– Hay algo muy extraño. La policía me preguntó por un seguro de vida, de tres millones de libras, que dicen que contraté para Katie.
El abogado no contestó a una llamada y le miró.
– ¿Y no lo contrataste?
Gracias a Dios, la taladradora paró de repente.
– No. Rotundamente no… Que yo recuerde, y recordaría algo así.
Vernon se quedó pensando unos momentos.
– ¿No hipotecaste la casa de Dyke Road Avenue hace algún tiempo? ¿Para disponer de dinero en efectivo para el tema de los derechos?
Bishop asintió.
– Sí.
Ahora su empresa funcionaba bien, pero casi demasiado bien, irónicamente, y había sufrido los problemas de liquidez que padecen muchos negocios que se expanden deprisa. Cuando la había montado, la había financiado él mismo y un reducido grupo de amigos ricos, con una cantidad relativamente pequeña. Hacía poco, para llevarlo al siguiente nivel, habían tenido que realizar una fuerte inversión en tecnología nueva, instalaciones mayores y personal informático más cualificado. Bishop y sus amigos habían decidido encontrar el dinero por sí mismos, en lugar de intentar sacar la empresa a bolsa o conseguirlo por otros medios, y él había aportado su parte hipotecando la casa.
– Normalmente, las empresas hipotecarias exigen contratar un seguro de vida para conceder un préstamo importante. Quizás es lo que hiciste.
El abogado podía tener razón, pensó. Una póliza de cobertura le sonaba un poco más. Pero la cantidad no parecía correcta. Y no podía consultar sus archivos porque estaban en la maldita casa.
– Tal vez -dijo con recelo-. Y sí, hizo testamento, era muy corto. Yo soy uno de los albaceas, junto con David Crouch, mi contable. Está en casa.
– Claro, lo había olvidado. Tenía algunas posesiones, ¿verdad? Consiguió un acuerdo razonable de su primer matrimonio. ¿Recuerdas qué decía el testamento?
– Sí. Legó algo de dinero a sus padres, pero era hija única y la mayoría me lo dejaba a mí.
De repente, una voz de alarma sonó en la cabeza de Robert Vernon. Frunció el ceño, muy poquito. Demasiado poco para que Bishop se fijara.
Capítulo 82
– Hora, 18.30 de la tarde, lunes, 7 de agosto -leyó Roy Grace en sus notas enérgicamente, sintiéndose muy optimista, para variar-. Es nuestra segunda reunión conjunta de la operación Camaleón y la operación Mistral.
«MISTRAL» era el nombre que había elegido el ordenador de la policía, al azar, para la investigación de Sophie Harrington. La sala de reuniones en Sussex House registraba un lleno total, con agentes de policía y personal de apoyo agrupados alrededor de la mesa en hileras apretadas de sillas. Había una sensación de expectación casi eléctrica en la sala. Y, por una vez, el aire acondicionado funcionaba bien.
Grace repasó deprisa los resúmenes, luego concluyó diciendo:
– Me satisface informaros que se han producido una serie de avances significativos en el transcurso del día de hoy. -Miró al altísimo y joven padre, el agente Nick Nicholl-. ¿Quieres comenzar?
Nicholl, que se había quitado la chaqueta y tenía el botón superior de la camisa desabrochado y la corbata floja, leyó con formalidad las notas de su bloc.
– He entrevistado a la señorita Holly Richardson en su lugar de trabajo, la agencia de relaciones públicas Regent, en el 71 de Trafalgar Road, Brighton, a las once de esta mañana. Ha declarado que ella y la señorita Harrington estudiaron juntas en la escuela de secretariado y que desde entonces eran grandes amigas. La señorita Richardson me ha informado que Sophie le confió que tenía una relación secreta con Brian Bishop desde hacía aproximadamente seis meses. Sophie le contó que últimamente, en algunas ocasiones, Bishop se había comportado de una forma violenta con ella, lo que la asustaba. Y le hacía peticiones sexuales cada vez más sádicas y pervertidas. -Se secó la frente y prosiguió, tras pasar la página de su libreta-. Un técnico de nuestra unidad de telecomunicaciones, John Smith, que ha estado examinando los registros de los móviles de la señorita Harrington y de Brian Bishop, me ha informado de que ambos intercambiaron un gran número de llamadas diarias con el otro durante este período de seis meses. La más reciente fue una llamada de la señorita Harrington al señor Bishop a las 16.51 de la tarde del viernes, unas horas antes de la hora estimada de su muerte.
