– Mucho, creo yo -respondió Branson sin pizca de humor-. La señora Rand le comentó a nuestro agente, una mujer policía, que últimamente su mujer le había expresado su preocupación por las peticiones sexuales cada vez más extrañas que usted le hacía. ¿Querría darnos más detalles?
Leighton Lloyd intercedió deprisa y con firmeza.
– No, mi cliente no dirá nada.
– Tengo una pregunta importante a este respecto -dijo Branson, dirigiéndose al abogado.
Lloyd le indicó que la formulara.
– Señor Bishop -dijo Branson-, ¿posee usted una réplica de una máscara antigás de la Segunda Guerra Mundial?
– ¿Qué relevancia tiene esa pregunta? -exigió saber Lloyd.
– Es muy relevante, señor -dijo Branson.
Grace observó atentamente los ojos de Bishop. Se movieron hacia la derecha.
– Sí -contestó.
– ¿Usted y la señora Bishop la utilizaban en su vida sexual?
– No voy a permitir que mi cliente conteste a eso.
Bishop levantó la mano para apaciguar a su abogado.
– No pasa nada. Sí, la compré yo. -Se encogió de hombros, sonrojándose-. Estábamos experimentando. Yo… Leí un libro sobre cómo animar la vida amorosa, ¿saben? Decae un poco con el tiempo, cuando termina la excitación inicial, la novedad de la relación. Compré algunas cosas para probar. -Estaba rojo como un tomate.
Ahora Branson centró su atención en la cena de Bishop con su asesor financiero, Phil Taylor.
– Señor Bishop, es correcto que uno de los coches que posee es un Bentley Continental, de color rojo oscuro, ¿verdad?
– Rojo tinto, sí.
– ¿Matrícula Lima Juliet Zulú 4 November Whisky Sierra?
Al no estar acostumbrado al alfabeto fonético, Bishop tuvo que pensar un momento. Luego asintió.
– A las 23.47 de la noche del jueves pasado, este vehículo fue fotografiado, por una cámara del sistema de reconocimiento automático de matrículas, en el carril sur de la autopista M23, en las inmediaciones del aeropuerto de Gatwick. ¿Puede explicar por qué estaba allí y quién lo conducía?
Bishop miró a su abogado.
– ¿Tiene la fotografía? -preguntó Leighton Lloyd.
– No, pero puedo dejarle una copia -dijo Branson.
Lloyd tomó nota en su libro.
– Es un error -dijo Bishop-. Tiene que serlo.
– ¿Le prestó el coche a alguien aquella noche? -preguntó Branson.
– No lo presto nunca. Esa noche lo tenía en Londres porque lo necesitaba para ir al club de golf por la mañana.
– ¿Podría haberlo cogido alguien sin su permiso o sin que usted lo supiera?
– No. Bueno, no creo. Es muy improbable.
– ¿Quién más tiene llaves del vehículo, aparte de usted, señor?
– Nadie… Hemos tenido algunos problemas en el aparcamiento subterráneo de mi edificio. Han robado algunos coches.
– ¿Podría haberlo cogido algún gamberro para darse una vuelta? -intercedió Leighton Lloyd.
– Es posible -dijo Bishop.
– Cuando unos gamberros cogen un coche normalmente no lo devuelven -dijo Grace.
Observó que Lloyd anotaba algo en su libreta. El abogado iba a disfrutar de lo lindo con aquel dato.
A continuación, Glenn Branson dijo:
– Señor Bishop, ya le hemos mencionado que durante el registro de su casa en el 97 de Dyke Road Avenue, se halló un seguro de vida contratado con Southern Star. La póliza es sobre la vida de su mujer, por un valor de tres millones de libras. Usted es el único beneficiario.
Grace desvió la mirada de Bishop al abogado. La expresión de Lloyd apenas se alteró, pero sus hombros se hundieron un poco. Los ojos de Brian Bishop se movieron inquietos y, de repente, su serenidad pareció abandonarle.
– Miren, les dije… Ya se lo dije… ¡No sé nada de este tema! ¡Nada de nada!
– ¿Cree que su mujer contrató el seguro ella misma, en secreto, porque tenía un corazón bondadoso? -presionó Branson.
