Y ahora, mientras veía la hilera de puertas de las celdas, a Bishop comenzó a entrarle pánico.
– Yo… Tengo claustrofobia. Yo…
– Alguien estará vigilándole en todo momento, señor -dijo Nick Nicholl con delicadeza.
Se apartaron para dejar pasar a una mujer que empujaba un carrito cargado con libros de bolsillo maltrechos y luego se detuvieron delante de una puerta entornada.
Glenn Branson la empujó para abrirla del todo y entró. Nicholl, agarrando con firmeza a Bishop del brazo, le siguió.
Lo primero que sorprendió a Bishop al entrar fue el olor intenso y empalagoso a desinfectante. Perplejo, escudriñó la habitación pequeña y oblonga. Miró las paredes color crema, el suelo marrón, el mismo banco que en la sala temporal, cubierto con la misma superficie de granito de imitación que el poste de fuera y con un colchón delgado azul encima. Miró la ventana con barrotes y sin vistas, el espejo de observación, arriba en el techo, inclinado hacia la puerta, y la cámara de circuito cerrado, también arriba, señalándole como si fuera un concursante de Gran Hermano.
Había un retrete moderno, con más granito de imitación para el asiento y un botón para tirar de la cadena en la pared, y un lavamanos sorprendentemente nuevo, acabado con el mismo material moteado. Se fijó en un intercomunicador con dos botones de control, un respiradero cubierto con una malla y el panel de cristal de la puerta.
«Dios mío.» Notó un nudo en la garganta.
El inspector Nicholl sujetaba un fardo debajo del brazo; luego lo comenzó a desenvolver. Bishop vio que era un mono azul de papel. Un joven de unos veinte años, vestido con una camisa blanca con el emblema de Reliance Security y pantalones negros, apareció en la puerta con un puñado de bolsas marrones, que entregó al sargento Branson. Luego Branson cerró la puerta.
– Señor Bishop -dijo-, desvístase, por favor, quítese también los calcetines y la ropa interior.
– Quiero hablar con mi abogado.
– Ahora están avisándole. -Señaló el intercomunicador-. En cuanto el agente de custodia lo localice, pasaremos la llamada aquí.
Bishop empezó a desvestirse. El inspector Nicholl colocó todas las prendas dentro de una bolsa distinta; incluso cada calcetín tenía la suya propia. Cuando se quedó completamente desnudo, Branson le dio el mono de papel y un par de zapatillas negras.
Justo cuando acabó de ponerse y abotonarse el mono, el intercomunicador cobró vida de repente y escuchó la voz tranquila, segura pero preocupada de Robert Vernon.
Con una mezcla de alivio y vergüenza, Bishop se acercó, descalzo.
– ¡Robert! -dijo-. Gracias por llamarme. Muchas gracias.
– ¿Estás bien? -le preguntó el abogado.
– No, no estoy bien.
– Mira, Brian, imagino que todo esto es muy angustiante para ti. El agente de custodia me ha resumido un poco la situación, pero obviamente no dispongo de todos los datos.
– ¿Puedes sacarme de aquí?
– Haré todo lo que pueda como amigo tuyo, pero esta rama del derecho no es mi especialidad; debes contar con un experto. La verdad es que en el bufete no tenemos ninguno. El mejor de la ciudad es un tipo que conozco. Se llama Leighton Lloyd. Tiene una reputación muy buena.
– ¿Cuánto puedes tardar en localizarle, Robert?
De repente, Bishop se dio cuenta de que estaba solo en la celda y que la puerta estaba cerrada.
– Voy a intentarlo ahora mismo; espero que no esté de vacaciones. La policía quiere comenzar a interrogarte esta noche. De momento, sólo te han detenido para interrogarte, así que sólo pueden retenerte veinticuatro horas, creo, con la posibilidad de ampliarlas doce horas más. No hables con nadie ni hagas o digas nada hasta que Leighton se ponga en contacto contigo.
– ¿Qué pasa si está fuera? -preguntó, muy nervioso.
– Hay otros abogados buenos. No te preocupes.
– Quiero al mejor, Robert. El mejor de todos. El dinero no es problema. Esto es ridículo. No debería estar aquí. Es de locos. No sé qué coño está pasando.
