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Para su sorpresa, mientras cruzaba la puerta de seguridad que separaba esta área del centro de investigaciones, vio una gran multitud congregada alrededor de una mesa, incluido Gary Weston, que era el inspector jefe del Departamento de Investigación Criminal de Sussex y, técnicamente, su superior inmediato, aunque en realidad él respondía principalmente ante Alison Vosper.

Se preguntó por un momento si era una rifa o el cumpleaños de alguien. Entonces, a medida que se acercaba, vio que nadie estaba de celebración. Todo el mundo parecía como en estado de shock, incluida Eleanor, que casi siempre parecía estarlo.

– ¿Qué pasa? -le preguntó Grace.

– ¿No te has enterado?

– ¿De qué?

– ¿De lo de Janet McWhirter?

– ¿Nuestra Janet, del DDI?

Eleanor asintió alentadoramente, detrás de sus grandes gafas, como si le ayudara a encontrar la solución a una charada.

Janet McWhirter había tenido, hasta hacía cuatro meses, un puesto de responsabilidad en Sussex House como jefa del Departamento de Datos Informáticos de la Policía, una sección importante integrada por cuarenta personas. Una de sus funciones principales era recopilar información e inteligencia para los inspectores que trabajaban aquí.

Era una chica soltera y poco agraciada de unos treinta y cinco años, callada y estudiosa y con un aspecto un poco anticuado. Era popular porque siempre estaba dispuesta a ayudar, a trabajar las horas que hicieran falta y porque era siempre muy educada. A Grace le recordaba, tanto por su aspecto físico como por su comportamiento silenciosamente serio, a un lirón.

Janet había sorprendido a todo el mundo al dimitir en abril, tras anunciar que había decidido pasar un año viajando. Luego, con mucho secreto y timidez, había contado a sus dos mejores amigas del departamento que había conocido a un hombre y que se había enamorado. Ya estaban prometidos e iba a emigrar a Australia con él; allí se casarían.

Fue Brian Cook, el jefe del Departamento de Apoyo Científico y uno de los amigos que Grace tenía aquí, quien se volvió hacia él.

– La han encontrado muerta, Roy -dijo con su voz directa-. Apareció en la playa el sábado por la noche arrastrada por las olas. Llevaba en el mar bastante tiempo. Acaban de identificarla por su ficha dental. Y parece que ya estaba muerta antes de que su cuerpo llegara al agua.

Grace se quedó en silencio un momento. Atónito. Había tratado mucho con Janet a lo largo de los años y sentía un gran afecto por ella.

– Mierda -dijo.

Por un instante fue como si un nubarrón hubiera cubierto las ventanas y, de repente, sintió que un remolino frío se removía muy dentro de él. La gente moría, pero su instinto le decía que había algo raro en todo aquello.

– Parece que no consiguió llegar a Australia -añadió Cook irónicamente.

– ¿Ni al altar?

Cook se encogió de hombros.

– ¿Se han puesto en contacto con su prometido?

– Acabamos de enterarnos hace unos minutos. También podría estar muerto -luego añadió-: Tal vez quieras pasarte y decirle algo al equipo de su departamento. Imagino que estarán todos muy afectados.

– Lo haré cuando tenga un momento. ¿Quién va a llevar la investigación?

– Aún no lo sé.

Grace asintió, luego alejó del grupo a su ayudante horrorizada y la llevó a su despacho. Apenas tenía diez minutos para dictarle las cartas antes de volver al centro de detención para el segundo interrogatorio a Brian Bishop.

Pero no podía borrar la carita feúcha de Janet McWhirter de su cabeza. Era una persona de lo más agradable y servicial. ¿Por qué iba alguien a matarla? ¿Un atracador? ¿Un violador? ¿Algo relacionado con su trabajo?

Meditando sobre ello, pensó para sí: «Trabaja para la Policía de Sussex durante quince años, gran parte de ellos en el DDI, se enamora de un hombre y cambia de profesión, de estilo de vida. Se va. Luego muere».

Grace creía firmemente en examinar primero lo más obvio. Sabía por dónde comenzaría, si el investigador jefe del caso fuera él. Pero en estos momentos, la muerte de Janet McWhirter, aunque profundamente espantosa y triste, no era problema suyo.