Grace sonrió al oír aquello, orgulloso de ver cómo estaba creciendo su compañero, a quien había orientado tanto a lo largo de los últimos años porque lo adoraba y creía en él.
Bishop levantó las manos, luego las dejó caer sobre la mesa. Sus ojos todavía se movían inquietos.
– Créanme, por favor, no sé nada del tema.
– Por tres millones de libras, imagino que la prima sería cuantiosa -dijo Branson-. Supongo que podríamos ver por su cuenta corriente, o la de la señora Bishop, cómo se pagaba. ¿O quizá tenga usted un benefactor misterioso?
Leighton Lloyd garabateaba deprisa en su libreta, su expresión seguía sin delatar nada. Se volvió hacia Bishop.
– No tiene que responder a menos que quiera.
– No sé nada del tema. -El tono de Bishop se había vuelto implorante. Sincero-. ¡De verdad que no lo sé!
– Parece que se le acumulan las cosas de las que no sabe nada, señor Bishop -continuó Glenn Branson-. No sabe nada sobre el coche que iba hacia Brighton poco antes de que su mujer fuera asesinada. No sabe nada sobre el seguro de vida de tres millones de libras, contratado para su mujer sólo seis meses antes de que fuera asesinada. -Hizo una pausa, comprobó sus notas y bebió agua-. En su relato de anoche, dijo que la última vez que usted y su esposa mantuvieron relaciones sexuales fue la mañana del domingo, 30 de julio. ¿Es correcto?
Bishop asintió, un poco violento.
– Entonces, ¿puede explicar que se hallara semen suyo en la vagina de la señora Bishop durante la autopsia que se le realizó la mañana del viernes, 4 de agosto?
– ¡Es imposible! -gritó Bishop-. ¡Es totalmente imposible!
– ¿Está diciendo, señor, que no mantuvo relaciones sexuales con la señora Bishop la noche del jueves, 3 de agosto?
Los ojos del hombre se movieron con decisión hacia la izquierda.
– Sí, eso es exactamente lo que estoy diciendo. ¡Estaba en Londres, por el amor de Dios! -Se volvió para mirar a su abogado-. ¡No es posible! ¡No es posible, maldita sea!
Roy Grace había visto las expresiones de muchos abogados a lo largo de los años, mientras un cliente tras otro les mentía descaradamente sin parar. El rostro de Leighton Lloyd permaneció inescrutable. El hombre sería un buen jugador de póquer, pensó.
A las cinco y diez, después de que Glenn Branson hubiera repasado con tenacidad la declaración de Bishop en el interrogatorio de la noche anterior, las preguntas que se le habían formulado en la segunda sesión de esta mañana y cuestionado prácticamente todas las palabras que Bishop había dicho, consideró que ya le habían sacado al hombre todo lo que podían obtener de él en estos momentos.
Bishop no cedía ni un ápice en los tres elementos clave: su coartada de Londres, el seguro de vida y la última vez que había mantenido relaciones sexuales con su mujer. Pero Branson estaba satisfecho, y un poco cansado.
Lloyd miró significativamente su reloj y se dirigió a los dos hombres.
– Supongo que son conscientes de que tendrán que poner en libertad a mi cliente dentro de menos de tres horas, a menos que piensen presentar cargos.
– ¿Dónde va a estar usted? -le preguntó Branson.
– En mi despacho.
– Le llamaremos.
Entonces los inspectores volvieron a Sussex House, al despacho de Roy Grace, y se sentaron a la mesa redonda.
– Buen trabajo, Glenn, lo has hecho bien -volvió a decirle Grace.
– Muy bien -añadió Nick Nicholl.
Jane Paxton estaba pensativa. No era dada a deshacerse en elogios.
– Bueno, tenemos que plantearnos el siguiente paso.
Entonces la puerta se abrió y entró Eleanor Hodgson, con una pila delgada de papeles, sujetados con un clip. Dirigiéndose a Grace, dijo:
– Disculpa que os interrumpa, Roy. He pensado que quizá querrías ver esto. Acaba de llegar del laboratorio de Huntington.
Eran dos informes sobre los análisis de ADN. Uno era del semen hallado en la vagina de Sophie Harrington; el otro era de la muestra que parecía carne humana que Nadiuska de Sancha había extraído de debajo de la uña del pie de la mujer muerta.