– Será mejor que cuelgue, Brian -dijo el abogado-. Tengo que ponerme a hacer llamadas.
– Claro. -Bishop le dio las gracias y el intercomunicador se quedó mudo.
El silencio en la celda era absoluto, como si estuviera en una caja insonorizada.
Se sentó en el colchón azul y metió los pies en las zapatillas. Eran demasiado pequeñas y le apretaban los dedos. Había algo de Robert Vernon que le inquietaba. ¿Por qué no estaba más receptivo? Por su tono de voz, casi parecía que esperaba que esto sucediera.
¿Por qué?
La puerta se abrió y lo llevaron a una sala donde le tomaron fotografías, le sacaron las huellas dactilares en un tampón electrónico y una muestra de ADN del interior de la boca. Luego le dejaron en su celda a solas… con su perplejidad.
Capítulo 85
Para algunos agentes, una carrera en el cuerpo de policía implicaba una serie de cambios constantes, no siempre predecibles. De un día para otro, podían trasladarte de un equipo de patrulla a la Unidad de Apoyo Local, para ejecutar órdenes de arresto y ocuparte de disturbios. Luego podías estar de paisano como agente encubierto en una brigada antidrogas, después en el aeropuerto de Gatwick, encargándote del control de equipajes. Otros encontraban su huequecito, como una serpiente encuentra su agujero, o un calamar su grieta en un espigón, y se quedaban en un puesto durante treinta años, hasta que se jubilaban, la carnada en el anzuelo, una pensión muy aceptable, gracias por todo.
La sargento Jane Paxton era de ese tipo de agentes que había encontrado su huequecito y que se había quedado en él. Era una mujer de cuarenta años grande y poca agraciada, con el pelo castaño lacio y una actitud brusca y seria, que trabajaba como coordinadora de interrogatorios.
Hacía algunos años se había granjeado el cariño de todo el personal femenino de Sussex House cuando, según la leyenda, le había dado un bofetón a Norman Potting. Dependiendo de con quién hablaras, había media docena de versiones de lo ocurrido. La que había oído Grace era que Potting le había puesto la mano en el muslo por debajo de la mesa durante una reunión con el anterior jefe de policía.
La sargento Paxton estaba ahora sentada delante de Grace a la mesa redonda del despacho de éste, vestida con una blusa ancha tan voluminosa que parecía que sacara la cabeza por una tienda de campaña. A su lado estaban Nick Nicholl y Glenn Branson. La sargento Paxton bebía agua. Los tres hombres tomaban café. Eran las ocho y media de la tarde del lunes y los cuatro sabían que tendrían suerte si lograban marcharse de la central del Departamento de Investigación Criminal antes de medianoche.
Mientras Brian Bishop estaba solo, rascándose el ombligo en la celda del bloque de detención, aguardando la llegada de su abogado, el equipo estaba elaborando la «política» de interrogatorio para Bishop. Branson y Nicholl, que habían recibido formación especializada en técnicas de interrogatorios, llevarían a cabo las distintas sesiones. Roy Grace y Jane Paxton mirarían desde la sala de observación.
El procedimiento clásico era someter al sospechoso a tres interrogatorios estratégicos consecutivos a lo largo del período de veinticuatro horas durante el que podían retenerlo. En el primero, que tendría lugar esta noche después de que llegara el abogado del detenido, Bishop sería prácticamente el único en hablar, para determinar su historia. Le animarían a que la estableciera, a que hablara sobre sus orígenes familiares y a que relatara sus movimientos durante las veinticuatro horas inmediatamente anteriores a la muerte de su esposa.
En el segundo interrogatorio, que sería por la mañana, se formularían preguntas específicas sobre todo lo que Bishop hubiera dicho en la primera sesión. El tono se mantendría cortés y constructivo, y los agentes irían anotando todas las contradicciones. Hasta el tercer interrogatorio, que tendría lugar más tarde, después de que Bishop y el equipo se tomaran un descanso -y el equipo hubiera tenido la oportunidad de evaluar todos los datos-, no se acabarían las contemplaciones. En este tercer interrogatorio se abordaría cualquier contradicción o posible mentira.