O eso creía.

Capítulo 93

– ¡Jodeeer, tío! ¡Apaga esa puta mierda, coño! ¡Lleva sonando toda la puta mañana! ¿Es que no puedes contestar, joder?

Skunk abrió un ojo, lo notaba como si se lo hubieran golpeado con un martillo. La cabeza también. Era como si alguien le serrara el cerebro con un cortador de queso. Y toda la autocaravana parecía balancearse como una barquita en una tormenta.

Pi-pi-piiiii-brrrrrrr-pi-pi-piiiii-brrrrrr-pi-pi-piiiii-brrrrr. Su teléfono, se percató, se deslizaba por el suelo, vibrando, iluminándose, sonando.

– ¡Contesta tú, capullo! -farfulló a su último huésped inoportuno, un mierda que había encontrado en un agujero a primera hora de la mañana y que le había gorreado la cama por una noche-. ¡Esto no es el puto Hilton! No tenemos servicio de habitaciones las veinticuatro horas.

– Si contesto te lo voy a enchufar directamente por el culo, chaval, tan adentro que tendrás que meterte los dedos hasta las amígdalas para recuperarlo.

Skunk abrió también el otro ojo, pero volvió a cerrarlo cuando el sol cegador de la mañana se lo agujereó, atravesándole el cerebro y la parte de atrás del cráneo, penetrando hasta el núcleo de la Tierra, clavándole la cabeza en la almohada empapada, llena de bultos, como un alfiler insertado en una mosca. Cerró el ojo y se esforzó por incorporarse, un gesto que fue recibido con un golpe fuerte en la cabeza contra el techo inclinado.

– ¡Joder! ¡Mierda!

¡Ésa era la gratitud que obtenía por permitir que cabrones inútiles de mierda sobaran en su casa! Bien despierto ahora, a punto de vomitar, alargó un brazo que parecía totalmente desligado del resto de su cuerpo, como si alguien se lo hubiera cosido al hombro durante la noche. Los dedos entumecidos toquetearon el suelo hasta que encontró el teléfono.

Lo levantó -le temblaba la mano, le temblaba todo el cuerpo-, pulsó el botón verde y se lo acercó al oído.

– ¿Mmm? -dijo.

– ¿Dónde coño has estado, capullo de mierda?

Era Barry Spiker.

Y, de repente, se despertó de verdad, un montón de pensamientos confusos colisionaban dentro de su cerebro.

– Es de noche, joder -dijo hoscamente.

– Tal vez en tu planeta, capullo. En el mío son las once de la mañana. Otra vez se te ha olvidado ir a comulgar, ¿verdad?

Y entonces Skunk se acordó. Paul Packer. ¡El agente Paul Packer!

De repente, su mañana pareció mejorar. Los recuerdos de un trato que había cerrado con el agente Packer afloraban ahora a su mente a través de la vorágine del dolor nebuloso y hambriento de drogas. Le había hecho una promesa al policía. Tenía que avisarle la próxima vez que Barry Spiker le encargara un trabajo. Vender a Spiker sería como lanzar piedras a su propio tejado, pero el placer que le proporcionaba pensar en ello era mayor. Spiker le había timado en su último negocio y Packer había prometido pagarle.

Los pagos en metálico de la policía eran una mierda. Pero si era realmente listo, podía llegar a un acuerdo y cobrar de Spiker y de la policía. ¡Eso sería la hostia!

Riiic, riiic, riiic.

Al, su hámster, estaba ocupado en su rueda, girando y girando, como siempre, a pesar de la pata entablillada. Tenía que llevarlo otra vez al veterinario. Y le debía dinero a Beth. ¡Dos pájaros de un tiro! Spiker y el agente Packer. ¡Al y Beth! ¡Estaba hecho!

– En realidad acabo de volver de misa -dijo.

– Bien. Tengo un trabajo para ti.

– Soy todo oídos.

– Ése es tu problema, joder. Todo oídos, cero cerebro.

– Venga, ¿qué tienes para mí?

Spiker le dio las instrucciones

– Lo necesito hoy -dijo-. A la hora que sea. Estaré allí toda la noche. Ciento cincuenta si la clavas esta vez. ¿Serás capaz de hacerlo?