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Aquí dentro no había muebles, sólo un banco que recorría todo el espacio.

– Tome asiento -dijo Glenn Branson.

– Estoy bien de pie -dijo Bishop, desafiante.

– Puede que tardemos un rato.

El teléfono de Bishop comenzó a sonar. Se esforzó por cogerlo, como si hubiera olvidado de que tenía las manos esposadas.

– ¿Podría contestar alguien?

– Me temo que no está permitido, señor -dijo Nicholl; lo sacó de su bolsillo y terminó la llamada.

El joven policía examinó el teléfono un momento, luego lo desconectó y lo guardó de nuevo en el bolsillo de Bishop.

Brian Bishop se quedó mirando un cartel plastificado fijado en la pared con tres tiras de cinta adhesiva. Con letras azules, arriba se podía leer:

DEPARTAMENTO DE JUSTICIA PENAL.

Debajo ponía:

TODAS LAS PERSONAS DETENIDAS

SERÁN REGISTRADAS MINUCIOSAMENTE

POR EL AGENTE DE CUSTODIA.

SI LLEVA OBJETOS PROHIBIDOS ENCIMA O EN SU PROPIEDAD,

NOTIFÍQUELO A LOS AGENTES DE CUSTODIA

O DETENCIÓN AHORA

Luego, leyó otro cartel, que estaba situado encima de la segunda puerta verde:

ESTÁ PROHIBIDO EL USO DE TELÉFONOS MÓVILES

EN EL ÁREA DE DETENCIÓN

Un tercer cartel decía:

HA SIDO DETENIDO.

PROCEDEREMOS A TOMARLE SUS HUELLAS,

FOTOGRAFÍAS Y ADN INMEDIATAMENTE

Los dos policías se sentaron. Bishop se quedó de pie. La ira hervía en su interior. Pero estaba tratando con dos robots, pensó. No iba a ganar nada perdiendo los estribos. Tenia que aguantarse, de momento.

– ¿Pueden decirme de qué va todo esto? -se dirigió a los dos policías.

Pero la puerta se abrió mientras hablaba. Branson la cruzó. El inspector Nicholl indicó con la mano a Bishop que lo siguiera.

– Por aquí, señor.

Bishop entró en una sala circular grande, dominada por un poste central elevado como un centro de mando que podría estar sacado del decorado de Star Trek, pensó, sorprendido al ver su aspecto futurista. Estaba hecho de un compuesto gris moteado y resplandeciente que le recordó a las encimeras de granito que Katie había elegido para su cocina descabelladamente cara. Varios hombres y mujeres, algunos policías y otros miembros del personal de Reliance Security, vestidos con camisas blancas con charreteras negras, operaban en áreas de trabajo individuales en torno al poste. Alrededor de la sala iluminada intensamente había puertas verdes gruesas, con algunas ventanas internas que daban a las salas de espera.

Había un aire de calma tranquila y ordenada. Bishop observó que el poste había sido diseñado con tablones que se extendían delante de cada área de trabajo para crear un espacio que permitiera cierta intimidad. Un joven tatuado con la cabeza rapada y ropa ancha estaba en una de ellas, abatido, entre dos policías de uniforme. Era todo muy surrealista.

Entonces le escoltaron hacia la consola central, a un espacio partido de mármol, con un mostrador a la altura del cuello. Detrás estaba sentado un hombre rollizo en mangas de camisa y con el pelo cortado al rape. En la corbata negra llevaba una aguja dorada del equipo de rugby inglés que Bishop, que era obligacionista del Twickenham Stadium, reconoció inmediatamente.

En una pantalla azul, montada en la pared del mostrador, justo debajo de sus ojos, Bishop leyó:

CENTRO DE CONTROL DE DETENIDOS DE BRIGHTON

NO PERMITA QUE LOS DELITOS PASADOS LE PERSIGAN.

UN AGENTE DE POLICÍA HABLARÁ CON USTED

SOBRE LA CONFESIÓN DE OTROS DELITOS

QUE HAYA COMETIDO

Branson explicó resumidamente al agente de custodia las circunstancias que rodeaban la detención de Bishop. Luego, el hombre, que llevaba una camisa de manga corta, le habló directamente a él, desde su posición elevada, con voz monótona y carente de emoción.

