No tendría que haber bebido nada, lo sabía, porque estaba de guardia -y debía redactar un trabajo para su curso de filosofía-, pero encontrar a Pez en el suelo la había afectado mucho. Era extraño, pensó, que viera a seres humanos muertos todo el día y que, con la excepción de los niños, permaneciera emocionalmente indiferente a ellos.
En cambio, la había destrozado ver al pequeño Pez de lado sobre las láminas de roble, gran parte de su color dorado transformado en un bronce apagado, su ojo opaco mirándola, acusatorio, como diciendo: «¿Por qué no has venido a casa a rescatarme?».
Estiró el brazo, se sirvió las últimas gotas en la copa y la apuró. En la pantalla, la geisha estaba instruyéndose en el arte de satisfacer a un hombre. Observó con entusiasmo, sintiéndose de repente más despierta, recobrando las energías. Había puesto la película con la esperanza de aprender algunas cosas que podía intentar con Roy.
Razón por la cual lo único que llevaba debajo de la bata de seda era un conjunto de ropa interior de encaje color crema muy sensual y revelador que había comprado el sábado, por un precio exorbitante, en una tienda especializada de Brighton. Se había pasado toda la noche planeando qué haría cuando llegara Grace. Abriría la puerta, le besaría, luego se apartaría y dejaría que le cayera la bata.
¡Estaba deseando ver su reacción! Una vez había leído que a los hombres les excitaba que las mujeres tomaran la iniciativa. Y a Cleo le excitaba mucho estar allí tumbada, con ese conjunto, pensando en ello. El reloj del vídeo indicaba que pasaban ocho minutos de la medianoche. «¿Dónde estás?», se preguntó.
A modo de respuesta, sonó el teléfono. Se acercó el aparato inalámbrico a la oreja y contestó. Era Roy, en un móvil con interferencias.
– Eh -dijo él-. ¿Cómo estás?
– Bien. ¿Dónde estás, pobrecito mío?
– A cinco minutos del despacho. Tengo que organizar un par de cosas rápidas para mañana, podría estar contigo dentro de media hora. ¿Será demasiado tarde para pasarme?
– No, ¡no será tarde en absoluto! Tú ven cuando puedas. Tendrás una copa esperándote. ¿Cómo ha ido?
– Bien. Ha ido muy bien. Cansado, pero el viaje ha merecido la pena. ¿Estás segura de que quieres que me pase?
– ¡Absolutamente, cariño! ¡Hacer el amor es mucho más divertido con dos personas que con una!
Oyó el pitido de la llamada en espera mientras colgaba. El teléfono volvió a sonar al instante.
– ¿Diga? -contestó.
«¡Mierda!», pensó, y se le cayó el alma a los pies mientras escuchaba la voz al otro lado. «¡Joder, joder, joder! ¿Por qué ahora?»
Capítulo 102
El móvil de Skunk pitó. Un mensaje. Se desenrolló del cuerpo medio desnudo de Bethany, intentando orientarse desesperadamente. Se había quedado dormido, tenía el cuerpo apretujado y no encontraba el puto teléfono. Y ahora le había entrado el tembleque.
– ¡Ay! -dijo Beth cuando Skunk metió la mano debajo de su muslo.
– Intento encontrar el móvil.
– Creo que antes me he partido la espalda -dijo, y se rió.
– Qué guarra eres.
Encontró el teléfono, en el suelo delante del asiento del copiloto. Era un mensaje del agente Paul Packer:
En posición. ¿Listo?
Skunk contestó:
Sí.
La pantalla indicaba que pasaban catorce minutos de la medianoche.
Retorciéndose con torpeza, con Bethany quejándose de que la estaba aplastando, Skunk se subió los pantalones del chándal. Todavía llevaba las deportivas puestas. Le dio un besito rápido en la mejilla.
– ¡Hasta luego!
– ¿Qué haces? ¿Adónde vas?
– ¡Tengo una reunión en el despacho!
– ¡Cuéntamelo!
– Tengo que irme.
Bajó del coche con dificultad, el cuerpo todavía agarrotado y muy tembloroso, y se refugió en la sombra oscura de la valla de la obra, una mano en el coche, la otra en la pared. Resoplaba, el corazón le latía con fuerza, y por un momento pensó que iba a vomitar. Vio la cara de Beth, que lo miraba con inquietud, atrapada como un fantasma por el resplandor de una farola que había enfrente.