Grace le dio las gracias y se volvió hacia la figura corpulenta de Guy Batchelor.
El sargento habló a los equipos reunidos sobre la aportación de capital que Bishop había ofrecido a los inversores de su empresa, International Rostering Solutions PLC. Concluyó diciendo:
– Aunque parece que el negocio está expandiéndose y tiene buena reputación, Bishop está hasta el cuello de deudas.
La importancia de aquello no escapó a ninguno de los presentes en la sala. Entonces soltó la bomba. Comunicó a los dos equipos los antecedentes policiales de Bishop.
Grace observó sus caras. La sensación de progreso que había en la sala era palpable.
A continuación, había programado un visionado resumido del interrogatorio de Norman Potting y Alfonso Zafferone a Barty Chancellor. Cuando acabó, Potting informó al equipo de que había investigado la marca y el modelo concretos de las máscaras antigás halladas junto a las dos víctimas. Habían identificado al fabricante y estaban esperando información sobre el número producido y una lista completa de las existencias en el Reino Unido.
El siguiente en intervenir fue el inspector jefe Duigan, que relató lo que la vecina de enfrente del piso de Sophie Harrington afirmaba haber visto. Había realizado una identificación positiva de Bishop por la fotografía publicada en el Argus y se prestaría encantada al procedimiento formal de la rueda de reconocimiento.
Reservando teatralmente lo mejor para el final, Roy Grace se volvió hacia Bella Moy.
La sargento sacó una fotografía de la matrícula del Bentley de Brian Bishop, explicando que había sido tomada por una cámara del RAM, en el carril sur de la M23, cerca del aeropuerto de Gatwick a las 23.47 de la noche del jueves. Señaló que a pesar de que la coartada de Bishop decía que estaba en Londres, su coche fue visto dirigiéndose a Brighton, unos treinta minutos después, justo durante el margen de tiempo de la hora estimada para el asesinato de su mujer.
Pero en su fuero interno, a Grace le preocupaba este dato, ya que la fotografía había sido tomada de noche. La matrícula era claramente visible, pero era imposible determinar la marca del coche. Era una prueba secundaria útil, pero no definitiva. Un abogado defensor medianamente competente la desmontaría en segundos. Pero valía la pena tenerlo en cuenta. Un hecho más para que el jurado debatiera.
Bella añadió que el contenido del ordenador que Bishop tenía en casa estaba siendo analizado por Ray Packham, de la Unidad de Delitos Tecnológicos, y que esperaba su informe. Y luego soltó el golpe mortal.
– Hemos recibido los informes del laboratorio sobre los análisis de ADN del semen hallado en la vagina de la señora Bishop -dijo, leyendo sus notas con voz práctica-. Había dos eyaculaciones de espermatozoides distintas en las muestras tomadas por el patólogo del Ministerio del Interior en la autopsia -anunció-. Según su opinión, basándose en la movilidad de los espermatozoides presentes en la vagina de la señora Bishop, las dos eyaculaciones se produjeron la noche del jueves, 3 de agosto, con pocas horas de diferencia. Una todavía está sin identificar, pero creemos que las pruebas de ADN demostrarán que es del amante de la señora Bishop, que ha admitido que mantuvieron relaciones sexuales el jueves por la noche. La otra se corresponde al cien por cien con el ADN extraído a Brian Bishop.
Hizo una pausa.
– Esto significa, por supuesto, que al contrario de lo que dice su coartada, que estaba en Londres, Bishop fue a Brighton y mantuvo relaciones sexuales con su mujer, en algún momento próximo a la hora de su muerte.