocheras, donde había una hilera de garajes. Los que él había alquilado estaban al fondo, los números 11 y 12.

Aparcó delante del número 11 y se bajó del coche. Luego abrió la puerta del garaje y la subió, entró, encendió la luz y luego tiró de la puerta hacia abajo con fuerza. Se cerró con un ruido metálico fuerte y retumbante. Luego el silencio. Tan sólo el zumbido débil de los dos humidificadores.

¡Paz!

Inhaló los olores cálidos que tanto adoraba aquí dentro: aceite de motor, cuero viejo, carrocería antigua. Éste era su hogar. ¡Su templo! En este garaje -y a veces en el de la puerta de al lado, donde guardaba el remolque cubierto- consumía muchas de esas horas que había ido acumulando en el banco. ¡Decenas a la vez! ¡Cientos todos los meses! ¡Miles todos los años!

Miró amorosamente la funda hecha a medida, los contornos fluidos del coche que protegía, el reluciente Jaguar Mk2 3.8 color blanco ópalo del 62, que ocupaba tanto espacio que lo rozó al pasar.

En las paredes estaban colgadas sus herramientas, organizadas por grupos, cada una tan limpia que podría estar recién salida de su caja, todas en su lugar. Sus martillos formaban una parte de la exposición. Sus llaves, galgas de espesores, destornilladores -cada pieza era una obra de arte distinta-. En las estanterías estaban dispuestas las latas y botellas de abrillantador, los productos para limpiar las ruedas, el cromo y las ventanas, la cera para el cuero, sus esponjas, gamuzas y escobillas para limpiar botellas, los desatascadores, todos parecían nuevos, para estrenar.