Avanzó un paso y se dio cuenta de que estaba mareado. Se tambaleó y casi se cayó, pero logró agarrarse al lateral del coche a tiempo para no perder el equilibrio. «¡Tengo que hacerlo! Tengo que hacerlo, aguantar un poco más, sólo dar unos pasos, no puedo cagarla, debo hacerlo, debo hacerlo. ¡Debo hacerlo!»
Se cubrió la cabeza con la capucha del impermeable fino, luego se lanzó hacia delante. Había comenzado a soplar la brisa y la verja vibró un poco. Había coches silenciosos aparcados a ambos lados de la calle, bañados por el resplandor naranja del alumbrado. El MG estaba a cincuenta metros.
Era consciente de que caminaba de modo inestable. Y también de que le estaban observando. No sabía dónde se habían situado, pero sabía que se encontraban en algún lugar de esta calle. Seguramente en uno de los coches o furgonetas. Dejó atrás un Prius negro. Un Citroën 2CV. Vio un monovolumen Mitshubishi, lleno de polvo, borroso, delante de él, luego volvió a enfocarlo. Ahora las náuseas eran aún más fuertes. Notó un insecto arrastrándose por su brazo izquierdo y lo aplastó con la mano. Luego aparecieron más subiendo por su cuerpo; notaba sus patas diminutas y afiladas en su piel. Se dio unas palmadas en el pecho, luego levantó el brazo hacia atrás y se pegó un manotazo en la nuca. Después en el estómago.
– ¡Fuera! -gritó.
Presa de un pánico repentino, creyó haber olvidado el juego de palancas. ¿Se le habían caído en el coche? ¿O se las había dejado en la autocaravana?
Comprobó sus bolsillos, primero uno, luego el otro. «¡No! ¡Mierda, no!»
Luego volvió a comprobarlos. Y ahí estaban, escondidas en el bolsillo de la mano derecha del impermeable, encerradas en la caja dura de plástico.
«¡Contrólate!»
Al llegar a la parte trasera del MG, de repente una luz blanca y brillante le iluminó. Escuchó el rugido de un motor y se apartó. Bethany pasó a su lado, en primera, lo saludó con la mano y luego dio un bocinazo.
«¡Zorra estúpida!» Sonrió. Vio desaparecer las luces traseras. Luego, moviéndose deprisa, sintiéndose un poco mejor de repente ahora que estaba allí, sacó el juego de palancas del bolsillo, cogió la que quería e introdujo la punta en la cerradura de la puerta, que abrió en cuestión de segundos. Al instante, se disparó la alarma, un pitido fuerte, combinado con el parpadeo de todas las luces.
Mantuvo la calma. No eran fáciles de mangar, estos coches, tenían sensores de impactos e inmovilizadores. Pero parte de la instalación eléctrica estaba justo detrás del salpicadero. Se podía hacer un cortocircuito para neutralizar el sensor de impactos y el inmovilizador y encender el motor con sólo un puente.
El interior olía bien, tapicería nueva, piel y un perfume ligero de mujer. Subió, dejó la puerta abierta, para que no se apagara la luz de dentro, agachó la cabeza debajo del salpicadero y encontró de inmediato lo que estaba buscando. Dos segundos más tarde, la alarma calló.
Entonces oyó un grito. Una voz de mujer. Chillando como una loca.
– ¡¡¡Eh!!! ¡¡¡Ése es mi coche!!!
Cleo corrió calle abajo, la sangre le hervía en las venas. Le irritaba mucho que la noche que había planeado con tanto esmero, trastocada ya por el viaje inesperado de Roy a Londres, se hubiera fastidiado total y absolutamente porque debía ir a recoger el cadáver de un borracho en una marquesina de autobús en Peacehaven. Así que después de ver que un delincuente tapado con una capucha intentaba robarle el coche, estaba dispuesta a despedazarle.
La puerta del MG se cerró de golpe. Oyó que el motor se ponía en marcha. Las luces se encendieron. Se quedó destrozada. El cabrón estaba huyendo. Entonces, justo cuando llegó al Volvo aparcado detrás, el interior del coche se iluminó de repente con un fogonazo brillante, como si hubieran encendido una bombilla enorme.