– Señor Bishop, soy el agente de custodia. Ya ha escuchado lo que se ha dicho. Certifico que su detención es legal y necesaria. Autorizo su detención con el objetivo de obtener y preservar pruebas, y para que pueda ser interrogado en relación con los hechos de los que se le acusa.

Bishop asintió con la cabeza, sin saber qué contestar por el momento.

El agente le entregó un folio amarillo DIN-A4 doblado, titulado: «Policía de Sussex. Notificación de sus derechos».

– Puede que le sirva de ayuda, señor. Tiene derecho a que alguien le informe de su arresto y a ver a un abogado. ¿Quiere que le proporcionemos uno de oficio o tiene el suyo propio?

– ¿Podrían llamar al señor Glenn Mishon, por favor, y decirle que no voy a poder ir a cenar?

– ¿Puede proporcionarme su número?

Bishop se lo dio. Luego dijo:

– Me gustaría hablar con mi abogado, Robert Vernon, que trabaja en Ellis, Cherril y Ansell.

– Realizaré las llamadas -dijo el agente-. Mientras tanto, autorizo a su agente de detención, el sargento Branson, a que le registre. -Entonces, el agente de custodia sacó dos bandejas de plástico verdes.

Horrorizado, Bishop vio que Branson se ponía unos guantes de látex. El sargento comenzó a cachearle, empezando por la cabeza. Del bolsillo de la pechera de Bishop sacó sus gafas de leer y las dejó sobre la bandeja.

– ¡Eh! Las necesito… ¡No puedo leer sin ellas! -dijo Bishop.

– Lo siento, señor -contestó Branson-. Tengo que quitárselas por su propia seguridad.

– ¡No sea ridículo!

– Tal vez más adelante el agente de custodia le permitirá quedárselas, pero por ahora tenemos que ponerlas en la bolsa de sus pertenencias -contestó Branson.

– ¡No sea estúpido, joder! ¡No voy a suicidarme! ¿Y cómo se supone que voy a leer este documento sin ellas? -dijo, blandiendo la hoja DIN-A4 delante de él.

– Si tiene dificultades, me encargaré de que alguien se lo lea en voz alta, señor.

– Oiga, vamos, ¡sea razonable!

Haciendo caso omiso a las súplicas reiteradas de Bishop para que le devolvieran las gafas, Branson sacó la llave del hotel, la cartera, el móvil y la Blackberry del hombre y colocó cada objeto uno a uno en una bandeja. El agente de custodia anotó cada artículo, contando la cantidad de dinero en la cartera y apuntándola por separado.

Branson le quitó a Bishop la alianza, el reloj Marc Jacobs y una pulsera de cobre de su muñeca derecha; lo dejó todo sobre una bandeja.

Entonces el agente entregó a Bishop un formulario, una lista de sus pertenencias y un bolígrafo para que firmara.

– Mire -dijo Bishop, signando claramente a regañadientes-. Estoy encantado de venir aquí y ayudarlos con sus pesquisas. Pero esto es ridículo. Tiene que dejarme las herramientas de mi negocio. Debo tener e-mail, mi teléfono y mis gafas, ¡por el amor de Dios!

Sin hacerle caso, Glenn Branson dijo al agente de custodia:

– A la vista de la gravedad del delito y de la potencial participación del sospechoso en él, solicitamos confiscar su ropa.

– Sí, lo autorizo -dijo el agente.

– ¿Qué coño…? -gritó Bishop-. ¿Qué va a…?

Branson y Nicholl le agarraron cada uno de un brazo y lo sacaron de la sala por otra puerta verde oscuro. Subieron por una rampa, con paredes color crema oscuro a cada lado y una alarma roja que recorría toda la pared izquierda, y pasaron por delante de un bolardo amarillo con un triángulo de advertencia dibujado que mostraba a una figura cayéndose y con grandes letras las palabras: «SUELO MOJADO». Luego doblaron una esquina hacia el pasillo que albergaba las celdas de detención.